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Estreno

El director de 'Cisne negro' o 'Noé' quiere retornar dando la nota... y a fe que lo consiguemadre!… mía: camp y exceso según Darren Aronofsky

Darren Aronofsky se lanza definitivamente al vacío con una película que quiere ser thriller familiar y parábola metafísica, drama ecologista y misterio religioso, todo mezclado y bien agitado.

Tras la relativamente escasa repercusión de la bíblica Noé (2014), Aronofsky, uno de los realizadores más prestigiosos del Hollywood actual, regresa con un filme, madre! (2017) del que es mejor no saber mucho antes de verlo. Sí podemos adelantar que jamás su director se había adentrado con tanta temeridad en el territorio de lo excesivo y la desmesura.

Ante una película como madre! caben las reacciones más dispares, y así quedó demostrado durante su polémica presentación en la Biennale de Venecia. La de este crítico se podría describir con el término estupefacción. Incluso conociendo la carrera de Darren Aronofsky, su nueva película rompe barreras en su búsqueda del límite (de lo verosímil, de lo grotesco, de lo arrebatado).

Vayamos, eso sí, por partes. Darren Aronofsky es, o ha sido, uno de los cineastas más respetados y con mayor aura autoral del reciente cine hollywoodense. En mi caso, he de decir que el entusiasmo inicial ante propuestas como Pi, fe en el caos (1998) o El luchador (2008) se fue atenuando al percibir lo que estas tenían de construcciones demasiado cerebrales (a pesar de su apariencia de arrojo y visceralidad) y, sobre todo, al acceder a otras obras que trataron, con anterioridad y mayor originalidad, los mismos temas que el director neoyorquino (pongamos que hablo de toda una veta del cine japonés, de Shinya Tsukamoto a Satoshi Kon, o de grandes figuras como Jan Svankmajer). La naturaleza fuertemente medida de su cine, rasgo que no es despreciable en sí mismo, quedó al descubierto en películas como Cisne negro (2010) y Noé. El problema surgía, entonces, por el choque entre esa cuidada arquitectura y el trasfondo banal, cuando no pretencioso y pedante, que subyacía en todas sus creaciones.

La capacidad de Aronofsky para hacer pasar por “alta cultura para mayorías” contenidos esencialmente simples envueltos en un brillante aparataje formal puede, por lo tanto, verse también como una incapacidad para trascender su pericia estética y decir, por una vez, algo interesante. Esta dicotomía entre formalismo y vacuidad vuelve a repetirse en madre!, pero los resultados llegan a otra dimensión.

Los primeros minutos de la película hacen pensar en un Aronofsky que ha pulido su estilo para acercarse a los planteamientos de Kiyoshi Kurosawa (personajes solitarios, fantasmagorías apenas sugeridas, convivencia entre misticismo y racionalidad en un mismo plano de lo real): puro espejismo. La peripecia de una pareja progresivamente atribulada, formada por Jennifer Lawrence y Javier Bardem (él es un escritor en bloqueo creativo, ella la joven y abnegada esposa que se hace cargo de su apartada casa en el campo) vira al poco hacia un thriller de invasión del hogar. Los elementos inexplicables, ridículos, grotescos o terroríficos comienzan a darse cita, a medida que las coordenadas del relato se difuminan y parecen remitir a las modernas narraciones abiertas de, por ejemplo, Joseph Losey (véanse El sirviente, Accidente o Una inglesa romántica). Pero no, tampoco se trata de eso.

madre! revela todas sus cartas cuando, con perdón por el juego de palabras, abraza el desmadre. Una vez pulverizados todos los elementos plausibles, verosímiles o simplemente realistas de la trama, nos vemos sumergidos en una suerte de parábola furibunda en la que las habituales “formas del desasosiego” de Aronofsky alcanzan un clímax de intensidad y, por qué no, de ridículo. En un tren de la bruja de progresiva locura, donde cabe todo y todo vale (desde paralelismos bíblicos, sectas, crítica a los circos mediáticos, lamentos por la maltratada “pachamama”, canibalismo, sacrificios humanos, tiroteos, GEOs y soldados, ¡hasta cabezas reventadas como si de melones se tratase!), madre! encuentra su particular y controvertida naturaleza.

Controvertida porque despierta en el espectador reacciones contrapuestas. ¿¡Qué estoy viendo!? sea probablemente la pregunta que muchos se formulaban durante el pase de prensa, donde se escuchaban abundantes risas nerviosas que testimoniaban la sorpresa, el rubor o el bochorno ante lo que se contemplaba en pantalla. A la hora de etiquetar un objeto como este del lado del experimento arriesgado o del penoso naufragio artístico hay que ser extremadamente cautos.

Impresiona, en primer lugar, que del anodino y extra-planificado cine de Hollywood salga una película tan loca, que no tenga miedo a zambullirse en situaciones tan risibles como desbordadas. Sorprende el salto autoral que conscientemente ha practicado Aronofsky, haciendo de su madre! un radical modelado de sus anteriores formas y tics. Asombra la literalidad con que los subtextos de la película se presentan, y desconcierta el nivel de intensidad en que se pretende sumergir al respetable.

Estas bazas positivas no nos pueden hacer olvidar, empero, los aspectos que lastran a madre! y que la convierten en una experiencia de lo sublime ridículo. Las lecturas que ofrece, todas bien visibles en la superficie a base de subrayados, solo impresionarán a wannabes culturales. No hablamos de que los mensajes religiosos, sobre el estatus del creador, de la pareja, de la condición humana, se muestren bien legibles y claros: es que son obvios. La mezcla de distintas vertientes alegóricas revela un empacho mental de proporciones mastodónticas. La pretenciosidad de la que antes se acusaba a Aronofsky alcanza aquí cotas de sonrojo. Si antes era un brillante cineasta con poco que decir, ahora intenta decirlo todo y el producto de su verborrea deviene diarreico. En fin, que la película, considerándola como una obra de contenido, es un pufo.

Pero, ¿y si todo fuese de ‘coña’? Creo poco probable que Aronofsky pensase madre! con esta intención, pero quedémonos por un instante con esta hipótesis. En caso de que estemos ante un producto que, realmente, no se toma muy en serio a sí mismo (algo que podría indicar el propio título de la cinta), nos encontraríamos ante un ejemplo cumbre de lo camp. Esto es, según reza la sagrada Wikipedia, ante una obra cuya sensiblidad estética se basa en el humor, la ironía y la exageración. Es fácil de ver que en todo el desbarajuste y la escalada de cabestradas que se acumulan en madre! el espectador puede encontrar suficientes detalles para extraer carcajadas por lo alocado y excesivo de la propuesta. El nivel de exageración y la fuerte pretenciosidad del conjunto generan una predisposición, diría que casi natural en la audiencia, a pensar la película como un objeto si no humorístico, sí como fuente de (mal llamado) placer culpable. Un placer que, admitámoslo, está puesto en escena y montado con notable pericia.

Concluyendo estas estupefactas cavilaciones, diremos que, seguramente, si Aronofsky hubiese recortado en subrayados y abundado en ambigüedades, su nueva película no habría generado tantas polémicas y sí más interpretaciones sesudas. Pero madre! está bien (o está mal) como está. Constituye de un raro espécimen cinematográfico, porque plantea un difícil reto para todo tipo de públicos: ¿cómo reaccionamos ante un filme como este?¿Nos sirven las categorías de ‘bueno’ y ‘malo’? Desde aquí proponemos una lectura camp y excesiva de madre! como una manera de legitimarla ante el público. Pero, como siempre, audiencia lectora, tienen ustedes la última palabra.

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