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Estreno

Kenneth Lonergan ofrece en su tercera película un desgarrador dramón familiar, de superficie elegante y fondo rugienteManchester frente al mar de los sargazos

Un desgarrador dramón familiar sobre las mellas de los fantasmas del pasado y la imposibildiad de hacer frente al presente.

Tercera y hasta la fecha mejor película del norteamericano Kenneth LonerganPuedes contar conmigo (2000) y Margaret (2011)-, Manchester frente al mar (2016) se presenta como una gélida tragedia familiar de imagen sólida y dramaturgia contundente, obra de un director con pocas ínfulas de autor cinematográfico y gran genio para la escritura dramática, que se deleita mostrando paisajes y jugando con los tiempos del relato, como solo el cine permite, pero se consagra a la construcción de sus personajes y las dinámicas emocionales que los enredan, como solo el mejor teatro consigue. Precisamente la película se resiente cuando el director más se siente, es decir, cuando procura meter mano explícitamente a la narración, encadenando imágenes, amanerando su velocidad, musicalizando sus pasajes. Pero cuando da rienda suelta a su penetrante relato y sus sinceros actores, la obra estalla en el brumoso sentir de los personajes, resultando cautivadora.

La historia sigue a Lee Chandler (Casey Affleck), un manitas encargado del mantenimiento de un complejo de edificios en Boston. Dedica sus días a arreglar cañerías o desatascar retretes, con maña pero poco don de gentes. Y sus noches a emborracharse solo y pelearse en grupo, con una cólera que no hay por donde cogerla. Inexpresivo, arisco, pero sobre todo triste, vive una penitencia autoimpuesta cuya procesión se verá obligado a sacar a las calles, tras serle anunciada la muerte de su hermano mayor (Kyle Chandler). Tragedia por la que se verá obligado a volver a su congelado pueblo natal, el Manchester-by-the-sea del título, para hacerse cargo de un sobrino adolescente (Lucas Hedges) del que le han declarado tutor legal, a pesar de su incapacidad para cuidar de sí mismo, y de un pasado adolecente del que su ex mujer (Michelle Williams) forma parte integral, de cuyo pesar no cesa de culparse a sí mismo. Un pasado lacerante que se nos irá desvelando poco a poco, mientras intenta lidiar con un presente sobrevenido al que no ve futuro.

Tras un comienzo que parece sacado de un manual de cinema de qualité a la americana, al que cuesta hacer frente, la narración gana tracción a medida que el personaje se enfrenta a sus recuerdos, entretejiendo pasado y presente para mostrarnos a la vez la fuente de sus traumas y su imposibilidad de lidiar con ellos. Un personaje en principio antipático, que por la insensibilidad que demuestra parece tarado. Pero al que poco a poco admiramos desde la compasión, a medida que se nos revela como un ser trabado, bloqueado emocionalmente, que prefiere cerrar las puertas al sentir, porque al abrirlas solo se encontraría con un dolor insoportable. Dolor en el que no se explaya el director, que refrena su exhibición con acierto. Pero que aun así resulta patente, abrumadoramente palpable, a través de los gestos y las expresiones de un personaje en cuyas facciones resulta evidente que se está librando una intensa batalla entre un grito que ruge por salir y un cuerpo que se niega a darle forma, a sabiendas de que terminaría deformado.

Combinando flashbacks en los que desnuda emocionalmente a su protagonista por la vía del desgarro (la magistral declaración policial), con situaciones de su presente en las que nunca parece estar del todo presente (la sutil escena del entierro de su hermano), o a pesar de quererlo no es capaz de estarlo (increíble encuentro con su exmujer), Lonergan configura progresivamente una fascinante historia sobre la imposibilidad de bregar con la culpa y la pérdida, recordándonos que el ser humano, a veces, no hace frente a los fantasmas del pasado por la sencilla razón de que no puede, porque no se ve capaz, porque no tiene mecanismos psíquicos suficientes que le permitan defenderse del tormento del que se cree merecedor. Porque a veces el tiempo no pone todo en su lugar, ni da lugar a que todo quede en el olvido, y la mejor forma de desmantelar el dolor es no articular emoción alguna, entumecer el cuerpo y la psique, enmudecer la lengua y la conciencia.

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