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“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”. Emily Dickinson

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Estreno

Misántropo

El director teatral Miguel del Arco nos ofrece una particular y estupenda visión de un clásico de Molière.

Es un placer –un momento hedonista cien por cien– entrar en el Teatro Español. ¡Es un sitio tan bonito! Y asombra pensar que estamos en un teatro con quinientos años de historia por donde han pasado los más grandes, desde Calderón hasta hoy. Casi nada. He vuelto al Teatro Español para ver, para disfrutar, Misántropo, el último espectáculo de Miguel del Arco, puesto en escena por su compañía Kamikaze Producciones. Todavía guardo el recuerdo de sus dos montajes anteriores: La función por hacer y Veraneantes, ambos extraordinarios, como este.

Misántropo es uno de esos títulos de Molière que nos salen de carrerilla, junto con El tartufo, El médico a palos, El enfermo imaginario… Todos tienen el aroma del bachillerato, son como de la familia. Sin embargo, no es esta una comedia fósil del siglo XVII. Quien viera en su momento Veraneantes (basada en un texto de Gorki), entenderá que Miguel del Arco no acostumbra a llevarnos de paseo por los clásicos, sean o no de nuestro bachillerato; sino que más bien acerca los clásicos a nuestro tiempo. Y esto es exactamente lo que ocurre con este Misántropo. Es imposible que este texto no sea contemporáneo: habla de nosotros, de nuestras cosas, de nuestras maneras, de nuestras miserias… Molière (Jean-Baptiste Poquelin, decíamos con cierto resabio) se adelantó casi cuatro siglos. Por eso es un clásico.

Miguel del Arco nos lo sirve con la apariencia de las cosas que nos pertenecen y consigue de inmediato hacer nuestro aquel texto barroco. La obra cuenta la historia de Alcestes (Israel Elejalde), enamorado de Celimena (Bárbara Lennie), de sus amigos y sus “enemigos”, con nombres, por cierto, imposibles: Filinto, Oronte, Clitandro, Elianta, Arsinoé… Alcestes está desengañado, desconfía y recela de todo, está harto de tanto jijí-jajá, de tanta estupidez como salpica en ocasiones. Su libertad de pensamiento le lleva a decir siempre lo que piensa. Eso siempre tiene sus riesgos, naturalmente, entre ellos el de la frustración, que conduce a la melancolía en cuanto nos descuidamos. Nos reconocemos en seguida: reímos a carcajadas y de repente la sonrisa acaba en mueca. Apolo y Dionisos, todo en el mismo lote.

Los actores son fabulosos. Se ve enseguida que se divierten mucho y que son un equipo. Llama la atención la escenografía, que representa un callejón al que da la puerta de emergencia de una discoteca o algo así donde entran y salen los personajes de la fiesta del jijí-jajá. Y toda la acción se desarrolla en esta parte de atrás, recreada muy minuciosamente.

Merece la pena ver este Misántropo de Miguel del Arco. Es divertida. Es tremenda.

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