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Estreno

Relato biográfico que no se adhiere a los cánones habituales del géneroMiles Ahead: el ocaso del cool

Don Cheadle protagoniza y dirige un biopic errático sobre Miles Davis, con poca altura pero mucha actitud.

Proyecto personalísimo de Don Cheadle, que no solo la protagoniza sino que también la dirige, coescribe y coproduce, Miles Ahead (2015) se presenta como una suerte de biopic errático y condensado sobre la vida personal y profesional de Miles Davis. Relato biográfico que no se adhiere a los cánones habituales del género, cuyas obras –véanse, por ejemplo, Ray (2004) o Walk the Line (2005)–, con sus historias de largo recorrido temporal y marcado desarrollo psicológico, habitualmente terminan naufragando entre anhelos de exhaustividad (ya saben, el que mucho abarca poco aprieta). Y como probablemente los altibajos creativos y el anecdotario vital de semejante leyenda exigirían un formato serial para su correcta puesta en pantalla –algo así como un Treme (2010-2013) singularizado–, Cheadle esquiva el abismo centrando su historia en un breve pasaje de su vida. Un periodo de retiro y reclusión que el músico se autoimpuso, durante cinco años, allá por finales de los setenta, atrapado –al parecer– entre la culpa, la añoranza, la frustración y el anhelo –no digamos la adicción–, mostrándose incapaz de materializar el cúmulo de derivas melódicas que cruzaban su cabeza.

“Ponle un poco de actitud”, espeta Miles Davis al periodista que le interroga al principio del filme. Y Cheadle recoge el guante, ofreciendo una interpretación que rebosa carisma y una película no falta de gancho, que tras unos flashazos iniciales se lanza al relato biográfico in extremis res, con fogonazos de una frenética persecución de coches por las calles de Nueva York, que el director corta en plena precipitación para dejarnos ante un Davis ajado y prisionero de sí mismo, que deambula por su enmarañado hogar a lo Howard Hughes. Un breve momento de respiro en un relato que, más allá de algunos melosos flashbacks donde se narra su encuentro y sus desencuentros con la que fuera su primera mujer (Emayatzy Corinealdi), se desarrolla como un torbellino en el que el protagonista, acompañado de un pícaro periodista (Ewan McGregor) que hará las veces de Sancho Panza, se enfrenta a las aspas de su todopoderosa discográfica, deseosa de recibir su nueva –y pagada– creación, y a los puños de un voraz productorzuelo (Michael Stuhlbarg), que en su empeño por sacar tajada sisa el único disco con la mencionada grabación.

Una película de aventuras, entretenida, incluso refrescante, a pesar de utilizar ingredientes más que conocidos. Pero, a pesar de verse liberada de ciertos corsés formales, está lejos de la espontaneidad, la elegancia y la pregnancia que caracterizan las composiciones de la leyenda de la jazz que retrata. Simplemente avanza, furiosamente, con actitud pero sin altura, entre recuerdos traumáticos y correrías maníacas, presentando a un Davis al acecho de cierta resolución emocional, varios subidones farloperos y una epifanía musical. La cual obviamente llega, en el clímax final. Y llega incluso con gracia narrativa y gravedad dramática. Pero sin Gracia ni Gravedad, es decir, sin contagiar ni un ápice de la sublimidad estética que se supone alcanza el personaje, a golpe de revelación, y sin desvelar la más mínima pista sobre el estremecimiento histórico que produce en la historia de la música, a pesar de oler a revolución.

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