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Estreno

Eleanor Coppola debuta con una comedia romántica tan ligera como el aire provenzal por el que nos pasea‘Paris puede esperar’ si la Provenza se quiere disfrutar

La carismática Diane Lane protagoniza esta road movie romántica y luminosa, que nos invita a disfrutar de los paisajes y la gastronomía de la Provenza francesa.

A la espera del próximo estreno de su hija, al parecer una Sofia Coppola en pleno rendimiento estético (mejor dirección en Cannes 2017), llega a las carteleras españolas la primera película de ficción de Eleanor Coppola, reconocida por su excepcional documental (y libro) sobre los tormentos (y las tormentas) que pasó su marido Francis (y su familia) durante el rodaje de Apocalypse Now, al parecer un viaje tan tortuoso como el que la propia película capturaba en imágenes. Pero no se asusten, porque aquí el viaje no se desarrolla en clave bélica, sino como una entretenida comedia romántica donde la debutante, que también escribe el guion, ficcionaliza un viaje similar que realizada años atrás con un amigo francés de su marido, ofreciendo, como la reciente Le Week-End (2013), un cálido paseo por la Europa del oh là là (que no del olé).

La historia comienza en Cannes, concretamente en 2015, con el resplandeciente rostro de Ingrid Bergman colmando el cartel promocional del festival. Aunque Anne (Diane Lane) y su marido productor (Alec Baldwin) proyectaban viajar de la mano a Budapest y Marruecos para supervisar una de sus grandes superproducciones, ella declina el plan alegando una infección de oreja. Anne plantea que se encuentren en París tras el viaje, y uno de los socios de su marido, Jacques (Arnaud Viard), se ofrece a conducirla hasta la Ciudad de la Luz en su fabuloso Peugeot, aprovechando la ruta para mostrarle los parajes y restaurantes más pintones del sur de Francia, de los que su acompañante, un francés de película, sibarita, culto, seductor y bon viveur, se muestra experto conocedor. Como tampoco tienen especial prisa por llegar dedican un par de días al tour, parando incesantemente para degustar cualquier exquisitez con denominación de origen, establecer un flirteo de tono inocente y abrir sus corazones bajo los efectos del vino y la confianza.

Y poco más, en esta road movie de regusto nostálgico y sabor pintoresco donde una pareja de mediana edad y altos vuelos consigue poner los pies en la tierra durante dos días, mientras la película pierde progresivamente cualquier contacto con la realidad. Porque poco interés muestra Coppola por ahondar en las emociones, reflexiones y licencias de sus protagonistas, quizás por cierta vergüenza a exponerse en exceso a través de Anne, declarado trasunto de la directora. Pone en pantalla sus crisis, pero no desciende sobre sus vulnerabilidades y miedos, quedándose en la superficie de las confesiones. La protagonista llega incluso a hablar sobre la muerte de uno de sus hijos, desgracia que Eleanor vivió en sus carnes, pero solventa el trauma por la vía del tópico, esquivando una implicación demasiado personal con el material puesto en escena.

Paris puede esperar no está diseñada para ventilar las desgracias de su creadora, sino airear las rutinas de sus espectadores sumergiéndoles en esos campos de lavanda que colman la imagen, cuyos olores parecieran invadir la sala de cine. Como es habitual en el género, la película es la historia de un trío romántico, aunque en este caso se trata de un tercero en concordia. Porque las desenfadadas y guasonas conversaciones vitales de la pareja se ven en todo momento realzadas, incluso fagocitadas, por el verdadero protagonista del cuento, el paisaje cultural de la Provenza francesa, desde sus campos de regusto impresionista a sus pueblos de gusto tradicional, sin obviar esa extensa gastronomía a la que Anne y Jacques se dedican en cuerpo, alma e Instagram. Lo que unido a una Diane Lane carismática, que pasa de vagar Bajo el sol de la Toscana (2003) a disfrutar de la luz de la Costa Azul, hacen lo mejor de esta entretenida y ligera comedia adulta. Y aunque los ingredientes gestuales y verbales que pone en escena son, digámoslo, una sucesión de clichés poco originales, el plato combinado que termina elaborando resulta un soleado divertimento, sin profundidades ni pretensiones, idóneo para estos días en que el calor inclemente nos tiene fritos los cerebros y el verano inminente nos mantiene expectantes ante las vacaciones.

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