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Estreno

'White God' narra las consecuencias de una rebelión animal contra la raza humana.El peor amigo del perro

'White God' es una aterradora alegoría sobre la opresión que narra una violenta revolución canina.

Como en El planeta de los simios, el director húngaro Kornél Mundruczó plantea en White God (Dios blanco), su sexto trabajo tras las cámaras, las consecuencias de una rebelión animal contra la raza humana. Las similitudes, por supuesto, terminan aquí. Los perros de Mundruczó no acaban caminando sobre dos patas ni tampoco aprenden a hablar como nosotros. El planteamiento de White God es mucho más realista y, precisamente por eso, infinitamente más terrorífico. La película, que se alzó con el premio ‘Una cierta mirada’ en el Festival de Cannes y fue candidata a los Oscar en el apartado de Mejor película de habla no inglesa, es una dura, aterradora y magnífica alegoría sobre la opresión, que parece reivindicar la revolución como la única salida posible para los oprimidos.

Curiosamente, a pesar de no perder nunca su condición animal, los perros de White God se terminan pareciendo mucho más a los humanos que los simios de aquel planeta tan sospechosamente similar al nuestro. Estos canes mestizos, maltratados por ser de raza impura, podrían ser cualquier minoría étnica de nuestro planeta. Kornél Mundruczó los pasea por un oscuro y desolador paisaje urbano, que se parece muy poco a esa Budapest de postal que tan acostumbrados estamos a ver en el cine, convirtiéndolos en los verdaderos protagonistas de su historia. El trabajo que el realizador y sus adiestradores logran hacer con tantos perros es sencillamente admirable. Tanto que los actores que andan erguidos terminan convirtiéndose, a pesar de sus notables actuaciones, en los secundarios de la función.

Dos animales diferentes interpretan a Hagen, el protagonista de esta fábula. Hagen es un perro sin raza que vive feliz junto a su dueña Lili, una adolescente que toca la trompeta. Lili tiene que pasar una temporada con su padre, pues su madre, con la que vive habitualmente, se marcha tres meses a Australia por trabajo. El padre, controlador sanitario en un matadero, es un hombre huraño y amargado al que no le gusta nada el peludo amigo de su hija. Tras ser denunciado por una vecina, un funcionario del estado se presenta en su casa para exigirle el pago de un impuesto que grava la posesión de perros que no sean de pura raza. El padre de Lily decide abandonar al chucho en contra de la voluntad de su hija. La chica intentará buscarlo sin éxito y Hagen se dará cuenta de lo difícil que puede ser la vida para un perro de sus características. Vejado y maltratado por varios dueños posteriores que solo quieren sacarle rendimiento económico, Hagen terminará en una perrera en la que se convertirá en el líder de una rebelión y en una bestia sedienta de sangre que busca vengarse de todos los seres humanos que le han hecho daño.

White God es una película tan original en su planteamiento como dura y violenta en su resolución. Mundruczó no nos ahorra el visionado de escenas y situaciones realmente crueles, a veces incluso hasta lo insoportable. Pero acierta con el tono de su filme, que se mueve aleatoriamente entre el drama, el thriller de suspense y la cinta de terror. Es muy difícil permanecer indiferente ante esta singular mezcla de géneros con la que Mundruczó nos habla de tiranía y superioridad racial. Ese dios blanco al que el director hace referencia en su título, realmente un juego de palabras pues god leído al revés es dog (perro), simboliza a la clase dominante, del mismo modo que los perros representan a todos los perdedores de este mundo. A esas minorías silenciosas que un buen día bien podrían, como los canes de esta película, exigir sus derechos por la fuerza.

La trama central, y especialmente las escenas con perros, son indudablemente lo mejor de White God. Y es en esta metáfora sobre la pérdida de la inocencia donde la película más brilla. Las tramas paralelas, como la mala relación entre los padres de Lily o el primer amor no correspondido entre la chica y un compañero de la orquesta en la que toca, tienen en cambio un interés mucho menor que a ratos desvirtúa la verdadera esencia de un filme inmenso como alegato y como cuento macabro. Aún así, a pesar de sus poco significativos defectos, White God se alza en nuestra cartelera como una de esas rarezas más que recomendables que a veces llegan a los cines españoles. Una interesantísima muestra de una cinematografía desconocida por estos lares y de un director a descubrir.

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