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Estreno

Continúa aún en cartelera la interesante 'La seducción', una ocasión ideal para reconciliarse con el cine de Sofia CoppolaSofia Coppola reivindica la sutileza en ‘La seducción’

Hace unas semanas se estrenaba en España la versión que Sofia Coppola emprendió del brutal clásico 'El seductor' (1971) de Don Siegel, y que le proporcionó el premio a la mejor dirección en Cannes 2016.

Sofia Coppola apostó y ganó con el primer remake de su filmografía. La seducción (2017) retoma casi punto por punto el argumento de El seductor (The Beguiled, 1971), clásico realizado por Don Siegel, sin abjurar del estilo habitual de su directora. La acompañan Kirsten Dunst y Elle Fanning, dos de sus actrices fetiche, y Nicole Kidman y Colin Farrell, en una intriga que comienza como un fresco histórico, continúa como drama romántico y finaliza como una auténtica pieza de terror.

Allá por 1971 Clint Eastwood decidía dar una vuelta de tuerca a sus habituales papeles de duro cowboy para sumergirse, junto a su amigo y maestro el gran Don Siegel, en un proyecto a contracorriente. El seductor contaba la historia del cabo John McBurney, soldado unionista herido en tierras sureñas. El militar acaba de casualidad varado en una residencia para jóvenes señoritas regentado por la madura y algo amargada Mrs. Farnsworth (una pluscuamperfecta Geraldine Page). En este recinto cerrado comienza a fraguarse una tensa disputa entre las diversas féminas por los favores del macho convaleciente, el cual no duda en meter cizaña entre ellas para sacar provecho de la situación. La tensa atmósfera que impregnaba la película, su poco acomodaticio final y la reformulación de la arquetípica figura eastwoodiana resultó, como era de esperar, en un estrepitoso fracaso de taquilla, lo que no obstó para que, con el tiempo, El seductor haya sido rescatada como una de las obras maestras de su director y uno de los picos del cine hollywoodense en los tensos y paradójicos años setenta.

Varias décadas después, la heredera del clan Coppola regresa a la gran pantalla para impregnar con sus conocidas maneras la película original. Más de un cinéfilo sentía curiosidad por ver cómo el estilo sobrio, sutil y contemplativo de Sofia Coppola se acoplaría a una historia que, en su concepción original, privilegiaba una atmósfera áspera, turbia y malsana. La conjunción de argumento y realización, pese a la sorpresa que pueda suscitar, casa a la perfección, y Coppola logra un filme que rehuye la escritura bronca, nerviosa y enfática del original, para abrazar en cambio un relato en el que el sustrato de sexo, violencia y otras bajas pasiones se filtra a través de unas estampas falsamente pulcras, de tambaleante tranquilidad.

La labor de un reparto perfectamente coordinado y dirigido, encabezado por la recuperada Nicole Kidman y un Colin Farrell que nunca ha estado tan adecuado en un papel que conjuga misterio y doliente bestialidad, ayuda a crear una película de absorbente cadencia, subrayada por la precisa puesta en escena de Sofia Coppola y la atenta luz filtrada por Philippe Le Sourd.

Si acaso podemos señalar algunas relativas pegas al conjunto, tienen que ver con las aristas más puntiagudas del modelo original. Las formas leves y ubicuas propias de Sofia Coppola hacen que desaparezcan rasgos argumentales que con Don Siegel inclinaban la narración hacia el grand guignol. La omisión del pasado incestuoso de un personaje o de la manifiesta doblez del soldado McBurney redundan aquí en un punto de vista pleno de observación paciente hacia unas dolidas criaturas ficcionales. Los silencios, el ritmo cotidiano en la mansión sureña, las insinuaciones, lo sugerido o elidido toman aquí las riendas frente a la explicitud del trabajo siegeliano. Con ello, se pierde una porción del mordiente que este atesoraba. La denuncia de una humanidad viciada, de la hipocresía social y la cáustica visión de la guerra (de sexos) no se presentan con los ásperos contornos del filme de 1971, sino más esquinada y ambigua y, quizá por ello, menos impactante. Por otra parte, la eliminación del personaje de la sirvienta negra, así como la disminución de la importancia de los secundarios masculinos, merman el trasfondo racial y político de la trama y la diatriba contra el machismo imperante (El seductor, lejos de ser un apólogo misógino, como pudiera parecer en un primer momento, constituye más bien todo un alegato misántropo).

A Sofia Coppola no parecen, entonces, interesarle los rasgos más hirientes y demoledores del film primigenio (aun cuando en esta su nueva película incluye pasajes de gran tensión y violencia). Ella los sustituye por una mayor imprecisión y vaguedad en el dibujo de actitudes y reacciones de los personajes, a la vez que por una superficie estética pulida y reposada. Las problemáticas planteadas aparecen, por tanto, solapadas en el mejor de los casos y evitadas en el peor. La diatriba misántropa da paso a un drama de fatalidades y carencias, en la que cabe incluso un asomo comprensión por los protagonistas. La toma de postura de Coppola, lejos de perder respeto al clásico precedente, aporta una lectura tan discutible como el texto en que se basa, y por ello, vivificante.

Aunque el espectador prefiera el arrojo y la ‘mala leche’ de Siegel y compañía, no está de más dejarse llevar por el fascinante y meticuloso universo que, una vez más, Sofia Coppola, con su ya establecida poética del encierro femenino, nos brinda en su muy lograda última película.

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