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Kore-eda, exitoso creador de dramas familiares como "Nadie sabe" o "Nuestra hermana pequeña", cambia de tercio con el thriller judicial "El tercer asesinato"El tercer asesinato (2017): el segundo Hirokazu Kore-eda

Hirokazu Kore-eda, uno de los realizadores más conocidos fuera de su Japón natal, sorprende al proponer un thriller judicial, 'El tercer asesinato', en el que, sin embargo, se manifiestan algunas de sus más caras preocupaciones.

Manteniendo la ambigüedad, el tacto y el fino análisis humano que le caracterizan, Hirokazu Kore-eda, japonés predilecto de la cartelera española, cambia completamente de registro para abordar, en El tercer asesinato (2017), un potente drama judicial que escapa tanto a las constantes del género como a algunas de las marcas que le han hecho famoso entre el público occidental. El resultado es tan sorprendente como satisfactorio.

Se hace difícil tratar de encerrar en unos concisos párrafos la sinopsis y los vericuetos de una película que, a pesar del disfraz con que se presenta, juega a revocar cualquier certeza y a desbaratar las expectativas y seguridades de la audiencia. No solo de ella: también de muchos críticos que, aturdidos ante el giro de uno de los pocos cineastas nipones que tenemos la suerte de contemplar en España, tachan de fallida El tercer asesinato o intentan emparentarla con otros nombres asimilables de la cinematografía de Japón (los policíacos de Akira Kurosawa), ya que en esta ocasión no pueden repetir el cansino estribillo de “heredero de Ozu“.

Kore-eda, que de un tiempo a esta parte parecía haberse conformado (y, para algunos, estancado: ya había probado la ciencia-ficción en Air Doll y el cine de samuráis en Hana) con el cultivo del melodrama familiar depurado, sorprende al trasladar su asentado estilo al contenedor genérico del thriller judicial. La luminosidad, la mirada limpia y el tono gozoso (que no ahorraba dosis de amargua) de largometrajes como Kiseki, Nuestra hermana pequeña o Después de la tormenta da paso, en El tercer asesinato a las atmósferas sombrías, tanto en lo que concierne a la historia como a la paleta de grises que empapa las imágenes.

Sin embargo, que nadie se espere un thriller convencional con resolución que ate todos los cabos de la trama. Kore-eda siempre ha sido un realizador que trata al espectador con la suficiente inteligencia como para que no se admitan sus textos como productos unívocos. El planteamiento de El tercer asesinato se nos presenta tan simple como a su pragmático protagonista, un abogado que intenta rebajar la condena de un hombre que, tras salir de la cárcel (donde cumplía condena por dos homicidios previos) ha asesinado e incinerado a su jefe y se confiesa abiertamente culpable del crimen. Sin embargo, las cambiantes versiones del reo y las progresivas revelaciones del entorno de la víctima complicarán no solo los procedimientos judiciales, excelsamente retratados por Kore-eda, sino la propia actitud del protagonista y del propio espectador.

El entramado paulatinamente más complejo de dobles versiones, secretos, intereses y motivaciones de los envueltos en el asunto derrumba sin remisión la actitud legalista y utilitaria del protagonista, que debe enfrentarse, como queda de manifiesto en las sobresalientes secuencias finales, a la fascinación y la empatía por un ser humano cuyo comportamiento no es ni simple ni fácilmente clasificable, a los diferentes caminos de la ley y la justicia, a la ambigüedad de nuestras acciones y a la escurridiza naturaleza de la verdad.

Escrito así, el filme parece más temible de lo que en realidad es. La característica levedad expositiva de Kore-eda hace que El tercer asesinato nunca peque de pedante o altisonante. Las peripecias de sus protagonistas (entre los que destaca un monumental Kôji Yakusho en un papel de asesino similar a otros roles que abordó con su otrora director fetiche, el maestro Kiyoshi Kurosawa) y las etapas del proceso judicial se suceden con la parsimonia y el ritmo de lo cotidiano; los careos con el detenido, los interrogatorios y pesquisas se intercalan con las ya típicas conversaciones koreedianas alrededor de una mesa, en la que el director nipón coloca algunas de las mejores reflexiones de la película, siempre formuladas con la mayor espontaneidad y ausencia de gravedad (lo que da una idea del mérito de un guion que busca transmitir conceptos intrincados con verosimilitud, economía y sencillez).

En días como estos, en los que las versiones blancas o negras parecen inundar nuestros horizontes públicos, la salida a cartelera de filmes como el de Kore-eda nos dan la oportunidad de entender que rara vez asistimos a hechos unívocos que nos permitan formular juicios netos o taxativos. Por ello, más vale acercarse a los demás y al mundo que nos rodea con el respeto, la tolerancia y la duda razonable de que nuestra inasible naturaleza nos hace acreedores.

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