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Estreno

La película narra algunos pasajes que marcaron la educación sentimental de su protagonista‘Tres recuerdos de mi juventud’, las peripecias del primer amor

Arnaud Desplechin repasa los arrebatos y las heridas de un romance juvenil en una de sus películas más accesibles y conseguidas.

Llega a las salas españolas la última película de Arnaud Desplechin, probablemente el autor –en este caso el término encaja como un guante– más francés entre los directores franceses en activo. Un cineasta con al menos dos obras maestras indiscutibles en su filmografía (Reyes y reina, Un cuento de Navidad), y otros cuantos títulos bien interesantes en su haber, entre los que se incluye Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle), de la que Tres recuerdos de juventud es una precuela. Pero Desplechin construye su película sin los corsés habituales en este tipo de prácticas narrativas –ni siquiera quiso que sus actores vieran el filme previo antes del rodaje–, resultando una obra con entidad propia, que no exige a su espectador haber visto la película anterior para comprender y disfrutar al máximo la nueva obra.

La película narra algunos pasajes que marcaron la educación sentimental de su protagonista, ese Paul Dedalus –una suerte de alter ego del director– que en Comment… interpretaba el magnífico Mathieu Amalric –repite aquí en las secuencias adultas–, y que ahora encarna un joven y tremendamente carismático Quentin Dolmaire. Concretamente repasa tres pasajes de su juventud, a cual más largo e interesante, engarzados por una serie de cortas escenas donde un Paul Dedalus retorna a Francia tras una década de trabajos antropológicos en el extranjero, se encuentra con dificultades para traspasar la aduana como consecuencia de una de sus peripecias juveniles, y tiene un truculento encuentro con una de sus amistades de juventud, demostrando que los fantasmas del pasado siguen acechando su presente.

En cualquier caso, son esos tres pasajes memorísticos los que dan cuerpo a la película. El primero (“Infancia”) introduce su complicada relación con una madre desequilibrada de tendencias suicidas, de la que heredará una carencia afectiva difícil de colmar, y un padre deprimido ausente en adelante. Presentado como una serie de flashes –como si estas tempranas rememoraciones fuesen más difíciles de dotar de coherencia–, con un tono que coquetea con el terror psicológico, a pesar de su valor informativo se trata de un pasaje árido, que obstaculiza el avance de la película hacia territorios más pregnantes, ciertamente por venir (¡tened fe!). El segundo recuerdo (“Rusia”) se desarrolla como si estuviéramos ante un thriller de espionaje, con un Paul de 16 años que aprovecha un viaje escolar a Minsk para filtrar unos documentos a unos judíos que desean salir de la URSS. Una aventura que todavía no anticipa lo que será el verdadero centro de la narración, pero donde la película comienza a adquirir pulso, no solo por la entretenida peripecia a la que asistimos, magníficamente narrada, sino por el contagioso clima de camaradería entre el protagonista y el amigo de la infancia que le acompaña (para luego desaparecer de la historia, como es habitual con las amistades juveniles).

Pero el verdadero eje de la película es el tercer recuerdo (“Esther”), una suerte de drama de aprendizaje o madurez (lo que los ingleses llaman coming-of-age story) que se extiende a lo largo de casi todo el metraje, narrando el tempestuoso romance juvenil de Paul con Esther, interpretada con gran vitalidad y espontaneidad por Lou Roy-Lecollinet. El director captura con delicadeza el arrebato del primer amor, pero también los sinsabores de una relación a distancia, donde los escasos 200 kms. que les separan parecen abrirse como un océano entre ellos, y los inevitables escozores de una relación apasionada pero entrecortada, con infinidad de acompañantes y amantes cruzándose en el camino de ambos. Un romance que definirá la vida emocional de ambos, desarrollado a lo largo de una serie de tiernos encuentros y dolorosos encontronazos, pero sobre todo muchas cartas exaltadas, donde los jóvenes amantes intentan poner en palabras sus cambiantes sentimientos, recitándolas directamente al espectador con poética elocuencia.

Una relato sobre el amor adolescente, de mirada melancólica, donde los recursos de la puesta en escena constantemente sugieren que el repaso del pasado se enuncia desde la memoria emocional del personaje, atrapada entre el candor del recuerdo y la nostalgia de su irrevocabilidad. Y donde la historia se desarrolla con la habitual libertad narrativa del cine de Desplechin, organizándose las escenas antes como el recuento de unas intensas vivencias que como el relato de unas peripecias finamente estructuradas. Ni enigmas ni suspenses aprietan una trama que se desarrolla de forma deslavazada pero impetuosa, como si esas enmarañadas emociones de juventud condicionaran el acto de narrar, que da vueltas y traspiés alrededor de la experiencia central del romance juvenil, a la vez sensual y doloroso, inocente y lacerante, para acabar atrapando a un espectador que, a pesar de sus dificultades iniciales para entrar en la película, terminará por no querer salir de ella.

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