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'Trumbo: La lista negra de Hollywood' está dirigida por Jay Roach con guión de John McNamara‘Trumbo’, un paseo por las sombras de Hollywood

La modesta película de Jay Roach sigue la vida de uno de los guionistas más prestigiosos e injustamente tratados de la historia de Hollywood.

Con Trumbo: La lista negra de Hollywood (2015), el director Jay Roach (la saga Austin Powers, Los padres de ella) y el guionista John McNamara ofrecen un correcto biopic sobre la alborotada carrera de la figura más conocida de los famosos “10 de Hollywood”, el grupo de escritores –más un director– que se negó a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Una obra eficaz, que cumple con nobleza su cometido de perfilar la vida de uno de los guionistas más prestigiosos de la historia de Hollywood (además de encumbrado literato, tras el éxito de la novela antibelicista Johnny cogió su fusil, luego filmada por el propio escritor en 1971). Pero que carece de la garra necesaria para arañar emocionalmente al espectador.

La película abre en 1947, en Los Ángeles, mostrándonos a un Dalton Trumbo (Bryan Cranston) sentado en su bañera, con un cigarrillo humeante atascado en los labios y una frase chispeante en la punta de la lengua, momentos antes de sumirse en un frenesí creativo. La escena que marca el tono tragicómico del relato y revela la personalidad excéntrica del personaje, en adelante exhibida con brío por el actor de Breaking Bad. Pero la estampa es, sobre todo, una declaración de intenciones, porque presenta al histórico protagonista en una de sus rutinas más icónicas, advirtiendo del juego al que se prestará la película en adelante: escenificar lo destacado de las peripecias de Trumbo, antes que explorar lo desconocido de su vida, dibujando con trazo grueso a una serie de personajes para que el espectador termine el filme conociendo un poco mejor a las figuras históricas que encarnan, y el papel que ocuparon durante la mezquina caza de brujas a la que se enfrentaron. Un afán por el bosquejo llevado al paroxismo en la figura de su colega Arlen Hird (Louis C.K.), personaje que los autores del filme se han sacado de la manga mezclando a varios de los compañeros de fatiga reales de Trumbo durante esos años.

En cualquier caso, 1947 fue el año en el que el Comité de Actividades Antiamericanas comenzaría sus audiencias en el seno de la industria hollywoodiense. Y Dalton Trumbo, transparente en su afiliación al Partido Comunista, activo en la defensa de los derechos de los trabajadores en Hollywood, se convirtió rápidamente en una de las dianas más reconocidas del proceso. Su ideología le granjeó la enemistad de la columnista Hedda Hopper (Helen Mirren) y del actor John Wayne (David James Elliott), embarcados en una cruzada anticomunista en la industria del cine, en forma de gran purga. Y su negación a colaborar con el comité le costó una pena de prisión por desacato y una condena social por traidor, convirtiéndole en un paria en la industria y en su entorno. Lo que le forzaría a trabajar de forma anónima y a precio de saldo. Durante el periodo dos de sus guiones ganarían el Oscar –Vacaciones en Roma (1954) y El bravo (1957)–, éxito que se vio obligado a celebrar desde el sofá de su casa. Y construyó una red de clandestina de escritores que repartía trabajos alimenticios entre sus colegas sancionados para la productora de serie B dirigida por los hermanos Frank (John Goodman) y Herman King (Stephen Root). Y así durante toda una década, hasta que el clima político comenzó a descongelarse, y figuras como Kirk Douglas (Dean O’Gorman) y Otto Preminger (Christian Berkel), en un alarde de cordura, decidieron poner su nombre en los créditos de Espartaco (1960) y Éxodo (1960), respectivamente, terminando con una lista negra que funcionaba antes por cobarde colaboracionismo que por mandato legal.

Historia de caída y ascenso, que sigue la evolución profesional del guionista durante dos décadas de lucha contra la intransigencia fanática y la coacción mezquina. La película peca de una excesiva adhesión a la linealidad cronológica, lo que facilita su seguimiento pero compromete su ritmo, que resulta demasiado cuadriculado. Su estilo visual resulta acartonadamente académico, más clásico que muchos de los clásicos a los que se hace referencia en la historia. Y, aunque consigue por momentos alcanzar cierta profundidad emocional, le cuesta brillar, perdiendo una oportunidad de oro para satirizar la hipocresía política de los tiempos paranoicos que retrata, o exponer las laberintos psicológicos sobre los que se erige.

Pero ofrece una desahogada reconstrucción de la vida del protagonista, en adelante –merecidamente- más conocido para el gran público. Expone la loable postura ética del guionista ante las injusticias sufridas, basada en desvelar lo absurdo de su situación ganando al sistema desde dentro. Y está trufada de unos diálogos ingeniosos plagados de ocurrencias, a las que se prestaba la teatralidad y acidez del propio Trumbo, donde MacNamara ha hecho su mejor labor. Lo que dota de cierta dignidad a una obra demasiado cómoda para seducir, pero suficientemente trabajada para iluminar uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de Hollywood dorado, por cuyas sombras nos invita a pasear, sin peajes.

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