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Estreno

Un prestidigitador llamado Woody Allen

Magia a la luz de la luna es visualmente brillante y fugazmente interesante.

Wei Ling Soo es lo primero que lee el espectador, sobre un cartel teatral, en la escena de arranque de Magia a la luz de la luna, la última película de Woody Allen, justo después de que un rótulo inicial sitúe la acción en Berlín, en el año 1928. Es un nombre que pocos asociarían a un personaje que pudiera interpretar Colin Firth, abanderado sin par de la flema británica; sin embargo, son los rasgos del conocido actor los que uno adivina bajo el maquillaje y el bigote postizo del prestidigitador chino que, ante un público entregado, hace desaparecer a un elefante sobre el escenario de un teatro de variedades berlinés. Ya en el camerino, sin túnicas carmesí ni postizos, descubrimos que Wei Ling Soo es realmente Stanley Crawford, ateo acérrimo y adepto del racionalismo que, a pesar de ganarse la vida como ilusionista, dedica su tiempo libre a desenmascarar a falsos espiritistas, videntes y hechiceros.

Animado por un viejo amigo, Crawford viaja al sur de Francia con el objetivo de desacreditar a Sophie Baker, una joven médium estadounidense interpretada por Emma Stone, que afirma estar en contacto con el espíritu del difunto patriarca de una adinerada familia. Convencido de que Sophie es una embaucadora que solo quiere sacarle dinero a la ingenua viuda rica y a su enamoradizo heredero, Crawford se dispone a revelar las verdaderas intenciones de la joven espiritista y, de paso, a demostrar su teoría de que en esta vida lo único cierto es lo que se puede probar empíricamente.

El encuentro entre Crawford y Sophie, y el conflicto existencial que éste origina entre racionalismo y espiritualismo, entre realismo materialista e idealismo, podría haber sido una estupenda premisa para construir una divertida comedia de enredos y equívocos. Durante el primer cuarto de hora de película, y dado el ambiente y los personajes, no es disparatado pensar que lo que vamos a ver es una historia a medio camino entre el delicioso PG Wodehouse y una farsa policiaca, pero no hace falta esperar mucho para darse cuenta de que la magia en esta película solo está en el título. El tema central de la película, el enfrentamiento entre misticismo y racionalismo, no se aborda con la agudeza y la chispa necesarias para hacer gracia (no me reí ni una sola vez ninguna de las dos veces que he visto la película), y solo Woody Allen parece tomárselo lo suficientemente en serio como para pensar que la película puede dar pie a una reflexión medianamente profunda sobre el tema. En una escena entre Stone y Firth, la única inspirada de la película (a excepción de la del planetario, que Allen se roba a sí mismo de Manhattan), el personaje de Firth le dice al de Stone: “No sabes cuánto desearía que no fueras un fraude”. Como el admirador incondicional de Allen que soy, es revelador que yo pensara lo mismo de la película.

Colin Firth y Emma Stone son dos actores extraordinarios, pero la química entre ellos, dejando a un lado la diferencia de edad de casi tres décadas, solo es intermitente. Por separado, sus interpretaciones tampoco son especialmente destacables. El prototipo de Mr. Darcy, el hombre incrédulo y distante que se enamora a su pesar de la mujer que representa todo lo que él odia, le viene como anillo al dedo a Colin Firth, que ya interpretó a Darcy en la adaptación que la BBC hizo del clásico de Jane Austen hace ahora veinte años. Sin embargo, las líneas que le ha escrito Allen en esta película son mortalmente tediosas y, a menudo, da la impresión de que al propio actor le da cierto reparo pronunciarlas. El monólogo durante el efímero momento de recogimiento religioso es un ejemplo especialmente doloroso de la torpeza del guión. No obstante, quizá el gran delito de esta película es conseguir que la desenvoltura y desparpajo habituales de la maravillosa Emma Stone resulten aquí cansinos y fastidiosos. Me da la impresión de que Allen debió de dirigir a Stone de forma similar a como lo hizo con Jennifer Tilly en Balas sobre Broadway, donde interpretaba a una aspirante a actriz sin ningún talento para la interpretación. En Magia a la luz de la luna Stone sobreactúa con gestos y muecas exagerados cada vez que va a tener un contacto con el más allá. “Ni siquiera es buena actriz”, le dice Crawford a su amigo al verla en trance, y ese es el único momento en que Allen consiguió arrancarme una sonrisa. Obviamente, la sobreactuación es del personaje y no de la actriz, pero el truco meta no funciona aquí como en Balas sobre Broadway, especialmente porque Sophie es un personaje mal trazado, caracterizado principalmente por una compulsión por la comida que, a veces, incluso obliga a Stone a declamar su parte de diálogo a destiempo.

Es una lástima que la película sea tan insípida y pesada porque, a pesar de todo lo dicho hasta ahora, Magia a la luz de la luna es sencillamente preciosa. Es admirable la recreación que Allen hace de esa época que, con la distancia del tiempo, asociamos de forma inevitable con el desahogo vital y el entretenimiento. De hecho, solo la inmediata familiaridad de los actores nos recuerda que la película es una obra contemporánea y no una estampa genuina más que de aquella época, de las películas que se hacían entonces. Magia a la luz de la luna es como ver Un ladrón en la alcoba de Lubitsch, pero en color y sin gracia. La dirección artística, los decorados, el vestuario (de Sonia Grande, afianzada ya en el cine internacional) son impecables, pero la auténtica belleza de la película está en su luz, moldeada con maestría por el gran director de fotografía Darius Khondji. Hace algunos meses, al escribir sobre El sueño de Ellis de James Gray en esta misma revista, alababa el trabajo de Khondji en aquella película. Esta semana el Círculo de Críticos Cinematográficos de Nueva York le concedía su premio anual en una decisión inesperada pero extremadamente juiciosa. En la nueva película de Allen, Khondji vuelve a teñir de amarillo la pantalla y juega con la luz natural en los espectaculares exteriores en los que se rodó la película. Resulta llamativo que una película que tiene a un ilusionista como protagonista presente una brecha tan profunda entre su forma y su contenido. Como un truco de prestidigitación, Magia a la luz de la luna es visualmente brillante y fugazmente interesante pero, en última instancia, trivial y vacua.

Más sobre cine en: Cine al desnudo, blog de Alberto Ramos-Lorente.

Una respuesta a Un prestidigitador llamado Woody Allen

  1. Pablo dijo:

    Es decir otra película de Allen sin buena sustancia. Sólo condimentos.
    Desde Match Point me parece que no ha hecho nada de interés.

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