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Estreno

'Nuestro último verano en Escocia' es ejemplar en el partido que saca a los actores infantilesUna feel-good movie británica encantadoramente divertida

'Nuestro último verano en Escocia' es una estupenda y divertida muestra más del feel-good movie británico.

Es de justicia reconocerlo, a los británicos la comedia almibarada con risas, lágrimas, mensaje, trasfondo social y cierto toque gamberro les sale como a nadie. Este tipo de cine, que los angloparlantes llaman feel-good (sentirse bien), bebe de las fuentes de Frank Capra y tiene representaciones tan notables como Love Actually, Billy Elliot o Full Monty. Nuestro último verano en Escocia, la primera película dirigida al alimón por Andy Hamilton y Guy Jenkin tras su colaboración en la serie televisiva Outnumbered, es una estupenda y divertidísima muestra más del feel-good movie británico y tiene uno de sus mayores logros en el inmenso partido que saca a los tres niños que la protagonizan. Pocas veces hemos visto a actores infantiles tan bien dirigidos y aún menos hemos escuchado a niños recitar con tanta naturalidad unos diálogos tan desternillantes, tan adultos y tan bien escritos.

Nuestro último verano en Escocia nos recupera a una actriz bellísima y que a punto estuvo de hacerse con su primer Oscar gracias a su espléndido trabajo en la película de David Fincher Perdida. Aquí, Rosamunde Pike interpreta a Abi, una mujer separada y madre de tres hijos tan encantadores como excéntricos. El padre de su ex marido Doug (interpretado por David Tennant, el policía de la serie Broadchurch y de su remake estadounidense Gracepoint) celebra el que tal vez sea su último cumpleaños, pues padece un cáncer terminal. Abi y Doug deciden aparcar sus diferencias y viajar hasta Escocia como si siguieran siendo una familia feliz para no disgustar a Gordie, el padre de Doug (a quien da vida el veterano Billy Connolly). Allí, rodeados de lagos y paisajes verdes, los niños harán algo que los lectores agradecerán que no desvelemos aquí y que cambiará radicalmente el curso de los acontecimientos.

No se puede decir que Nuestro último verano en Escocia sea una película imprevisible, aunque desde luego es muy difícil imaginar antes de que ocurra en qué consiste exactamente eso que los niños hacen y que altera la vida de toda la familia. Después, todo transcurre entre derroteros fáciles de prever, pero también es cierto que eso no le resta ni un ápice de encanto a la cinta. Las escenas de los niños son, sin duda, las mejores y más divertidas, incluyendo las que protagonizan junto a su abuelo, un estupendo Billy Connolly con el que derrochan química. Llena de conversaciones delirantes y plenas de simpatía, y plagada de gags realmente desternillantes, Nuestro último verano en Escocia funciona como un inteligente divertimento que logra operar el milagro de que salgamos del cine reconciliados con la vida.

Todo esto no significa, por supuesto, que estemos ante una película perfecta. Ni mucho menos. Hay un exceso de almíbar, sobre todo hacia el final del filme, y también cierta estética de spot televisivo de viajes, con idílicas imágenes aéreas de Escocia, que chirría un poco. También hay personajes que no funcionan, como el de la asistente social que interpreta Celia Imrie. Pero, a pesar de sus defectos, Nuestro último verano en Escocia consigue lo que se propone, que no es otra cosa que hacernos reír, y es una muestra ejemplar del resultado que se puede obtener en el cine trabajando con niños si se hace con inteligencia, respeto y astucia.

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