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Estreno

En el reparto destacan Tim Robbins y Benicio del ToroUna odisea kafkiana en los Balcanes

'Un día perfecto', lo último de Fernando León de Aranoa, mezcla comedia, drama y cooperantes en tiempos de guerra.

La primera baja en un conflicto armado es el sentido común. Esta frase, salida de la boca de Fernando León de Aranoa en la última edición del Festival de Cannes, ilustra a la perfección el espíritu de Un día perfecto, su último trabajo tras las cámaras. Estrenada cinco años después de Amador, su anterior película, Un día perfecto es una comedia ambientada en los Balcanes a mediados de los noventa, en la línea de aquella genialidad de Robert Altman llamada M.A.S.H. que transcurría en un hospital de campaña durante la Guerra de Corea y que inspiró una serie de televisión de gran éxito en los setenta. Como cabría esperar, Un día perfecto no está a la altura de M.A.S.H. ni como comedia irreverente ni como alegato antibelicista, aunque no deja de tener cierta gracia, encanto y sobre todo originalidad como retrato de esa irracional burocracia que gobierna nuestras vidas y de cuyo nocivo influjo las guerras tampoco pueden librarse.

Un día perfecto está rodada en inglés y cuenta con un reparto muy internacional en el que destacan el norteamericano Tim Robbins, el puertorriqueño Benicio del Toro, la ucraniana Olga Kurylenko, la francesa Mélanie Thierry, el bosnio Fedja Stukan y el español Sergi López. La cinta, inspirada en la novela Dejarse llover de Paula Farias, narra la absurda odisea de un grupo de miembros de una ONG al intentar sacar un cadáver que ha sido arrojado a un pozo para contaminar el agua de la que se abastece la población de la zona. El simple hecho de encontrar una cuerda se convierte en una misión casi imposible. Pero, obviamente, la cuerda no será el único obstáculo que los cooperantes hallarán en su camino. León de Aranoa se sirve del humor y huye de lo trágico para acercarnos a esta delirante jornada en la que que enaltece el trabajo de las personas que deciden dedicar su vida a ayudar a los demás en zonas de guerra y en la que también incluye una nada velada crítica a la labor de los cascos azules de Naciones Unidas. Pero Un día perfecto no es una comedia, ni es un drama, ni es un filme de acción. Es un poco de todo y, al mismo tiempo, nada de nada. Una película, en definitiva, ni buena ni mala, sino todo lo contrario.

Un día perfecto se mueve en un terreno de nadie. Y es precisamente esa indefinición su mejor y su peor enemigo. El tono de comedia y la ausencia de tremendismo se agradecen, pero al mismo tiempo echamos en falta un humor algo más gamberro y una intensidad dramática algo más elevada. León de Aranoa mantiene el ritmo y su historia no decae ni flojea, pero tampoco emociona ni nos implica demasiado en ella. A ratos agradecemos su contención y a ratos también nos pesa. Un día perfecto no es su mejor película, como tampoco es el mejor trabajo de ninguno de los actores que componen su coral reparto. Y aún así, esta cinta consigue lo que se propone. León de Aranoa seguramente no pretendía otra cosa que explicarle al mundo lo absurdo de la guerra, la necedad que sigue imperando incluso cuando el conflicto ha terminado, lo difícil que resulta mantener la cordura en un escenario en el que la irracionalidad campa a sus anchas. Y en ese sentido su película es tan didáctica como reveladora. Un día perfecto es seguramente el mejor homenaje que el cine podía hacer a los trabajadores humanitarios, esas raras avis que ponen su sentido de la solidaridad por delante de su instinto de supervivencia. Un fresco imperfecto pero aleccionador sobre el día a día de un grupo de personas para las que la ausencia de sentido común es el peor enemigo al que tienen que enfrentarse.

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