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Estreno

La historia se centra en el llamado ‘match del siglo’, con Bobby Fischer y el campeón ruso Boris SpasskyUna partida de ajedrez con forma de thriller

‘El caso Fischer’ se presenta como un irregular biopic sobre la excéntrico leyenda del ajedrez.

El estadounidense Edward ZwickLeyendas de pasión (1994), El último samurái (2003), Diamante de sangre (2006)–, director de patriotismo a prueba de balas, ofrece con El caso Fischer (2014) un efectivo biopic del legendario ajedrecista Bobby Fischer. Tarea nada sencilla, teniendo en cuenta el enorme enigma que suponía el maestro del ajedrez, tan dado a las opiniones peregrinas y al comportamiento errático, resultando más fácil retratar desde la objetividad los acontecimientos que protagonizó a lo largo de su truculenta vida, que intentar explorar desde la subjetividad el modo en que los experimentó y dotó de sentido. Si alguna lo tuvo. De ahí que, hasta el momento, la mejor obra sobre Fischer sea el estupendo documental que Liz Garbus realizara para la HBO Bobby Fischer Against the World (2011). Y aunque poco arriesga Zwick en su película, que se presenta como un telefilme de imagen cuidada y notables interpretaciones, consigue hilar una historia que avanza con suavidad hasta el jaque mate final.

En un intento de ordenar dramáticamente unos materiales tendentes al caos, el director, junto al guionista Steven KnightPromesas del Este (2007)– centran su historia alrededor del llamado ‘match del siglo’, aquel que mantuvieron en Reykjavik el maestro estadounidense (interpretado por Tobey Maguire) y el campeón ruso Boris Spassky (Liev Schreiber), entre julio y agosto de 1972, en plena Guerra fría. Duelo de titanes de tronadores ecos geopolíticos, en un campo, este del ajedrez, que la Unión Soviética dominaba desde 1948, gracias a una rígida maquinaria estatal que, de paso, promocionaba dicho predominio como signo irrevocable de la superioridad intelectual soviética respecto de Occidente. Propaganda que un jovenzuelo disfuncional como Fischer parecía venir a desmantelar, apoyado –tardíamente– por un gobierno estadounidense que ya se olía la derrota en Vietnam, y necesitaba vencer al comunismo en algún otro frente para levantar la moral del país y, de paso, seguir alimentando la descarnada y costosa pugna. Un contexto político que no hizo más que amplificar lo que de por sí ya resultaba un enfrentamiento de altura entre dos maestros que exhibieron un juego para el recuerdo, convirtiéndose el lance en la partida más mediática y famosa de la historia, como se aprecia en las imágenes reales de diversos noticiarios televisivos de todo el mundo que abren el filme.

La primera mitad del relato –género obliga– se dedica a un recorrido convencional por la vida del protagonista, exponiéndose tanto sus prodigiosos avances ajedrecísticos como sus insidiosas derivas psiquiátricas. Unos contenidos dramáticamente necesarios, desde luego, para poner en situación a un espectador que debe llegar al duelo final sintonizado con las virtudes y obsesiones del protagonista, y así poder disfrutar con los altibajos de su desarrollo. Pero donde poco se revela sobre sus patentes trastornos mentales, de los que simplemente se esboza un posible origen –una madre (Lily Rabe) que sabe vigilada por coquetear con el comunismo– y un maniqueo desarrollo –unas cintas de mensaje conspiranoico–, sin ahondar en sus implicaciones vitales, más allá de la clásica escena de cuarto desmantelado tras una intensa búsqueda de micrófonos ocultos. Desde luego el relato de sus tempranas hazañas cumple una función divulgativa, notificando algunos de los logros que le convirtieron en leyenda, y permiten que el espectador se haga una idea del juego imprevisible, temerario y tremendamente creativo del joven genio, con el que luego pondrá en jaque al contenido y meditabundo campeón soviético. Pero se trata de un largo pasaje que se percibe como un anticipo sin gracia de lo que realmente importa. Y como ocurre con toda retransmisión deportiva, ahora tan en boga en este mes olímpico, nadie quiere ver los calentamientos, sino a los contendientes en entregada competición.

En cualquier caso, cuando el duelo se desata, lo hace con pulso. Spassky llega con actitud arrogantemente comedida, Fischer seguro pero también asustado y agitado, siempre apoyado por su abogado-mánager (Michael Stuhlbarg) y un sacerdote que hace las veces de entrenador (Peter Sarsgaard). Y aunque la lucha se desarrolla sobre un tablero, el director transfiere la tensión del encuentro a los personajes, convirtiendo el enfrentamiento en un rítmico juego de movimientos decididos, muecas receladas, miradas desaprobatorias y gestos contrariados, guiando al espectador por los altibajos del encuentro a través de la expresión corporal de sus protagonistas. Todo en un espacio cada vez más reducido, silencioso, claustrofóbico, donde la hipersensibilidad paranoica de Fischer llega incluso a resonar en su contrincante, que por momentos no solo de desespera ante su actitud, sino que llega a replicarla en otro momento. Consigue sí el director, con cierta maestría, dotar de impulso dramático a una partida de ajedrez legendariamente tensa pero narrativamente hermética para la mayoría de los espectadores –entre los que me incluyo–, incapaces de entender el alcance y las consecuencias de los movimientos puestos en juego. Superando así superar sus carencias como drama psicológico –más bien psiquiátrico– mediante una buena dosis de suspense.

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