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Estreno

Ewan McGregor debuta como director con una tibia adaptación de la novela más reconocida de Philip Roth.Una ‘Pastoral Americana’ truncada

Entretenida adaptación de la novela homónina de Philip Roth, que a pesar de resultar tibia apunta con interés hacia algunas de las cuestiones y reflexiones elaboradas por el eterno candidato al Nobel.

No será su falta de arrojo lo que se le critique a Ewan McGregor, que debuta como director con un proyecto largo tiempo atascado en diversos cajones, la adaptación a la gran pantalla de la novela más prestigiosa de Philip Roth, Pastoral Americana (2016). Aunque quizás se le deba reprochar su temeridad, habida cuenta de los hasta ahora fallidos intentos de llevar al cine las novelas del escritor, empresa a la que se han apuntado sin especial brío desde Barry Levinson a Isabel Coixet, entre otros, pasando por cierto chasco firmado por Ernest Lehman, que intentó sin gracia adaptar su libro más brillante, ese divertidísimo lamento interior woodialleniano llamado El mal de Portnoy. Y aunque en esta ocasión el resultado deja bastante que desear, ofrece suficiente para entretener durante sus dos horas de metraje, volcando más de una reflexión penetrante, alguna imagen incendiaria y el irrefrenable deseo de (re)leer la novela original.

A través de los recuerdos de Nathan Zuckerman (David Strathairn), reconocido alter ego del propio Roth, la película cuenta la trágica historia de una demolición, en general la de una nación que se imaginaba destinada al triunfo, en particular la de un personaje tenido por su más perfecta encarnación. Protagonizada por el propio McGregor, el escocés da vida a un judío norteamericano al que apodan “El sueco”, por aquello de que es rubio, aunque también guapo, carismático, recto, atlético hasta lo legendario, marido modélico de una ex-Miss (Jennifer Connelly) y patrón ejemplar de una empresa familiar cuya plantilla, principalmente afroamericana (con Uzo Aduba a la cabeza), le respeta por su trato paternal. No así la niña de sus ojos (Hannah Nordberg), cuyo frustrante tartamudeo e inquietante complejo de Edipo anuncian un giro bien negro en el destino manifiesto de ese sueño americano que vive y representa su padre. Porvenir que se demuestra fatídico cuando la hija, ya una adolescente (Dakota Fanning) radicalizada contra un gobierno en guerra (Vietnam), un sistema en quiebra (Movimiento por los Derechos Civiles) y unos progenitores en letargo, desaparece tras colocar una bomba en un establecimiento de su Arcadia natal, convirtiéndose en eterna fugitiva para la justicia y sus padres, que no cesarán en el empeño de encontrarla, sometiéndose a innumerables chantajes, humillaciones y crisis por el camino.

Relato de una fractura, por tanto, a la vez personal y social, entre un padre —y una generación— liberal y una hija —y otra generación— que pide más libertades, mayores igualdades y crecientes responsabilidades a la sociedad en la que les ha tocado vivir. Un tablero donde solo la rabia, la incomprensión, la violencia y la culpa parecen poder reinar, cosa que la película logra apuntar, aunque escamotea en su trayecto —de la novela al guion, de la niñez a la adolescencia, del pasado al presente, de las más de 400 páginas a las menos de dos horas de metraje— buena parte de la tormentosa gravedad de la obra de Roth, conformándose como un entretenido e incluso interesante melodrama social, en lugar de una profunda tragedia de fuerte raigambre sociocultural.

Sustracción a la que poco favor hacen los planteamientos formales del filme. Y no es que la fotografía de Martin Ruhe desmerezca, porque logra con sugestiva calidez poner en imágenes esa Norteamerica acartonada de los años cincuenta que los jóvenes más radicales de la contracultura se esforzaron por dinamitar (y sí, en este caso hay una imagen que vale más que mil palabras). Pero desaprovecha las oportunidades que el otorga la temática y la cronología de su historia para erigirse como una obra de factura retro-nostálgica en lugar de apostar, digamos, por una estética que bien podría fluctuar desde la solemnidad de un estilo clásico a la textura quebradiza del cine del primer Nuevo Hollywood (incendiando la pantalla allí donde la novela solo podía relatar).

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