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Estreno

Una señorita Julia entre el cine y el teatro

La película de Liv Ullmann es una buena adaptación, intermitentemente brillante, con un bellísimo final.

Fidelidad o infidelidad, esa es la cuestión. Siempre que el cine se acerca al teatro para trasladar a la gran pantalla una historia que, en su origen, fue concebida para representarse sobre un escenario, surge la misma pregunta: ¿Qué es mejor, mantener las hechuras del referente sobre el que se trabaja, aunque el resultado parezca teatro filmado, o alejarse completamente del original para convertirlo en otra cosa distinta? No son pocos los que piensan que una película que basa todo su potencial dramático en los diálogos raramente va a interesar al público. Pero no es cierto. Roman Polanski lo ha demostrado muchas veces con sus espléndidas y ortodoxas adaptaciones de piezas teatrales como La muerte y la doncella, Un dios salvaje o La Venus de las pieles. Aunque también hay buenos ejemplos de lo contrario. Al otro lado de la balanza se situaría la magnífica recreación que el interesantísimo director canadiense Denis Villeneuve hizo en 2010 de la obra de Wajdi Mouawad Incendies, tan cinematográfica que resulta prácticamente imposible apreciar en ella su origen escénico. Todas las opciones, por tanto, pueden ser válidas si el resultado es acertado. Viene al caso esta reflexión ante el estreno de la adaptación que la actriz y directora Liv Ullmann ha hecho de la conocida obra de August Strindberg La señorita Julia. Ullmann es tan fiel como infiel al texto de Strindberg y el resultado es, casi podríamos decir consecuentemente, irregular.

Para empezar, Liv Ullmann ha trasladado la acción de Suecia a Irlanda para justificar un rodaje en inglés. El problema es que La señorita Julia transcurre durante una noche de San Juan en la que no oscurece, un fenómeno que solo ocurre en Escandinavia y que resulta del todo incongruente en la verde Irlanda. Este detalle, que resta credibilidad a la película, no es responsable, en cualquier caso, de su resultado final. La adaptación de la directora noruega se ajusta bastante, por lo demás, a la obra de teatro de Strindberg. Tanto que, pese a sus esfuerzos por dotar a su película de un lenguaje puramente cinematográfico, con una cuidada fotografía y constantes cambios de escenario, el hecho teatral termina teniendo siempre un peso mucho mayor. No en vano, Ullmann mueve a sus actores y les hace interpretar sus personajes como si estuviesen sobre un escenario y no en un set de rodaje. La interpretación de Jessica Chastain y Colin Farrell, resultaría, sin duda, solo espléndida si esto no fuera una película. Pero, para bien o para mal, lo es y por eso también resulta un tanto histriónica. Chastain, especialmente, pierde todo el pudor, la moderación y la sutileza para componer una Miss Julie desbordada, teatralmente dramática y, pese a todo, magnífica.

La señorita Julia habla de cosas que hoy pueden resultar un tanto desfasadas porque el honor o su pérdida no tiene ya la importancia que tenía en 1888, cuando Strindberg la escribió. Afortunadamente, en el texto del dramaturgo sueco también hay referencias a temas universales que mantienen su vigencia, como la lucha entre las clases sociales y los sexos. Julia es una joven de la nobleza que decide seducir a un criado en una noche de fiesta, ante la mirada nada condescendiente de la puritana cocinera. En este juego de seducción, de dramáticas consecuencias, los roles se intercambian pues el poder que Julia tiene sobre el lacayo John como señora de la casa deja de ser tal cuando él decide ejercer sobre ella su poder como hombre. Todo eso está en la película de Liv Ullmann, que a ratos destila fuerza y pasión y a ratos también resulta plúmbea y forzada. Al final queda, eso sí, la clase magistral de interpretación que Jessica Chastain, Colin Farrell y Samantha Morton nos dan, a pesar de lo poco cinematográfico de sus actuaciones. En definitiva, La señorita Julia de Liv Ullmann es una buena adaptación intermitentemente brillante, con un bellísimo final y una conmovedora banda sonora en la que destaca el Trío para piano Nº 2 de Schubert que ya utilizara Stanley Kubrick en Barry Lyndon.

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