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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Estreno

Una sonrisa o mil palabras de amor

Smiley es un espectáculo muy divertido. Es, además, tierno sin caer en sensiblerías facilonas.

Smiley, esa carita sonriente redonda y amarilla creada en 1970 y que ha dado pie a toda una generación de caritas amarillas expresando diferentes emociones conocidas comúnmente como emoticonos, ha servido de inspiración al cine en varias ocasiones dando como resultado desde comedias hasta slasher. Para Guillem Clua, el autor y director de la obra de teatro Smiley, una historia de amor, el icónico rostro de la felicidad y el buen rollo es la mejor de las respuestas cuando alguien te abre su corazón. Clua sigue al dedillo el esquema de la comedia romántica, ese que tan buenos (y malos) momentos nos ha dado en la gran pantalla y que, no por manido, deja de gustarnos.

Creer que el amor puede llamar un día a nuestra puerta es seguramente lo único que los seres humanos tenemos en común, seamos como seamos y vengamos de donde vengamos. De ahí que la eterna fórmula de chico conoce chica, chico y chica se separan, chico y chica dudan, chico y chica terminan finalmente juntos sea de las pocas cosas que nunca se agoten. Clua introduce una variación a la fórmula. Los protagonistas de Smiley son dos chicos. El resto, se cuente como se cuente, es algo que ya sabemos y que, además, nos encanta saber.

Smiley, una historia de amor puede verse los fines de semana en la sesión “golfa” del teatro Maravillas, después de su paso por la Sala Off del Lara y su merecido éxito en Barcelona. Guillem Clua ha traducido y adaptado una obra que en su origen transcurría en Barcelona y en catalán, haciendo además algunos cambios acertadísimos como que ahora la película favorita de uno de los personajes sea Frozen en lugar de Avatar. Smiley es un espectáculo tremendamente divertido. Es, además, tierno sin caer en sensiblerías facilonas. Y describe los encuentros y desencuentros de dos seres humanos en las antípodas con un estupendo sentido del ritmo. Clua mima a sus personajes, consigue que los queramos, que riamos y suframos con sus alegrías y sus penas. Y nos regala algunos momentos tan deliciosos como desternillantes (atención al amante vasco porque es de llorar, y no precisamente de pena). Y es que, si el texto de Smiley es brillante, no lo son menos sus dos intérpretes: Ramón Pujol y un desdoblado Aitor Merino, que interactúan con el público para explicarle a los no “entendidos” algunas cuestiones fundamentales en el ambiente gay.

La obra de Guillem Clua consigue divertirnos y emocionarnos, y eso, en los tiempos que corren, es la mejor oferta que nadie puede hacernos en un patio de butacas. Además, nos enseña lo mucho que las relaciones de pareja se parecen, independientemente de si el binomio lo forman dos personas de sexos diferentes o iguales; algo que puede parecer obvio pero que algunos aún desconocen. El público homosexual se sentirá identificado con muchos de los tópicos y estereotipos sobre los que Smiley ironiza. Y por eso este es un sector que la obra de Clua ya tiene ganado. Lo interesante sería que muchos heterosexuales (especialmente algunos) fueran a verla. Nada como esta comedia sobre los entresijos del enamoramiento para levantar barreras y prejuicios. A quien esto firma le queda la duda, eso sí, de si Alex y Bruno terminarían juntos en el mundo real. Y es que los finales felices siempre son más bonitos si los vemos en una pantalla o sobre un escenario.

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