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Estreno

Una vida en tres días

Fallida incursión del director Jason Reitman en el melodrama.

Labor Day, el título original de la última película de Jason Reitman, que acaba de estrenarse en España como Una vida en tres días, hace referencia al día festivo (y, más en general, al fin de semana que lo precede) que los estadounidenses celebran el primer lunes de septiembre en conmemoración del movimiento obrero y que suelen aprovechar para pasar unos días en familia antes del inicio del curso escolar. O, en el caso de Adele, la agorafóbica protagonista que interpreta Kate Winslet en la película, para cobijar en casa a un prófugo con maña sin par para las chapuzas, poner al día su descuidada vida sexual y aprender una receta de tarta de melocotón más rentable que un título de ingeniería. Es, sin duda, el fin de semana de mayor ajetreo doméstico desde que Meryl Streep se quedara sola en casa en Los puentes de Madison.

Reitman adapta la novela homónima de Joyce Maynard y, con excepción de un par de cambios insignificantes que agilizan el relato, su lealtad al texto original es irreprochable. Quizá demasiado. La película mantiene la narración en primera persona, un mecanismo tan socorrido como peligroso en el cine, e incorpora mediante flashbacks las historias que llevan a sus espaldas Adele y Frank (Josh Brolin), el secuestrador-convidado. La historia de Frank se va intercalando a lo largo de la película en breves escenas que crean un cierto suspense y mantienen el interés por saber qué llevó al personaje a la situación en la que se encuentra, pero el director se guarda para casi el final la escena retrospectiva en la que, se supone, deben explicarse todos los males de Adele. El problema es que, al igual que en la novela, la empalagosa perplejidad que producen los personajes y muchas de sus acciones exigen una disculpa más que una explicación.

Empalagoso es un adjetivo que no utilizo a la ligera, pues lo que más recuerda uno al salir de ver esta película es una tarta de melocotón que algún día será merecido objeto de parodia en alguna de esas películas de humor absurdo que revientan la taquilla cada cierto tiempo. No soporto que la gente susurre, hable o comente en el cine, pero debo confesar que me reí agradecido cuando un espectador se puso a tararear la Unchained Melody en la escena en la que Winslet y Brolin preparan el relleno de la tarta a cuatro manos.

Con esta tarta inefable en medio de tanto trajín, no es de extrañar que el pedazo de tarta americana que pretende servirnos Reitman produzca un poco de empacho. Una vida en tres días es una película hecha con mucho oficio. Destaca el trabajo de Eric Steelberg, habitual director de fotografía de Reitman, que otorga a las imágenes la tonalidad y luminosidad necesarias para que la película se ubique en el género del tearjerker en el que desemboca. Pero Reitman no es Douglas Sirk, y ni siquiera Todd Haynes, y el tránsito de la invasión doméstica al soaper es torpe y brusco. Kate Winslet, que se está especializando en papeles de mujer desesperada de época, parece aquí atenazada por el personaje, especialmente en las repentinas escenas en las que debe mostrar sus fobias, y Josh Brolin hace lo que puede (bastante bien, eso sí) con su personaje de recluso con vocación de Martha Stewart. El hecho de que todos los gremios que conceden premios cinematográficos en Estados Unidos pasaran por alto el trabajo de estos dos conocidos y buenos intérpretes en la temporada de premios que concluyó hace unas semanas en los Óscar indica a las claras que algo no funciona en el fallido experimento de Reitman.

Siempre me han gustado las películas de este cineasta socarrón. Gracias por fumar (Thank you for smoking, 2005), Juno (íd., 2007), Up in the Air (íd., 2009) y Young Adult (íd., 2011, mi favorita) eran todas comedias cuya mala leche escondía más dobleces e inteligencia de los que aparentaban. Una vida en tres días, su primera incursión fuera de la comedia, es, paradójicamente, la película de su filmografía que hay que tomarse menos en serio.

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