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UNA NUEVA COMBINACIÓN DE INFANCIA Y VERANO LLEGA A NUESTRAS PANTALLASVerano 1993, de Carla Simón: el estío del fin de la infancia

La semana pasada llegó a nuestras pantallas la película que está llamada a ser de las más exitosas del año: 'Verano 1993', de Carla Simón. Sin embargo, ¿estamos ante un verdadero hit o un hype más?

Verano 1993 (Estiu 1993, 2016) es el primer largometraje de la talentosa cineasta Carla Simón. Tras su presentación en el Festival de Berlín, de donde volvió con premio, el filme ha gozado de los casi unánimes elogios de la crítica. Estrenado la semana pasada, parece postularse como uno de los grandes estrenos españoles para esta temporada. La película es el retrato, en clave elegante y melancólica, de Frida, una niña de cinco años que acaba de quedarse huérfana después de que sus padres hayan fallecido de SIDA. Trasladada a casa de sus tíos, en el entorno rural, la pequeña deberá lidiar con su particular duelo y con un nuevo ambiente familiar.

Lo de hoy va de citas. Empezamos con el polémico artículo que Javier Marías publicó hace unas semanas, donde que criticaba el, según él, excesivo bombo que se estaba dando a Gloria Fuertes en su centenario cuando no se trataba de una poeta memorable. Dejando aparte la escalada de reproches generada entre determinados bastiones del feminismo y la prescripción cultural, el cascarrabias de PRISA abría su invectiva con una reflexión sobre el cine español que resulta lo más interesante de su texto.

Durante muchos años los críticos cinematográficos y la prensa decidieron que había que promover el cine nacional, hasta el punto de que casi todas las películas españolas que se estrenaban eran invariablemente “obras maestras”.

Si nos olvidamos del habitual tono admonitorio y generalizador, es probable que, como a la famosa criatura de Iriarte, a Marías le haya sonado la flauta. Con los necesarios matices, no hay duda de que una cierta tendencia de la crítica española ha sido la de saludar triunfalmente gran parte del producto patrio. Sería muy cansino hacer un inventario de todos los estrenos españoles que en las últimas décadas han recibido halagos pindáricos por parte de prensa generalista y especializada. Estoy convencido, empero, que el volumen de cine supuestamente “importante” que hallaríamos en dicho inventario sería abrumador, tanto o más que la pobre repercusión que ese cine ha tenido posteriormente.

Ya sea por ánimos nacionalistas o chovinistas, por entusiasmos cerriles y retroalimentados, por consignas endogámicas o por paternalismo, como aventura Javier Marías, cada temporada encontramos en nuestra cartelera una(s) película(s) must, los estrenos que no nos podemos perder. Además de Pieles de Eduardo Casanova, saludada con vítores entre los críticos de grandes medios, tenemos delante una más, Verano 1993 de Carla Simón.

Tras su buena recepción en el Festival de Berlín (dentro de una sección menor), Verano 1993 comenzó a llamar la atención de la crítica nacional. La escasez de participación española en festivales de gran tonelaje como la Berlinale, junto a la general acogida positiva, comenzaron a hacer rodar la bola de nieve. Lo que en el extranjero supuso un moderado aplauso, dentro de nuestras fronteras ha devenido un aleluya colectivo. Premios en Málaga, triunfo en los Feroz y críticas que saludan a la ópera prima de Carla Simón como “una de las películas españolas más importantes en lo que va de año” o “la digna sucesora de El espíritu de la colmenaCría cuervos” (¡toma ya!).

Ahora bien, más allá de la escalada ditirámbica: ¿qué tal está la película? Nos encontramos, en primer lugar, con un producto que es difícil que desagrade a nadie. Su fórmula, infancia+verano+inocencia perdida, ya ha resultado de probada eficacia. Tampoco la forma en que se presenta el relato generará deserciones: naturalismo, observación paciente, uso del sobreentendido y la elipsis, narración mesurada, como en sordina. Vale. Por ahora, nada nuevo.

Entre los puntos positivos de Verano 1993: no estamos ante un filme amable ni condescendiente. Muchas situaciones transpiran dolor, incomodidad, desarraigo. No es una “película cuqui con niños”, quizás por tratar la presencia e irrupción de la muerte y la soledad en un universo supuestamente inmaculado. El origen autobiográfico de Verano 1993 seguramente coopere en la sensación de visceralidad y el poso de amargura que permanecen tras el visionado.

Sin embargo, lamento que, partiendo de vivencias tan intensas, Carla Simón haya decidido ofrecérnoslas en un envoltorio tan consabido. La elección de una estética naturalista supone tanto una jugada sobre seguro como una depreciación del material de partida. Me explico. La película es consecuente con su apuesta y logra un perfecto dominio del registro realista por el que opta. El punto de vista de las niñas protagonistas se respeta y la narración fluye sin estridencias ni trampas con el respetable. El problema está en el conjunto de la propuesta.

Aquí entra mi segunda cita. Proviene de una acotación de Hamelin (2005), obra del dramaturgo contemporáneo Juan Mayorga.

“Hamelin”, cuadro siete. Escena del niño. En teatro, el niño es un problema. Los niños casi nunca saben actuar. Y si actúan bien, el público atiende a eso, a lo bien que actúa el niño.

En teatro y en cine, podríamos añadir. El punto fuerte de Verano 1993 reside, claro, en la actuación de las pequeñas protagonistas, pero ahí está también su talón de Aquiles. El que esto escribe no podía dejar de pensar en la estupenda labor interpretativa de niñas de tan corta edad mientras asistía a una película que pretendía otra cosa: hacer olvidar cómo está hecha para centrarse lo que cuenta.

La elección de una estética naturalista, a estas alturas, debería comportar una toma de postura sobre las consecuencias de dicha estética. Más aún cuando la temática abordada ya ha sido objeto de relevantes aproximaciones, como las ya citadas El espíritu de la colmena (1973)Cría cuervos (1977), películas de dispositivo considerablemente más sofisticado y consciente.

Lejos de mi intención está cargar contra el trabajo, muy meritorio, de interpretación y puesta en escena orquestado por Carla Simón. Lamento, no obstante, que tanto esfuerzo se haya encaminado hacia una estrategia formal que devalúa el rico material de partida. Verano 1993 es, en suma, una película que no solo nace convencional y desprovista de grandes riesgos, sino además bastante más anticuada de lo que nos quieren vender.

No por ello es un mal filme. Las sensaciones agridulces que otorga su visionado se agradecen. Los espectadores que no quieran montarse los castillos mentales que acaban de leer, pueden adquirir tranquilos su entrada con la seguridad de que contemplarán una película por encima de la media. Lo que sería preferible es que el grueso de la crítica española no venda gato por liebre, rebaje los ánimos y sea algo más cauta y humilde en el reparto de elogios. Para cerrar, citando al gran Sciascia: “A cada uno lo suyo”.

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