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Estreno

El polémico director recurre a sus arquetipos más familiares. Y nos gustaWoody Allen: la tragicómica levedad del ser

El director neoyorquino vuelve con ‘Café Society’, una elegante y melancólica comedia romántica.

Vuelve Woody Allen otro año más, como no lo hacía desde años atrás. Retorna con la que quizás sea su mejor película desde Match Point (2005), a pesar de habernos obsequiado por el camino con unas cuantas obras bien meritorias –Si la cosa funciona (2009), Conocerás al hombre de tus sueños (2010), Midnight in Paris (2011), Blue Jasmine (2013)–, y tantas otras bien entretenidas. Porque las cosas como son, incluso cuando el director neoyorkino vuela bajo, a punto del accidente, todavía planea por encima de la mayoría de estrenos que pueblan las marquesinas actuales. Y en esta ocasión, aun siguiendo la línea del enredo ligero a la que nos tiene acostumbrados en los últimos tiempos, ha conseguido elevarse bien alto. Hasta tocarnos.

Ambientada en los años 30, Café Society sigue las desventuras románticas de un joven judío del Bronx (Jesse Eisenberg) que viaja a Los Ángeles en busca de un oficio festivo junto a su tío (Steve Carell), para terminar encontrando un amor (Kristen Stewart) solo en parte correspondido. Porque a pesar de que entre ambos surge una bella relación, ella tiene otro affaire que le colma el corazón. Ingredientes tópicos para una comedia romántica encantadora, abiertamente melancólica y agudamente divertida, en buena medida por la presencia de un acertado elenco de actores que el director pone al servicio de algunos de sus arquetipos más familiares, desde un hermano con inclinaciones gansteriles (Corey Stoll), con pocos escrúpulos si bien mucho carisma, a un cuñado de tendencias izquierdosas, con muchos ideales si bien pocas agallas (Stephen Kunken), pasando por una hermana muy sensata (Sari Lennick), unos padres nada discretos (Jeannie Berlin y Ken Stott) y una mujer innegablemente encantadora (Blake Lively). Todos ellos liderados por una Stewart que desborda encanto y un Eisenberg de contagiosa simpatía, que demuestra una fina vis cómica, si bien más efectiva en el detalle que en el exceso.

A pesar de su innegable sencillez formal, resulta visualmente más sofisticada de lo habitual, merced al trabajo del mítico director de fotografía italiano Vittorio Storaro (Apocalypse NowReds, El último emperador), que consigue barnizar sus imágenes con una preciosa luz áurea, centelleante, y mover sus composiciones con una elegante fluidez expresiva. A lo que se une la ya algo enflaquecida voz en off del propio Allen, que hace las veces de narrador de una historia cuyo ritmo en ocasiones flaquea, pero cuyo guion nunca titubea. Porque, a pesar de su aparente ligereza, la película consigue retratar con sensibilidad las complejidades del deseo y la intrincada geometría del amor, ese cuadro de trayectorias esquivas y triángulos irresolubles que dan color a la vida a golpe de arrebatos y desengaños. Todo ello para conformar una triste historia de desamor, en definitiva, a través de la cual Allen explora con fluidez jazzística la intrínseca levedad del ser, a su modo de ver mucho más tragicómica que insoportable. “La vida”, nos avisa uno de los personajes, “es una comedia escrita por un humorista sádico”.

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