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El hotel reabrirá a primeros de febrero. Conviene ir reservando mesa en Zaranda y Olivera.Castell Son Claret o la limonada perfecta

Ahora que a su restaurante Zaranda le han concedido la segunda estrella Michelin, volver está más que justificado.

De un cinco estrellas cabe esperar que todo resulte impecable. Si además el establecimiento pertenece al grupo The Leading Hotels of the World, uno sabe que se va a encontrar con algo más, algo fuera de lo común.

Tras un vuelo desde Madrid y un traslado desde el aeropuerto de Palma que no superan en total las dos horas, aparecemos como por arte de magia en la sierra mallorquina de Tramontana, un trocito de patrimonio de la humanidad rodeado de olivos, pino mediterráneo, almendros y lavanda. En medio de este paraíso se encuentra Castell Son Claret. Con cierto aire de despiste y fascinación debido al súbito y espectacular cambio de escenario, tomamos el vaso de limonada que alguien nos ofrece a nuestra llegada. Los limones ecológicos de la finca, una espuma densa que nos acaricia los labios a la temperatura exacta, la hoja de hierbabuena aromática recién cortada, el punto dulce justo: todo se confabula para que el instante sea perfecto y el mundo también nos lo parezca, aquí y ahora. A veces lo extraordinario llega en forma de limonada perfecta.

El lujo que realmente valoramos es inmaterial. Como el silencio que reina en Castell Son Claret las 24 horas del día y de la noche, roto sólo por un trino suave y acompasado, por un croar de una rana en el estanque. Y como el espacio, 132 hectáreas de naturaleza virgen en medio del paraje natural de la Sierra de Tramontana, muy cerca del precioso pueblecito de Es Capdellá. Inmaterial es el arte de la hospitalidad con la que nos reciben en Castell Son Claret. Lo es también el perfume de las rosas en el jardín. Y la música, que nos llega desde Salzburgo o desde la Scala de Milán durante los conciertos de verano, al aire libre. Inmaterial es también la esencia de este lugar, transmitida por una arquitectura y un paisajismo genuinamente mallorquines.

La llegada a Castell Son Claret produce un efecto especial, una sensación de armonía: el camino de más de 100 metros de largo en perfecta simetría, flanqueado por palmeras y rosales, desemboca en los jardines repletos de frutales y grandes mazos de flores. En el centro, un canal de agua en terraza, a la manera árabe, y al fondo, enmarcada, la finca mallorquina del XVIII con sus dos torres gemelas, completan la imagen más idílica.

Los actuales propietarios de Castell Son Claret son el matrimonio Klaus-Michael y Christine Kühne, del imperio alemán de la logística. Son ellos los que han restaurado las diferentes dependencias rurales de esta finca de 1770 que ahora alojan 38 habitaciones, las más pequeñas de 16m2, las suites más espaciosas de 140m2. Su huella germánica, rigurosa, se percibe por todos los rincones: la decoración es elegantemente sobria y conservadora, en tonos marrones, caramelo y crudos; los materiales (maderas, aluminio, cuero) son nobles y discretos, de una masculinidad atemporal; los baños son la quintaesencia de la funcionalidad unida a la máxima comodidad. Los suelos hidráulicos originales y las obras de arte de artistas mallorquines nos recuerdan que estamos en Mallorca. Como los sombreros y los cestos de paja con bonitas toallas color turquesa para llevar a la piscina.

En la gastronomía es donde Castell Son Claret despunta por encima de todo. Estemos o no hospedados en el hotel, su oferta gastronómica no nos la podemos perder. Ya tuvimos ocasión de hablar con pasión del restaurante Zaranda, capitaneado por Fernando Pérez Arellano. Ahora, la guía Michelin acaba de concederle la segunda y merecidísima estrella. Como de esta extraordinaria experiencia ya está todo dicho, hoy nos vamos a centrar en el segundo restaurante de la casa, Olivera, gestionado también por el fantástico equipo que forman Fernando e Itziar.

Olivera está abierto a mediodía y por la noche, y tiene muchísimo éxito entre los habitantes de Mallorca. Incluso muchos ciclistas que entrenan en la isla eligen parar aquí a reponer fuerzas. Con buen tiempo, comer o cenar en su terraza es de lo más agradable. La carta a mediodía sugiere platos ligeros para picar también en la piscina: una burrata hecha en casa con leche de vaca menorquina, la mejor del mundo, acompañada de una ensalada “caponata” de berenjenas, una auténtica delicia. O unos pergaminos de gambas de la isla con dips de mango y jengibre. Los aperitivos combinan sabores mediterráneos del norte y del sur, con exquisiteces como la muhammara, una pasta siria parecida a la harissa, kefta y falafel con humus, alioli con azafrán y satziki. Hasta la mezcla de especias ras al hanut se hace en casa.

Pero Olivera ofrece también platos tradicionales contundentes, elaborados con una materia prima y una técnica insuperables. Es difícil mejorar la paletilla de cordero lechal asada al estilo marroquí, con pisto y bulgur, o el cochinillo confitado con piel crujiente y choucroute oriental, y no digamos el rib de buey Wagyu ahumado y glaseado donde la carne, tras veinte horas de preparación, se desprende limpiamente del hueso. Este plato se sirve con las mejores patatas bravas que hemos probado nunca, crujientes al máximo por fuera, delicadas y suaves por dentro, con el equilibrio perfecto de ajo y picante. Olivera es tan bueno que ni siquiera Zaranda consigue hacerle sombra. De eso se encarga el chef Javier Gardonio que lleva 9 años con Fernando Pérez Arellano detrás de los fogones de Zaranda y Olivera.

Cómo no, también nos apuntamos a probar alguno de los combinados y cócteles que prepara Roberto, el barman italiano. Merece la pena echar un vistazo a las botellas expuestas en la barra que ocupa la antigua capilla del castillo: algunas son auténticas rarezas de coleccionista.

Tampoco deberíamos perdernos la experiencia del Spa, abierto a no residentes. Si estamos alojados en el hotel, el masaje de bienvenida nos hará desear más.

Son infinitos los detalles que marcan la diferencia en Castell Son Claret: el magnífico desayuno a base de pan recién hecho en casa, con el mejor aceite y el mejor tomate o acompañado de unas mermeladas extraordinarias; las amenities de Ren, los esponjosos albornoces y las preciosas vistas desde el baño; el jardín particular de la Casa 3, donde se ubican las suites 301, 302 y 303; la pista de 7km para salir a correr en pleno campo; la planta de aloe vera en la repisa del baño que nos aplacará el exceso de sol en la piel; esa relación de casi 1:1 entre número de huéspedes y el personal que hace que la atención sea excepcional en todo momento.

Y la mantita de Haeckel Haus Co. para Castell Son Claret
Comenzamos con la limonada perfecta y terminamos con una mantita. Aunque la lana sea materia, hay mucho de etéreo en estas mantitas amorosas, exclusivas y numeradas. Diseñadas por un huésped de Castell Son Claret que colabora con la maison Hermès, se inspiran en las baldosas que decoran los suelos de la biblioteca, el bar, la recepción. Con ellas nos cubrimos en las noches frescas de primavera y verano, cuando Zaranda y Olivera se esparcen por el patio de Sa Clastra y las terrazas de Castell Son Claret.

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