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El arquitecto José Carlos Cruz construye el primer hotel con revestimiento de corchoEcork Hotel

Un hotel recubierto de corcho para aislarse en mitad del campo alentejano.

Vamos a ser sinceros: nada más poner un pie en el Ecork, un hotel situado muy cerca de la ciudad de Évora en el Alentejo portugués, nos preguntamos si al arquitecto no le habrá dado un ataque de agarofobia. ¿Por qué irse al campo para luego encerrarse entre cuatro paredes? Sí, ya lo sabemos: a veces la primera impresión es engañosa.

Y esta es nuestra primera impresión: entre campos de alcornoques y olivos, divisamos desde la distancia un volumen monolítico revestido de corcho marrón acompañado de varias filas de cubos blancos. Se aparca bajo los alcornoques y ahí decimos adiós a la naturaleza: entramos por una abertura en la pared de corcho, enfilamos por un pasillo serpenteante que nos recuerda a las esculturas de Richard Serra en el Guggenheim de Bilbao, y desembocamos en una sala amplia que mira hacia un patio interior blanco.

Uno supone que un hotel de campo miraría al campo, se abriría al exterior a través de ventanas, porches y patios, que abrazaría la naturaleza circundante. Pues no: en el Ecork, tanto en el edificio principal como en los bungalows en forma de cubos blancos, todo mira hacia adentro. Y hacia el cielo. Y aquí es cuando nuestra primera impresión muta y empezamos a sentir. Y a comprender.

Es al atardecer y por la noche, bajo la inmensidad del cielo rosado, índigo y cuajado de estrellas más tarde, cuando la arquitectura de José Carlos Cruz adquiere pleno sentido. Inspirándose en las aldeas medievales alentejanas, donde el edificio principal, el castillo, se rodeaba de las casas blancas típicas de la región, y en la arquitectura tradicional árabe, Cruz ha creado un volumen con revestimiento prácticamente ininterrumpido de corcho, roto sólo por pequeñas aberturas en forma de ventana, y una serie de cubos blancos, las habitaciones, que asoman a un patio particular e íntimo, rodeado de paredes blancas que permiten mirar sin ser vistos, a través del efecto celosía. El resultado es una invitación a la introspección y a alzar la vista al cielo, cual monje cisterciense. Si uno se abre y permite que le invada el silencio, su estancia en el Ecork será memorable.

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