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1300 antigüedades desde el siglo I hasta el XXHacienda de Abajo, un museo habitable

El hotel posee la mayor colección de arte de la isla de La Palma

Al principio cuesta dejar el bolso sobre una mesa taraceada del siglo XVIII, o sentarse en un sofá del XIX, o sentirse observado por un monje retratado hace cuatrocientos años… Pero uno se acostumbra rápidamente, y pocos minutos después de entrar en el hotel Hacienda de Abajo ya no quiere más que quedarse allí para siempre.

La isla de La Palma fue un centro de negocios importantísimo en el siglo XVI. Poco después de su conquista para el reino de Castilla, se dieron cuenta de que aquí la caña de azúcar se daba de maravilla y que nos la pagaban en Flandes a precio de oro. Cuando la recién descubierta América empezó a competir en el negocio, La Palma se pasó al cultivo del vino, que los ingleses compraban a espuertas. Luego se dedicó al tabaco, a la producción de seda, a la miel y a la cochinilla, que entonces no se consideraba un bicho infecto, sino un «preciado fruto».

En La Palma todo se daba bien, así que pronto fue el meeting point de Europa y América, uno de los puertos más importantes del mundo para el comercio, parada obligatoria en las idas y venidas entre el viejo y el nuevo mundo. Flamencos, franceses, portugueses, italianos, ingleses y españoles se detenían aquí a hacer sus business en esa época en que nuestro país se merecía el nombre de imperio español.

En esta isla próspera, la Hacienda de Abajo nació como un ingenio que ocupaba desde la costa del océano en Tazacorte hasta la Caldera de Taburiente, incluida, de donde bajaban las aguas para el riego. Entre sus primeros propietarios figuraron los banqueros alemanes del emperador Carlos V, unas gentes tan nobles y tan ricas que en un momento dado del siglo XVI enviaron a La Palma un cargamento de pinturas y esculturas flamencas y otras obras de arte que hoy están en las habitaciones de este hotel que se llama como entonces.

Los herederos de la propiedad

La Hacienda de Abajo siguió siendo importante en el siglo XVII, pero después se fue deteriorando y quedó deshabitada durante muchísimos años. Se venía abajo, y la familia, apenada, tuvo la idea, que agradecemos, de recuperar la vivienda para construir un hotel en el que preservar no solo el continente, sino también el contenido.

Enrique Luis Larroque del Castillo-Olivares es, como se puede imaginar con esos apellidos, uno de los herederos. Si anda por la casa, mostrará todo lo que posee a quien quiera verlo, contará su historia con prodigiosa memoria y envidiable erudición, e invitará a los huéspedes a probar un sillón del XVIII, acodarse en una mesa del XIX o mirarse en un espejo azogado hace un par de siglos.

«Nos preocupaba la pérdida de este patrimonio —dice—. Hay casas y palacios que rehabilitan su fachada, pero su mobiliario lo compran anticuarios y se lo llevan a otros lugares del mundo. Nosotros queríamos conservarlo todo aquí. La gente debe saber que existen muebles antiguos, únicos, duraderos… que cuestan menos que los de Ikea. No hay que perderlos. Cambiar el contenido de un edificio es quitarle una parte importante de su alma».

Como es de suponer, costó mucho adecuar una hacienda del XVII, con todo lo que tenía dentro, a los estándares de seguridad y sanidad de hoy. Y la Administración no se lo puso fácil. Pero desde 2012 la Hacienda de Abajo es un moderno hotel con todas las ventajas del presente y el encanto del pasado. Una cama con baldaquino de hace 200 años, a la que hay que subirse con ayuda de un peldaño, tiene luego el mejor de los colchones ecológicos y el más rico de los algodones en las sábanas.

La colección Hacienda de Abajo

El señor Larroque del Castillo-Olivares, al que llamaremos Enrique para abreviar, es el tipo más optimista y entusiasta que uno puede encontrarse. Agradece enormemente que a la gente le enamore su hotel, algo que no tiene ningún mérito, y siempre está dispuesto a mostrar su colección de antigüedades.

El hotel Hacienda de Abajo es una casona rectangular de alto y bajo, con una galería que da al sur, desde la que se ven los platanales de intenso verde junto al mar azulísimo de La Palma. En el centro está el jardín principal. Cada una de las 32 habitaciones es completamente diferente, no solo por su arquitectura, que también, sino por el mobiliario exclusivo, las pinturas, los tapices… El más grande de los dormitorios mide 74 m². Los hay de todos los estilos. Y todos con pinturas, con porcelanas, con bargueños… y sí, también con pantallas planas de televisión.

Cada rincón tiene algo especial. En la terraza, una mesa de mármol del XIX traída de Italia y un banco de la época de Carlos II. En la escalera, varios cuadros pintados por Vicente López, pinturas de Valdés Leal, un dulce retrato de Palmaroli… En el rellano, un bargueño mallorquín del XVIII con delicadas miniaturas pintadas sobre piececitas de cristal. En las habitaciones hay obras del taller de Van Dick, de discípulos de Rubens, grabados flamencos de la mejor época… En la sala de lectura, un autorretrato de Federico de Madrazo y una chaise-longue memorable. En el hall, una mesa de la Real Fábrica de Marquetería de Barcelona. Aquí y allá, lámparas de La Granja del XIX, abanicos chinos, piezas de esmalte, plata y porcelana, arcas de viaje, tallas religiosas…

El hotel tiene 1300 antigüedades, la más remota es una figura grecorromana del siglo I, aunque la mayoría son del XVIII. Todo esto da mucho trabajo. Por eso hay un conservador de la colección trabajando permanentemente. «El arte es la expresión más importante del ser humano, y no solo contribuye a nuestra cultura, sino también a nuestra economía —dice Enrique—. Antes, Tazacorte era un sitio de paso; ahora, gracias al hotel, es un destino. En un lugar tan pequeño, ya hay dos galerías de arte».

El jardín, otra joya

El patrimonio artístico del hotel Hacienda de Abajo se completa con otro patrimonio, el natural. El jardín interior, recuperado tal como estuvo en el siglo XVII, con especies autóctonas y otras traídas de México, Perú, Nueva Zelanda, Australia, Filipinas, Sudáfrica… se alimenta con el primitivo sistema de riego de lluvia y nieve canalizada desde la Caldera de Taburiente. Hay miles de flores y plantas exóticas. Un gigantesco árbol de la papaya suelta con un chof sus frutos de tarde en tarde.

Las familias adineradas siempre tienen mucho que agradecer a Dios, así que en esta hacienda existía y existe una capilla en medio del jardín. Los actuales propietarios la tienen dedicada a albergar maravillas: una tabla flamenca del XV, una talla de la Virgen del XVII, un altar del mismo siglo, un tapiz flamenco del XVIII, unas valiosas porcelanas del XIX, un Cristo de marfil hispanofilipino… Hoy se utiliza como centro de promoción cultural, donde se han celebrado recitales de música barroca, entre otras actividades exquisitas.

Por fuera de la capilla, para que no se diga que su afición por el arte se ha quedado estancada en el pasado, hay un mural de Sabotaje al montaje, o lo que es lo mismo, del artista grafitero del siglo XXI Matías Mata.

En medio de su jardín central se escucha el glu glú de un pequeño estanque, también lleno de vida vegetal, y con algunos pececillos de colores. La piscina, en contra de lo habitual, es bonita, rodeada igualmente de vegetación.

La Palma fue en el pasado lugar de aclimatación de plantas de todo el mundo y su fértil terreno siempre ha sido bien explotado. El banano, procedente de Asia, salió desde aquí hacia América en 1516. Con esta tradición, la Hacienda de Abajo continúa cercada hasta el mar por frondosas plataneras, donde sus propietarios cultivan, además de huéspedes, plátanos ecológicos que exportan a Suiza.

Con mucho color

El colorido de este hotel no se debe solo a la alegría que transmite Enrique, sino al deseo de recuperar los tonos alegres que llegaron a La Palma entre los siglos XVI al XVIII procedentes de México, Filipinas, Perú, China, Japón… Hay una gama cromática realmente atrevida.

El restaurante tiene una terraza atestada de hibiscus, una zona relajada para tapear, desayunar o tomar una copa, y también un gran comedor con magníficas vistas. Se sirven productos de la tierra, a ser posible ecológicos. El chef es andaluz, formado en China, Jamaica y Malta. La idea en la mesa es la misma que rige en el resto de la propiedad, dice Enrique: «Unir la elegancia europea con el exotismo atlántico». En la Hacienda de Abajo hay un servicio acorde con el decorado, a la antigua: en cuanto el cliente piensa que necesita algo, surge alguien para ofrecérselo.

Aquí hay huéspedes que han venido 12 y 13 veces. Es gente de todo el mundo, respetuosa, que ama la cultura, el arte, la naturaleza, el silencio y también que La Palma no es un destino turístico. Nosotros lo hemos conocido gracias a A. Lange & Söhne, la marca alemana de relojes de lujo y precisión, que nos ha brindado la experiencia de disfrutarlo.

Mucha gente que no está alojada en el hotel viene al restaurante y pide ver la colección. Siempre están dispuestos a mostrarla, conscientes de que el mayor patrimonio artístico de la isla no se encuentra en un museo, sino en la Hacienda de Abajo.

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