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Hotel Claris (Barcelona)

Este cinco estrellas, que mezcla diseño y tradición con maestría, es una excelente opción para alojarse en la ciudad catalana.

Siempre lo decimos, que nos gusta el nivel de los hoteles de Barcelona, porque a través de ellos se proyecta, de verdad, como esa ciudad internacional a la que unos pocos, ahora ayudados por los cruceros con turistas de pantalón corto, pretenden ‘paletizar’. Difícil tarea si la visita se hace desde el Hotel Claris, sin duda uno de los mejores establecimientos de la ciudad condal.

Y lo es por el emplazamiento de este 5 estrellas de la cadena Derbyhotels Collection. Construido sobre el que fuera Palacio Verdruna del siglo XVIII, se ha conservado el armazón, y sobre él se levanta el hotel. En pleno corazón del Eixample, el Hotel Claris está a mano de todo, de la visita turística con Gaudí como motivo, o de las compras de lujo en las tiendas del Passeig de Gràcia.

A destacar, cómo no, su ecléctica decoración, que mezcla con mucho atrevimiento pero con acierto parte de la colección de arte del propietario, el conocido egiptólogo Jordi Clos. Así, en una misma habitación uno puede encontrarse con antigüedades del XVIII en el mobiliario o en los cuadros, con hallazgos arqueológicos, con obras precolombinas y con alguna alfombra con más de dos siglos conviviendo en armonía gracias, todo hay que decirlo, a que el contenedor es moderno, fácil de asimilar y absolutamente confortable. Nos gustan las habitaciones dúplex, que dan una dimensión de mini apartamento muy valorada por los que se sienten agobiados con una sola estancia. Nos gusta la 204 si uno puede permitírsela. La cama, estupenda; como lo es el baño, fácil de manejar a pesar de la moderna grifería. Para los que buscan el silencio total de la noche, recomendamos las habitaciones interiores.

De agradecer, también, la excelente calidad del servicio; discreto pero eficaz, que está cuando se le necesita y se hace invisible cuando uno desea sentirse libre, como se sentiría en casa propia. En pleno proceso de remodelación, la zona destinada al desayuno pide un cambio, que comenzará a ejecutarse en breve; será bienvenido por necesario.

El hotel guarda en la azotea uno de sus mejores secretos: la piscina exterior en la que, por su amplitud, se puede nadar holgadamente  y un restaurante-terraza con vistas panorámicas de la ciudad que desde la primavera hasta bien entrado el otoño es el centro de reunión de exquisitos viajeros y hedonistas locales.

Sobran las razones para repetir visita, y para recomendar este establecimiento que, aunque hecho a la medida del propietario, abre las puertas como casa particular que también es museo para disfrute y deleite de todo viajero, que no turista, con buen gusto.

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