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En Paris, cercano al LouvreLas confortables zapatillas del Hotel Nolinski

Abierto hace menos de un año, el establecimiento es la combinación de clasicismo y modernidad

En la avenue de l’Opéra, a caballo entre el Museo del Louvre y el palacio Garnier, existe desde julio de 2016 un hotel del que se está hablando cada vez más el Hotel Nolinski. Buque insignia de un grupo, Evok Hôtels Collection, este cinco estrellas de 45 habitaciones y suites es una de las opciones más novedosas al aterrizar en la capital francesa. Si bien su diseño cautiva desde el momento que se ponen los pies en él, lo mejor es descalzarse y probar sus increíbles zapatillas. No hace falta dormir en el Nolinski para descubrirlas. Basta con pedir cita en el SPA, para probar uno de sus masajes, y disfrutar posteriormente de su piscina.

Primera vez que escribo de algo para muchos anodino o de escasa importancia, zapatillas de cortesía: hay pocos que les prestan atención, aunque prácticamente todos las utilizamos durante nuestra estancia, así como cuando abandonamos el establecimiento. Forman parte de los amenities, como jabones, cremas de cuerpo y champúes que el cliente, además de hacer uso de ellos, se puede llevar consigo.

Las descubro gracias a una cita para probar uno de sus masajes, a cargo del más que profesional Lucas Sadej. Me aguardan en el vestuario. En un algodón que recuerda al terciopelo, en color gris, con el logotipo del Nolinski bordado en letras doradas, abiertas por detrás –a lo slippers de Gucci, pero más abrigadas–, con suela de grueso plástico blanco y bien acolchadas. Además, en tres tamaños: mujer, hombre y niño. Con ellas, parecería como si me desplazara sobre tapices de la Real Fábrica, pero sumamente ligeros. Y encima me hacen más alto. “El tema de las zapatillas, fue una decisión personal de Emmanuel Sauvage, director general del Grupo”, me explica Élodie Le Cain, responsable de la Recepción. Excelente decisión, que muchos establecimientos hoteleros no debieran pasar por alto.

Es verdad que la mayoría de las zapatillas que encontramos en los hoteles, además de abiertas por delante y por detrás, son blancas, en tejido fino, bastante mediocre y que una vez utilizadas, parecen viejas. Además, es costumbre de los establecimientos hoteleros, en lugar de lavarlas, el desecharlas –esperemos que al reciclaje de ropa, aunque no siempre es el caso–. Tengo por costumbre traerlas a casa conmigo –las que utilizo, por supuesto– y darles varios meses de vida. Luego, obviamente bien limpias, van a parar al reciclaje.

A menudo, mientras me paseo por casa con ellas, con las del Nolinski, las mejores de hotel que hasta el momento descubrí, o ahora, cuando escribo este artículo con ellas, me viene a la cabeza el libro Balzac en pantoufles (Balzac en zapatillas), de Léon Gozlan, obra que poseo –lamentablemente en la versión en español, por eso de que para un francófono no hay pena más grande–. Y es que me siento como un pequeño (pero delgado) Honoré, aquél que amaba un lujo tan simple como un buen perfume de Guerlain.

No deseo acabar esta loa a tan sencillo pero a la vez necesario complemento, con una anécdota: en el hotel que nos ocupa me enteré que hace no mucho y durante su estancia, un cliente pedía a la señora de la limpieza cada vez que la veía, un par de zapatillas. Así, en repetidas ocasiones. Antes de su partida, descubrieron que contaba con ¡15 pares en su poder! Nada de abusos. Si se hospedan, pueden marcharse con el par de zapatillas. Si no, las pueden encargar al Nolinski, que por menos de 20 euros las hará llegar a su hogar, para que sigan disfrutando en él de su inigualable confort.

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