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Hotel Memmo Alfama. Lisboa

Este hotel es el punto de partida perfecto para explorar el barrio más castizo de Lisboa.

Al pobre tranvía 28 le han colgado el sambenito de ser el único sitio en Lisboa donde uno corre el riesgo de que le roben. A fuerza de repetirlo y de advertir a los turistas que se anden con ojo y se agarren al bolso, los cacos han debido pensar que mejor se mudan a otro sitio. Lisboa es la capital más tranquila, amable y segura del mundo.

Ese mítico tranvía 28 es el que nos lleva hasta nuestro hotel, el Memmo Alfama. Nada más pasar la Sé, la Catedral de Lisboa, y antes de alcanzar el mirador de Santa Lucía y el Castillo de San Jorge, un callejón a la derecha, que acaba en un cul de sac, señala el camino al hotel.
Estamos en pleno barrio de Alfama, antiguo barrio de pescadores, el más castizo de Lisboa, y se nota: las puertas de las casas permanecen abiertas todo el día y la charla de la gente, reunida en torno a la mesa del comedor, se cuela al exterior; junto al hotel Memmo, puerta con puerta, un vecino se instala por las mañanas en su silla, en plena calle, y su perrito se dedica a ladrar a los huéspedes del hotel cada vez que entran y salen. Nos sorprende, camuflado en una pared desconchada, una obra del artista conceptual Vhils.

El Memmo, aparte de gozar de unas vistas inmensas sobre Alfama y el Tajo, tiene una gran cualidad: hace que nos sintamos en casa. Hasta la música parece que la hemos elegido nosotros.
Descubrimos rincones que acabamos haciendo nuestros: unas tumbonas al sol junto a las habitaciones de la planta baja, una chaise longue bajo la sombrilla junto a la piscina, los sofás en la zona chill-out del piso superior, más apartados e íntimos, la minúscula sala de lectura con techo abovedado, o la enorme mesa de madera donde nos instalamos a escribir. Nuestros vecinos: nórdicos, franceses, alemanes, holandeses.
Las 42 habitaciones del hotel, con suelos de piedra o tablones anchos de madera perfectos para andar descalzos, tienen todas el común denominador de la suavidad. Suaves los tonos, los materiales, suave la ropa de cama de algodón egipcio, las mantitas de Teixidors
No hay duda de que en el Memmo conocen el oficio y dominan el arte de recibir del pueblo portugués. Memmo Alfama es el hermano pequeño del Memmo Baleeira, el primer hotel que abrió su propietario, Rodrigo Machaz, en Sagres. La arquitectura y el diseño interior a cargo de Samuel Torres de Carvalho, que respeta escrupulosamente la fachada original del XIX, aúna tradición y modernidad, y no encontramos ni un solo objeto en el hotel que desentone o pretenda imponerse. Nos encanta el guiño al pasado en forma de puerta azul levemente oxidada junto al muro de piedra de camino a nuestro habitación. Nos toparemos constantemente a lo largo de nuestro recorrido por Alfama y Lisboa con esta fórmula que los portugueses dominan con total soltura y naturalidad: preservar la tradición, adaptarse a los tiempos sin copiar.

Se nota que Lisboa gusta y está de moda. Por las callejuelas empinadas del barrio de Alfama, donde los vecinos tienden la ropa en la calle y se reúnen a charlar a la puerta del colmado, impertérritos al paso de los turistas, se suceden las obras de rehabilitación de viviendas y edificios; las terrazas están a reventar y hemos contado hasta seis mega cruceros atracados al muelle de Alfama o fondeados en mitad del Tajo. Por favor, ¡que la ciudad no muera de éxito!
Al mediodía, cuando los grupos de turistas invadan las calles y los tranvías, quizá decidamos hacer una excursión a las playas salvajes y kilométricas de Costa da Caparica, a tiro de piedra de Lisboa. O quizá nos quedemos en el Memmo, dándonos un chapuzón en la encantadora y minúsula piscina con vistas.
Por la noche, después de cenar en Cerca Moura y de escuchar fado en Tasca do Chico, en Rua dos Remédios, cuando todos se hayan marchado, daremos un paseo mágico, callejeando, hasta el Castillo de San Jorge.
Lisboa es generosa y nos ha reservado lo mejor sólo para nosotros. Y además, nos hemos topado por la calle con Mariza. Con su permiso.

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