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Palacio Ramalhete, Lisboa

Es un antiguo palacio en la colina de Lapa, en Lisboa. Y nos transporta al pasado.

Al entrar en Palacio Ramalhete (Lisboa), una casa auténticamente pombalina (de la época en la que el Marqués de Pombal que reconstruyó la ciudad después del terremoto de 1755),  ya se presiente que se está adentrando en un espacio de otros tiempos; el portón verde carruaje que da a las antiguas caballerizas, ahora lobby del hotel, con esas lajas de piedra y esa escalera son señales inequívocas.

Efectivamente el Palacio Ramalhete es una casa que aparece en la obra de Eça de Queirós, Os Maias, en la Rua Janelas Verdes, enfrente del Museo de Arte Antiguo y en la falda de la colina de Lapa, todavía con embajadas y palacios, un remanso de paz dentro de Lisboa. El palacio sigue perteneciendo a la familia original, los Taborda, y lo gestionan un grupo internacional algo misterioso, así y también los decoradores.

El hotel no tiene ascensor, ni parking, pero compensa. Los azulejos del S.XVIII que nos reciben y nos acompañan por todas las estancias están impecablemente mantenidos y respetados. Los salones tienen vista del río Tajo y por el interior dan a un patio que nos recuerda a la arquitectura árabe, donde hay varias terracitas y una discretísima piscina climatizada, rodeada de palmeras, olivos, buganvillas, naranjos y limoneros. Como decía Pessoa el recinto es ‘un jardín al lado del mar’.

Las 12 espaciosas habitaciones tienen además de esa madera de roble original que cruje al caminar y los ya mencionados azulejos, un confort que respeta la pátina del tiempo y que invita a desaparecer del mundo, por la calidad de los muebles, las telas, los sofás, las camas, los baños… Nos sentimos mimados por el presente y transportados al pasado de un palacio cualquiera, como dirían en Lisboa.

Dentro se respira calidad y mucha portuguesidad en el color de las puertas y boiseries, en los terciopelos lisos de los sofás, el azul de Delft que hace que resalten los azulejos aún más…, pero uno diría que un espacio así también podría estar en un caserón en Flandes, o en la Haya, ese verde tan Vermeer, esas mesas auxiliares tan reconocibles, modelo de Axel Vervoost. Flores frescas color marfil por todas partes. Hay una influencia de otra cultura que nos hace recorrer mentalmente las rutas de las indias, pensar en los judíos portugueses que huyeron a Holanda en el XVII. Y nos gusta. Ni es ni un beguinage ni una casa de campo, pero tiene una rotundez y una austeridad cromática que no nos parece local y que da ligereza a las estancias.

Un detalle nos da la clave del misterio: las amenities son de Rituals, una marca holandesa. ¡Qué atrevimiento! eso no es nada portugués, aquí son de Castellbel, de Ach Brito o de Confiança, las marcas premium de cosmética de Portugal. Ante tal guiño el manager, el portugués Francisco Franco, me cuenta que entre los socios hay dos decoradores, uno holandés y otro alemán.

El resultado final no podría ser más conseguido y este túnel tan respetuoso del espacio, de las culturas y del tiempo se merece una visita.

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