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Royal Palm Marrakech, más allá de La Medina

Uno de los mejores hoteles de Marruecos es de la cadena Beachcomber Hotels. Sofisticación frente al Atlas.

El Royal Palm Marrakech es mucho más que un hotel de cinco estrellas. La última apertura de Beachcomber Hotels se acerca a Europa desde las costas de Mauricio y Seychelles en forma de sublime remanso de exclusividad bajo las cumbres del Atlas. Entrar en el extenso domaine que ocupa el complejo es trasladarse, en apenas unos minutos, del bullicio de una ciudad vibrante a la calma absoluta de un entorno natural incomparable.

Marruecos enamora. Y Marrakech lo hace aún más si cabe. En la ciudad roja convergen el lujoso exotismo de Las mil y una noches, el ajetreo de los vibrantes mercados locales bañados en cientos y cientos de especiados aromas, la paz de anaranjados atardeceres, el barullo nocturno de acróbatas, cuenta cuentos y encantadores de serpientes en la plaza de Yamaa el Fna… Pasear sus laberínticas calles es caminar sobre las páginas de la historia y las leyendas medievales, es emprender un viaje en el tiempo a apenas un par de horas de vuelo.

Cuando el sol cae y oscurece la medina, cuando las luces se apagan y se acalla el ritmo frenético de una larga jornada, hay un refugio que bien podría ser un destino en sí mismo, una realidad aparte, inspirada e integrada en el encanto marroquí pero aislada en un oasis de calma a doce kilómetros de la ciudad.

Royal Palm Marrakech abrió sus puertas hace escasamente un año y ya ha entrado en la lista de los mejores hoteles del mundo. No es un resort como otro cualquiera. El afán de la pequeña cadena mauriciana Beachcomber por crear rincones únicos tiene aquí, en su primera apuesta a las puertas de Europa, su máxima expresión.

Son 231 hectáreas de gran lujo, sí, de ese que no es ostentoso ni abigarrado, de ese que se percibe en el silencio, la discreción y el buen gusto en el corazón de un centenario olivar con vistas al Atlas, salpicado de palmeras, limoneros, almendros lavanda y romero.

El marco es tan incomparable como la arquitectura con la que se une y los detalles que lo componen. Las 134 suites y villas beben, como todo en el hotel, de la cultura bereber y su dominio de la luz natural, sus técnicas de aprovechamiento del agua y la sombra y su delicada artesanía, incorporando al mismo tiempo la más alta tecnología y las comodidades modernas. Su grandeza está en una sofisticada y confortable sencillez, esta sería la mejor forma de describirlo.

Desde el imponente vestíbulo, cuyas acristaladas paredes se abren a unas panorámicas inolvidables, hasta cada una de las habitaciones, a las que se accede a través de pequeños caminos rodeados del brillante reflejo de espléndidas piscinas en cascada, todo aquí es magnífico sin perder un ápice de calidez, de ese relax pleno que supone el sentirse como en casa. Ahí reside el verdadero lujo.

Despertar desayunando en la terraza con la vista perdida sobre un inmenso campo de golf que parece tocar las lejanas cordilleras, avivar los sentidos en el spa con cualquiera de los tratamientos firmados por Clarins, deleitarse con la cocina fresca y mediterránea de L’Olivier, con los sabores tradicionales actualizados de Le Caravane y su fastuosa bodega, con las raíces culinarias de Marruecos en Al Aïn… Son tantas las experiencias, tantos los ligados contrastes del Royal Palm que es en sí mismo un vivo retrato de la ciudad que le ha visto nacer y a la que homenajea en cada estancia.

Con ella se funde y se mezcla aún estando a kilómetros de distancia. Es la perfecta atalaya desde la que descubrirla y entenderla, poco a poco, como los sorbos más preciados. Es contemplar Marrakech como un refinado esenciero que solo guarda las mejores gotas.

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