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Pequeñas biografías con la garantía de Martín Casariego50 viajeros con las suelas al viento

Viajeros, eruditos y aventureros de todos los tiempos

Este libro cuenta las vidas de gente que ha hecho del viaje su profesión o su pasión. Con las suelas al viento recorre desde los primeros exploradores, que no sabían adónde iban porque el planeta entero estaba por descubrir, hasta los últimos aventureros del siglo XX, que partieron en busca de las pocas sorpresas que ya quedaban en el mundo.

Desde el principio de los tiempos ha habido algunas mujeres y muchos hombres con tendencia a la aventura. Con las suelas al viento empieza con los fenicios y sigue en orden cronológico por fecha de nacimiento hasta un total de 50 chalados que cambiaron la comodidad de su hogar por las penalidades. Unos buscaban la gloria y otros el elixir de la eterna juventud, hay quienes necesitaban huir y los hay que iban a regañadientes, pero sobre todo abundan esos a los que solo movía el cebo más venenoso que hay: la curiosidad.

La importancia de la escritura

Martín Casariego, el autor de Con las suelas al viento, hace hincapié en que lo que más interesa de los grandes viajeros de la historia es que hayan sido capaces de documentar sus viajes, de dejar por escrito sus experiencias y sus observaciones, tan valiosas para sus coetáneos y para los que hemos llegado después.Tenemos mucho que agradecer a la gente que abrió nuevas rutas comerciales y vías de comunicación, dibujó mapas en los que trazó ríos y montañas, descubrió y constató especies animales y vegetales, encontró islas y continentes…, pero sobre todo a quienes lo escribieron para contarlo.

Los viajeros de antes no despertaban la envidia de sus contemporáneos. Cuando regresaban para narrar lo que habían visto, a menudo se los creía mentirosos o, como pasa con los pescadores, un tanto exagerados. Eso le pasó a Marco Polo, «el mayor viajero de todos los tiempos y de todos los países», según Humboldt. En su caso sí se le fue la imaginación a veces, como cuando describe a los habitantes de la isla india de Angamán «con cabeza de perro y dientes y ojos como los de este animal», y para evitar las sonrisas de quienes no creían en los cinocéfalos, Marco Polo añadía: «Y no debéis dudar de esto que os digo, pues puedo aseguraros que sus cabezas son en todo similares a las de los más grandes mastines».

Después que Marco Polo, en 1304, nació en Tánger Ibn Battuta, el gran viajero musulmán que superó en kilómetros al anterior. Viajar cuando no existían aviones ni automóviles tenía mucho mérito, pero hacer 125 000 km y visitar casi 50 países en una época en la que cualquiera estaba dispuesto a descuartizarte por levantar una ceja era una verdadera heroicidad. Así que cuando Battuta llegó a casa, después de 30 años dando tumbos por el mundo, escribió que el suyo era «el mas bello de todos los países, donde uno siempre puede hallar fruta en abundancia, agua de manantial, alimentos nutritivos». Esa es la verdadera riqueza que no apreciamos cuando la tenemos.

Los viajeros de este libro son tan variados como lo somos todos. El viaje es lo único que tienen en común. De entre todos hay uno que cambió el mundo: Cristóbal Colón, de quien Martín Casariego dice que se engañó a sí mismo tanto como a todos los demás. A él le siguieron otros muchos, que da igual si fueron movidos por alcanzar la gloria, en busca de un remedio para su impotencia sexual, como Ponce de León, o para escapar de sus acreedores, como Núñez de Balboa.

Cuando viajar no era un placer

Los viajes de aquellos conquistadores fueron especialmente duros. La búsqueda de la fama, la avaricia y el deseo de lucro son buenos estímulos, aunque cabe imaginar que en el último momento muchos de ellos se preguntaron si había merecido la pena tanto empecinamiento. Hubo quien encontró la desgracia en el lugar de destino y hubo quien la llevaba puesta de casa, porque los motines a bordo podían ser el peor de los enemigos. No es fácil soportar el hambre, la sed, el miedo y, muchísimo menos, un compañero tan cruel como el escorbuto.

Entre los peores viajes está el de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, de cuyo relato dice Martín Casariego: «No sé si Naufragios es un libro de aventuras o, simplemente, de penalidades».

Para tragedias también está la de Hudson, que murió junto a su hijo, abandonado en una balsa a la deriva, sin agua, sin comida, sin ninguna oportunidad de sobrevivir en la bahía que hoy lleva su nombre. O la de Bering que en el primer viaje perdió a cinco de sus hijos y en el segundo se perdió él mismo por «el hambre, la sed, el frío, los parásitos y la pena». O la de James Cook, el viajero más ilustre, al que los hawaianos encumbraron a la categoría de dios una semana y a la siguiente pincharon su cabeza en un palo para dejar claro que estaban hartos de visitas.

Entre los tipos viajeros están también los que recorren el mundo por razones políticas, una especie de espías, como Ali Bey, que nos gusta porque en el siglo XVII fue capaz de recorrer Marruecos, Argelia, Libia, Egipto, Arabia, Jerusalén, Palestina, Siria, Turquía… sin que nadie notara que era de Reus.

En Con las suelas al viento no falta Humboldt, ese barón prusiano en cuyo pasaporte ponía: «Viaja para la adquisición de sabiduría», y que tanto hizo por el progreso de la geografía y la ciencia. Y el doctor Livingstone, otro hombre bueno; lástima que se cruzara con un canalla como Stanley, racista sin escrúpulos ni compasión.

Los viajeros del XIX también tuvieron disputas entre ellos por temas como si el Nilo nacía aquí o allá. Eso les pasó a Burton y Speke. Al final el primero tenía razón: la fuente estaba en el lago Victoria. Pero la historia no siempre es justa y fue incapaz de defenderlo ante el brillante sir Richard Francis Burton: se pegó un tiro antes del debate.

Las últimas expediciones

Otro género de rivalidad entre exploradores llegó con los polos, los últimos lugares de la tierra sin pisar a principios del siglo XX. La lucha por a ver quién llegaba antes dejó en el hielo a Scott y encumbró a Amundsen. Fueron expediciones terribles, algunas contadas, con razón, como El peor viaje del mundo.

Viajar ha sido siempre patrimonio de los hombres, pero no en exclusiva. En este libro se habla también de mujeres como Egeria, que en el siglo IV llegó desde Hispania a los lugares santos de la Biblia y lo narró para la posteridad; o lady Montagu, la esposa de un diplomático que nos deleitó con una interesante correspondencia a sus amigos aristócratas; Mary Kingsley y sus Viajes por África Occidental, llenos de descubrimientos antropológicos y geográficos, de quien Rudyard Kipling, otro viajero de segunda profesión, dijo que nunca había conocido a una mujer más valiente; Gertrude Bell, «la Hija del Desierto»; Freya Stark, que a los 84 años todavía fue capaz de hacer excursiones Himalaya arriba, y Alexandra David-Néel, que a los 100 años seguía renovando su pasaporte «por si acaso».

Con las suelas al viento

Este libro que publica La Línea del Horizonte podría ser una recopilación de vidas extraordinarias y proezas increíbles, lo que no sería poco, pero es mucho más. Martín Casariego es un magnífico escritor y cada pequeña historia se presenta como un relato breve, casi podríamos decir que con su exposición, nudo y desenlace. Desde el título que acompaña al nombre del ilustre viajero hasta el cierre de la semblanza, la descripción resulta interesante, redonda. El lenguaje sencillo, claro, efectivo y efectista de Casariego es perfecto para condensar cada biografía en un par de páginas.

Son 50 historias organizadas por orden de nacimiento de sus biografiados. Verlaine llamó a Rimbaud «el hombre de las suelas al viento»; Martín Casariego titula en su honor este libro tan bien contado de 50 aventureros. Podrían ser más y no nos cansaríamos. Su autor es garantía de buena escritura.

Título: Con las suelas al viento. Viajeros, eruditos y aventureros
Autor: Martín Casariego
Editorial: La línea del horizonte
Páginas: 176
P.V.P.: 18 €

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