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Alberto Manguel el el autor de ‘Una historia natural de la curiosidad’A. Manguel: “La sociedad solo quiere adiestrar peones”

Entrevistamos al autor canadiense residente en Francia.

Tras dar al mundo ‘Una historia de la lectura’ (Lumen), Alberto Manguel (Buenos Aires,1948), autor canadiense residente en Francia, volvió a sorprender al lector con ‘La biblioteca de noche’ (Alianza Editorial), un viaje por las grandes bibliotecas, su historia y su influencia.

Su creación incluye novela, crítica, antología, biografía y ensayo, y cuenta con premios como el Médicis. Estudioso de lo que ha significado el impulso de leer y de saber a través del tiempo, ahora nos entrega su última obra, Una historia natural de la curiosidad (Alianza Editorial), un recorrido por la búsqueda del conocimiento, con Dante como guía.

Una historia de la lectura, La biblioteca de noche… y ahora Una historia natural de la curiosidad. Su obra es, en gran medida, un recorrido por el saber, por el leer. ¿O ambas cosas –saber y leer– son lo mismo?
Ciertamente no son la misma cosa. Podemos acceder a la sabiduría leyendo, pero eso es solo una posibilidad. Leer es nuestra manera de descifrar el mundo, pero de allí a saber qué es eso que desciframos…

—¿O es su vida lo que es un recorrido por el saber, por el leer?
He leído toda mi vida. Mi experiencia del mundo la hallé en los libros.

—Escribe novela, ensayo, crítica… ¿se siente más feliz o más libre en algún camino?
No, depende del libro. A veces una novela me da gran alegría porque siento que trabajo con más libertad. A veces, escribiendo un ensayo, siento lo mismo.

—Ha dicho en alguna ocasión que «el impulso de leer no ha cambiado», pero «la lectura ya no tiene el prestigio que tenía». ¿Eso ya no se puede recuperar, la lectura ha pasado de moda?
No es cuestión de moda: es cuestión de valores sociales. Nuestra sociedad valora lo rápido y lo fácil; la lectura es lenta y difícil. Una sociedad de consumo no necesita lectores sino consumidores.

—Si la lectura se ha convertido en algo superficial, ¿llegará a ser prescindible?
No lo creo: la lectura requiere imaginación, que es nuestro instrumento para sobrevivir. Si sobrevivimos (lo cual no es seguro) seguiremos leyendo.

—¿Internet está acabando con el conocimiento?
No creo en estos juicios apocalípticos. Internet es un instrumento y si lo usamos bien, es de gran utilidad. No culpemos al cuchillo por un asesinato.

—¿Hay alguna forma para que los padres ilusionen a sus hijos, los maestros a los alumnos, para que lean?
Podemos apasionar con el ejemplo, pero en una sociedad como la nuestra, las pasiones intelectuales y artísticas son difíciles de mantener. Difícil pero no imposible.

—¿Cómo le explicaría a un niño para qué leer?
La pregunta no tiene respuesta, a menos que sea la respuesta de Flaubert: «Lee para vivir». Y en ese caso, quien la pregunta ya intuye la respuesta.

—¿Y a un adulto, cómo saber qué leer?
De la misma manera que sabe de quién enamorarse: dejándose llevar por sus emociones e intuiciones.

—Dice al principio de su nuevo libro: «Tengo curiosidad por la curiosidad». ¿Es eso lo que nos hace humanos?
Sí. La curiosidad nos permite avanzar en el espacio desconocido, abrir las puertas cerradas, viajar más allá del horizonte, hacer mejores preguntas, aguzar la imaginación.

—Eligió a Dante para este viaje al conocimiento. ¿O Dante le estaba esperando –había lanzando barcas para los curiosos– con sus preguntas, su dubbiar?
Ojalá haya sido así, que me estuviese esperando. Los libros son muy pacientes. Nos esperan hasta que estamos listos.

—Aristóteles, Aquino y ahora usted: «Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber». Pero ¿nos lo quieren robar?
Ante todo, no vayamos de lo sublime a lo ridículo, y dejemos caer el tercer término de la frase. No se puede “robar” el deseo, pero sí desviarlo. Ese es el método dogmático, que cierra la puerta a preguntas con respuestas finales.

—¿La escuela ya no fomenta la curiosidad? ¿Esto es consecuencia de la creciente falta de cultura o una decisión de alguien?
Los maestros sí alientan la curiosidad, pero el sistema escolar se opone a ello. Nuestra sociedad no quiere crear ciudadanos inteligentes e inquisitivos, cuya imaginación tiene campo libre. Nuestra sociedad quiere adiestrar peones y empleados de banco.

—En su libro nos enseña que «el arte avanza a través de la derrota y la ciencia aprende de los errores». Entonces, ¿este momento de confusión, de desprestigio de la lectura y el conocimiento, puede ser positivo, una estación en un viaje al cambio?
Así lo espero. Recordemos que de la tragedia de Troya nacieron la Ilíada y la Eneida, y que en la atmósfera que dio lugar al Tercer Reich Kafka escribió toda su obra. Sin Franco, Carmen Laforet no hubiese escrito esa obra maestra que es ‘Nada.

—«Alice y la Oruga saben que nos definimos por lo que recordamos, ya que nuestros recuerdos son nuestras biografías y guardan nuestra imagen de nosotros mismos». En su propio recuerdo, ¿usted es más lector que otra cosa, más curioso, más viajero?
Todo eso. Y ahora quisiera ser mucho menos viajero y más lector. Y siempre curioso.

—El recuerdo es nuestra biografía: ¿y del futuro, o de los sueños, qué decimos? ¿Siempre nos tenemos que hacer preguntas, aunque sepamos que están van a traer la tragedia?
No necesariamente la tragedia. En mi caso, mi vida ha sido muy feliz, he tenido mucha suerte, he conocido gente muy generosa. Y cuando llegue (pronto, supongo) al último capítulo, espero cerrar el libro diciendo “¡Cuánto lo he disfrutado!”

—¿Las mentiras de la ficción son verdades disfrazadas?
No tan disfrazadas. Cocteau decía: «Soy una mentira que dice la verdad». Eso, supongo, es una buena definición de la literatura.

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