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“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

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GeoPlaneta publica el último libro del geógrafo Nick MIddletonAtlas de países que no existen (de momento)

Una recopilación de 50 territorios que aspiran a convertirse en nación

Las fronteras son muros que separan, piensan unos; otros en cambio creen que protegen. Frente a los que entienden el nacionalismo están los que creen que denota estrechez mental. El patriotismo inflama el corazón de algunas personas, y hay otras a quienes la sola mención de la palabra les produce urticaria… Este libro va de países que no existen.

Los continentes han tardado 150 millones de años en formarse, pero los países pueden aparecer de un día para otro. O desaparecer. Los mapas políticos tienen poco que ver con los físicos porque no dependen de fallas ni derivas, sino del capricho de políticos y militares, de la codicia del hombre o de su locura.

Atlas de países que no existen es un libro que habla de 50 territorios diversos, con historias diferentes y ubicaciones dispersas por cualquier lugar del globo. Su única coincidencia es que la ONU no los reconoce como países.

Historias de no países

En la selección que publica la editorial GeoPlaneta, hay no países que luchan desde hace siglos por tener la consideración de países y los hay también recién nacidos en sus aspiraciones.

Está Crimea, que se ha declarado independiente cuatro veces en un siglo y que agrupa a dos millones de personas en una península a la que Rusia tira de una manga y Ucrania de la otra. O Somalilandia, una escisión exitosa del Estado (por llamarlo de alguna manera) de Somalia.

Existen territorios que quieren a toda costa independizarse de los países a los que pertenecen, como Abjasia de Georgia. Y los hay que no está claro si quieren o no, como Cataluña de España (sí, también aparece Cataluña).

Encontramos en este atlas países no reconocidos de un solo habitante, como Forvik, un islote de las Shetland fundado en 2011 por un marino torpe, apodado Capitan Calamidad, que en sus numerosas derivas decidió quedarse allí y crear su propia nación.

Algunos territorios son diminutos, pero otros son casi el doble de España, como Azawad, la autodenominada República Subsahariana con la que sueñan los tuaregs que no quieren saber nada de Mauritania, Mali o Argelia.

También aparecen reivindicaciones anecdóticas amparadas por la historia, como el bastión de la Orden del Temple, con soberanía concedida desde 1903, un país de cuatro habitantes y 178 m² de superficie.

Los fuertes ganan

El lector encontrará aspirantes a país que ni le suenan y otros que le suenan demasiado. Esto pasa con la República Árabe Saharaui Democrática, la que el autor llama «la última colonia africana». Un inmenso territorio del que los colonizadores europeos (o sea, España) se retiraron en 1976, y del que los colonizadores africanos (o sea, Marruecos) se apoderaron de inmediato. La desgracia de los saharauis continúa a la espera de un referéndum prometido y nunca celebrado.

El abuso se da en todos los continentes, como en los Estados Unidos de América, con la tribu lakota y la reivindicación de las Colinas Negras, su territorio sagrado de más de 200.000 km². ¿Alguien quiere apostar si lo conseguirán algún día?

A nadie le apetece enfadar a China, así que Taiwán no es más que una de sus provincias, con más de 23 millones de habitantes, y Tíbet no puede considerarse la patria del pueblo tibetano. Groenlandia es todavía una región de Dinamarca que anhela la independencia.

El libro de papel

El libro que publica GeoPlaneta (la división de libros de viaje de la editorial Planeta) es del geógrafo, profesor y escritor Nick Middleton. La edición es magnífica. Está encuadernado en tapa dura, cosido, con elegantes guardas rojas y un papel con el gramaje necesario para que sea un placer pasar las páginas.

Cada país aparece troquelado con su mapa de fronteras inventadas, como son siempre las fronteras, su ubicación en el continente, datos geográficos, de población, tamaño, etc. Si tuviera un índice, sería perfecto.

Se disfrutan los textos de este Atlas de países que no existen y nos dejan con ganas de más. Nos inducen a pensar en la estupidez humana y también nos hacen soñar con territorios desconocidos como Akhzivland, donde «el himno nacional es el dulce sonido de las olas del mar».

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