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“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

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Ahora, publica la antología 'Diez años de sol y edad'Begoña Abad ilumina lo minúsculo

Afincada en Logroño, aunque burgalesa, es una gran observadora de la realidad, que convierte en poemas necesarios y reconfortantes.

Querido lector, si nos conocemos desde hace tiempo, sabrá que no nos gustan los textos excesivamente largos. Mucho menos aquellos que apenas dicen y ocupan demasiado lugar en este universo online. Hoy, sin embargo, necesitamos publicar una entrevista compuesta de multitud de palabras. No hacerlo sería un craso error porque nuestra interlocutora, la poeta Begoña Abad, ha tenido a bien salpicar nuestras preguntas de bonitos poemas. ¿Nos lo permite, querido lector? ¿Por una vez? 

Ella nació en un pueblo pequeño de Burgos, Villanasur del río Oca, pero durante la infancia y adolescencia vivió en diferentes lugares. Luego se instaló en Logroño y han pasado cuarenta y cinco años. En marzo cumplirá sesenta, y espera jubilarse y empezar una tercera vida. Afirma haber vivido ya dos.

Begoña Abad cuidó de su casa y de sus hijos hasta que cumplió cuarenta y cinco años. Fue el momento en el que halló en una portería el trabajo que le ha permitido ser independiente económicamente y vivir sola. O como ella explica:

He cambiado radicalmente de vida

antes vivía con tu soledad

ahora vivo

con mi compañía

¿Cómo llegaste a la poesía o cómo ella llegó a ti?
Yo hacía redacciones, luego escribía cuentos a mis hijos, luego cuentos para más mayores, luego empecé a hacer versos torpemente… En todo caso siempre escribía con pudor, con cierto pesar porque aquello no servía para nada y de mí se esperaba que aprendiera a coser a bordar, a hacer manualidades, pero no a escribir. Casi diría que escribía a escondidas y más aún siendo ya madre, era como si robara tiempo a mis tareas para “perderlo”. Tampoco nadie lo valoraba, al contrario, y esto me trae a la mente una frase que lo describe muy bien. Es de Faustina Sánz de Melgar: “La joven dotada de sensibilidad, que al salir de la infancia sintiera en su pecho el fuego de la inspiración, alzaría muy alta su voz si en vez del ridículo y del sarcasmo encontrara emulación y elogios prodigados sinceramente por propios y extraños”.

Escribir poesía es un ejercicio valiente. Cuando un poeta decide hacer públicos sus versos, ¿debe superar un momento, aunque sea un solo segundo, de miedo escénico?
Para mí escribir era tan natural como respirar, pero otra cosa era compartirlo, hacerlo visible, hacerme yo visible. Nadie conocía lo que yo escribía. Nunca me atrevía a enviar poemas, hasta que un día, amparada en el anonimato, me lancé y cuando me llamaron para decirme que había ganado el primer premio sentí el vértigo de saber que eso era definitivamente un striptease para el que no me había preparado. Tantos años escribiendo sin creer que aquello tuviera valor hizo que yo realmente acabara creyéndolo. Sin embargo, por alguna razón que no sabría explicar, me era imposible detenerme.

Participas en lecturas públicas de tus poemas. ¿Qué te permite dicha experiencia? ¿Te sientes cómoda?
Han pasado muchos años de aquello y la vida se ha encargado de ir abriéndome caminos muy  sorprendentes. Sí, ahora hago ya muchas lecturas para el público y es muy gratificante su escucha y su interés. Me siento muy cómoda, muchísimo, es de las sensaciones más apacibles que se me ocurren.

Por otro lado, utilizas las redes sociales para llegar a un mayor público. 
Las redes sociales a mí me sirven, efectivamente, para hacer llegar lo que escribo a cualquiera lugar y eso me parece fantástico. Que llegue la palabra a personas que jamás conocerás y que puedas de esa forma acercarte, acompañar a veces a alguien que es desconocido, es pura magia.

Libros como Cómo aprender a volar guardan infinitas lecciones. Y a nosotros nos fascina. ¿A Begoña Abad la poesía, la escritura, le han dado alas?
Cuando me preguntan en los recitales si vivo de la poesía siempre respondo que, naturalmente, no como de ella, para eso trabajo, pero vivo de ella. Respecto a si me ha salvado de algo, lo explico en el último poema de la antología:

Lejos de la excelencia y de la moda,

de los cánones aburridos y tristes,

escribo en sus márgenes

desvergonzadas verdades que recojo

en los bazares del pueblo,

en los lugares donde la gente se desnuda

borracha de injusticia y de asco

hasta dejarse las vergüenzas al aire.

Porque escribir me salva.

Dicho poemario, en nuestra opinión, es un alegato a vivir la vida que queremos y no la que nos imponen. Es un canto a la búsqueda de la luz.
Ese libro, que es en orden de edición el tercero, creo que es el más reconocido. Lo eligen las mujeres y corre de boca en boca. Supongo que se sienten identificadas, es lo que me transmiten. Es un canto a la liberación de toda la carga patriarcal con la que nacemos, un atreverse a volar en muchos de los ámbitos de la vida que nos toca vivir y es, a la vez, mucho de mi propia experiencia vital.

A los cincuenta me nacieron alas.

Dejaron de pesarme los senos

y los pensamientos que cargaba desde niña.

¿Vivimos en una sociedad que solo nos quiere felices, que no se siente cómoda con las lágrimas?
Es algo muy común no soportar ver llorar a a alguien. Todos vamos con el antifaz de la felicidad permanente y expresar el dolor, el sufrimiento, la tristeza, nos pone en situaciones incómodas. Y parece ser también que es a través del dolor y a veces del sufrimiento (que es para mí cosa distinta) como solemos aprender.

¿Qué es para ti la felicidad? 
Lo más parecido que se me ocurre a la felicidad, tal como nos han hablado de ella, es conseguir el equilibrio emocional. En este momento de mi vida tiene mucho que ver con aprender a vivir en soledad y en silencio; aprender a ver más allá de lo que nos enseñan; aprender a desaprenderse y reconocer la importancia de cada ahora, insisto. Reconocer la frase de Gandhi que me repito a diario: “Todo cuanto realice en la vida será insignificante, pero es muy importante que lo haga”. Como ves, mucho aprendizaje que no acaba nunca. Yo lo resumo así:

Vivir con amor

 mi divina insignificancia

en eso consiste mi felicidad.

¿Qué tal te llevas con la serenidad, con la calma?
Soy de temperamento nervioso, impulsivo, no tengo orden de contención al parecer. Así vine a este mundo, de manera que me ha costado, y me cuesta mucho, conseguir ese estado de serenidad. Soy aprendiz y en eso estoy.

Vine a este mundo como aprendiz de amor,

 todas mis desdichas suceden

cuando lo olvido

 y me empeño en hacer algo más importante.

Tu última publicación es Diez años de sol y edad.
Es una antología que recoge los diez libros publicados en estos diez años. He añadido un poemario de inéditos que cierra dicha antología y que titulo “Hebras”. Creo que somos hebras de un mismo tejido donde todo el mundo cabe definitivamente. Es un tejido donde se puede buscar refugio, compañía, sentirse cercano, compartir-se, reconocerse en el otro, saber que somos la misma única “cosa”, pero en formatos diferentes y en lugares alejados, en esa medida imperfecta, inexacta, que el hombre inventa, espacio-tiempo. Es un modo de hacerse visible en este sueño que es la vida.

Afirmas que desde que ‘estás poeta’ eres una mujer diferente. 
Lo de estar poeta tiene su punto, sí. En esta sociedad donde todo hay que etiquetarlo para sentirnos seguros de controlarlo (justo yo creo que no controlamos nada y eso me parece tan liberador), he aprendido que los etiquetador@s pueden ponerte o quitarte títulos. De pronto deciden si eres o no poeta, por ejemplo. Un día decidí que yo, que trato de no pertenecer a grupo alguno y que además no formo parte de lo oficial casi nunca, que soy una absoluta ignorante tantas veces, que no tengo carrera de ningún tipo y que mis trabajos son de tan poco lucimiento, que he sido invisibilizada en general toda mi vida, bien podía estar poeta porque para mí la poesía es mucho más que un ejercicio literario. Es un modo de vivir que yo elijo, así que ahí me planté. Muchos años había estado perdida, asustada, cabreada, agobiada, dormida… Estar poeta todo el tiempo es posible; significa permanecer en ese estado vigilante de vivir el ahora. Es mi trabajo real, el resto es un papel en una obra de teatro que también acepto, pero como un juego.

No soy lo que tú ves

ni lo que piensas de mí,

ni soy lo que digo o pienso.

No hagas el esfuerzo de etiquetarme

no soy nada de eso.

Haz silencio, eso somos.

Si decimos que tu poesía reconforta y serena, ¿qué nos dices?
Pues digo que no es mío nada de esto, que no soy yo quien reconforta y serena, que sería demasiada responsabilidad, pero que agradezco a la vida que me coloque de intermediaria para que alguien la sienta a través de mis palabras. Es quien ya busca quien ya ha encontrado y lo que puede ver no es sino lo que ya es aunque lo atribuya al otro, en este caso a mí. Le diría:

Ya soy lo que busco

de un modo agotador,

sólo me falta reconocerme

en cada presente.

¿Quizá la poesía ilumina esas zonas oscuras que, de otra forma, no somos capaces de comprender?
Es algo que suelo decir cuando alguien me dice que no le gusta la poesía, que no la entiende, que eso es para gente con más preparación. Yo les digo que la poesía forma parte de su vida en el día a día, pero no nos han enseñado a mirarla, a reconocerla. Quizás parezca una visión ingenua pero así lo creo. Por eso me gusta mucho poner un mínimo rayito de luz sobre esas minúsculas cosas que nos acompañan y que, de ese modo, puedan ser vistas y gozadas como el tesoro que tenemos a mano tantas veces.

Eliges palabras sencillas, cercanas y fijas tu atención en la vida misma. 
Mi medida está siempre en que mi madre pueda comprender lo que escribo. Así de simple. Por otro lado no tengo ilustración para mucho más y sería una tontería parecer lo que no soy. Resumiendo, mis “armas” son:

La transparencia,

la desnudez,

la mayor de mis fortalezas.

¿Te gusta observar la vida y contarlo?
Pues sí, no he pretendido nunca nada más que explicarme la vida a mano, alzada, eso sí.

La tuya es una voz poética individual, pero con un fondo colectivo. 
Claro, no creo en nada que no sea un todo que ya somos. Son los “formatos” diferentes los que nos hacen creer otra cosa y nos separan, ésa es la “trampa”. Es sencillo, pero es complicado a la vez salirse de ese pensamiento separador. Hay que vencer el miedo, la codicia, la ignorancia, la mente etiquetadora, tantas mochilas como cargamos desde el momento en que nos plantamos aquí con esta forma que nos toca… Hasta que volvamos a disolvernos en la vida que somos y dejemos este sueño, tendremos que permanecer atentos a lo que ya es y no conseguimos reconocer en nosotros.

Iré tan lejos

como me lleve mi pensamiento,

pero volveré siempre

a la casa que habito.

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