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Un texto teatral que convenceCaballo negro sobre fondo negro

Un retrato descarnado, aunque no del todo desencantado, de la temperatura moral de la sociedad.

Soy de la opinión de que el talento genuino de un escritor se aprecia en su habilidad para expresar lo máximo con lo mínimo. Tal es el caso de Francisco Javier Suárez Lema, ganador del I Certamen de Nuevos Dramaturgos LANAU Escénica, quien consigue provocar una enorme inquietud con la presencia en escena de un sencillo ramillete de margaritas.

El argumento de Caballo negro sobre fondo negro –título que parece remitirnos a un cuadro o una fotografía más que a una pieza teatral– presenta, como bien nos recuerda la Editorial Luhu en su contraportada, una situación muy parecida a la de la comedia de Francis Veber, aún hoy día muy exitosa, La cena de los idiotas: una pareja de intelectuales pone un anuncio donde invitan a cenar en su casa a gente para filosofar… con el fin de burlarse hasta lo hiriente de sus inefables invitados. Si bajo una premisa similar Veber proponía una simpática comedia burguesa donde el espectador medio está deseando que el protagonista reciba un sonoro bofetón moralista por su engreimiento cruel, en el caso de la obra de Suárez Lema el asunto es bastante más sinuoso.

Sus personajes –cuyas identidades se esconden tras las cuatro últimas letras del alfabeto, todo un guiño al teatro de vanguardia del pasado siglo–, lejos del simplismo habitual en la caracterización, resultan bastante tortuosos. Traumas infantiles, soledades, carencias, remordimientos y abulias existenciales conforman el cóctel que, cual olla a presión, parece a punto de explosionar en violencia en cualquier momento. La obra está repleta de referencias culturales: cinéfilas, literarias, musicales y filosóficas, con especial atención a la figura de Diógenes el cínico, lo que da pie al autor a recordarnos la definición original del cinismo, bien diferente del desvirtuado uso que damos a este término en la actualidad.

Caballo negro sobre fondo negro es un retrato descarnado, aunque no del todo desencantado, de la temperatura moral de nuestra sociedad. Su lectura –pues el teatro leído permite reflexionar aún más sobre su contenido que durante la imparable evolución de su representación– nos lleva a territorios mucho más recónditos de lo que nos tiene acostumbrados la sátira de corte intelectual en la actualidad (dominada, por cierto, por comediógrafos franceses que han seguido pautas análogas a las de Francis Veber). Es un texto de forma clásica y sencilla y de sentido complejo que, esperemos, no pase desapercibido.

Para finalizar, una recomendación: súbanse, siempre que se pueda, al caballo blanco. Y si el lector quiere saber a qué me refiero con esto, le invito a que lea la obra de Suárez Lema. Y, por qué no, también a Platón.

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