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La primera vez que se estrenó duró tres días en cartelCien años de las ‘Divinas palabras’

Un pretexto (por si hacía falta alguno) para disfrutar de la «tragicomedia de aldea» que escribió Valle-Inclán

En 1919, cuando Valle-Inclán tenía 53 años, publicó Divinas palabras. Años atrás, había anunciado que iba a escribirla para Margarita Xirgu, pero dejaron de hablarse. La representación se pospuso hasta 1933 y solo duró tres días en cartel.

Xirgu, según se cuenta en la página web de la familia de la actriz, siempre defendió al autor con fama de cascarrabias, por quien sentía admiración: «Se peleaba con todo el mundo. Chillaba, despotricaba, protestaba. Pero siempre con razón. No era un hombre agrio, sino un hombre rebelde. Las injusticias lo sublevaban…». Conviene pensar que gracias a este tipo de gente las ignominias son menos.

El gran Ramón María del Valle-Inclán no escribió Divinas palabras pensando en una actriz; lo hizo, como en él era habitual, como le dio la gana, y con el conocimiento que tenía del teatro, que había vivido como autor, como director de escena e incluso como actor, ya desde antes de casarse con Josefina Blanco, también actriz, que apuntaba maneras como eso que llaman «gran dama del teatro», pero que dejó la representación por la tarea de la reproducción, de seis hijos, trabajo no menor, aunque sí menos lucido que el de su marido.

Las obras de este hombre adelantado a su tiempo y también al nuestro, precursor de la estética hípster, no siempre tuvieron éxito. Mejor dicho, nunca lo tenían. Divinas palabras fue un fracaso: el segundo día asistieron solo siete personas a la función, una de ellas era Luis Cernuda. Al tercer día se canceló.

Vida de pueblo contada con divinas palabras

La especificación «tragicomedia de aldea» que Valle-Inclán añade al título de Divinas palabras viene a cuento de que esta obra transcurre en un ambiente rural, con situaciones cómicas, tragedias y los ingredientes de esa vida de pueblo en la que todo se conoce, se comenta y se critica.

El texto cuenta, como es sabido, la historia de un adulterio absuelto con divinas palabras, en latín, para más valor, o precisamente porque ninguno tenían para los ignorantes. Básicamente, trata de dos mujeres en disputa por la propiedad de un contrahecho que proporciona dinero como monstruo de feria, y que muere mientras una de ellas disfruta de mayor entretenimiento con un hombre que no es el suyo.

El libro es una delicia. Son divinas las palabras y todo son palabras mayores en Valle-Inclán. La acción transcurre en tres jornadas, de cinco escenas la primera, diez la segunda y cuatro más una última en la tercera. Cada vez en escenarios diferentes.

Valle-Inclán era un poeta también cuando escribía teatro. Margarita Xirgu cuenta que no solo apreciaba sus textos, sino las acotaciones que hacía a los actores sobre cómo debían actuar, y pone este ejemplo: «Los ojos de enferma, como dos oraciones, siguen al amante, que se aleja. Después, arrasados en lágrimas, se levantan al cielo».

Un pretexto, por si hacía falta alguno

El centenario de la publicación de Divinas palabras en la revista La Pluma es un motivo igual de bueno que otro cualquiera para leer o releer a Valle. Hay varias ediciones buenas en el mercado. Y baratas. De Austral, Alianza… Conviene hacerse con una comentada y, a ser posible, con un glosario de voces para entender mejor todas esas en gallego que no se encuentran en del Diccionario de la RAE.

En Divinas palabras se disfruta todo, los diálogos y también cada descripción, que no está pensada para el espectador de la sala, sino para el deleite del lector: «Encima del vientre, inflamado como el de una preñada, un plato de peltre lleno de calderilla recoge las limosnas, y sobrenada en el montón de cobre negro una peseta reluciente». Josefina, que tuvo mejor relación con Ramón de viuda que de esposa, decía que el teatro de su marido era para ser leído y no representado.

Entre tantos libros fáciles, textos ordinarios, argumentos absurdos, banalidades y basuliteratura, podría parecer una ardua tarea abordar las Divinas palabras, con su profundidad, su narración exquisita y su riqueza lingüística, pero resulta todo lo contrario: leer a Valle-Inclán supone un gran descanso.

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