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“El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”. Friedrich Nietzsche

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L de Libros

El cuarto de las estrellas

No siempre el día del libro llega con uno que nos gusta. Éste tiene un aroma cálido, es amable, sincero y profundo.

“Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.
Gabriel García Márquez

Ya lo sabíamos: el argumento es solo una parte de la historia. Ya lo sabíamos, pero se confirma en este libro, con el que he disfrutado como hacía tiempo que no disfrutaba. Tiene un aroma cálido, es amable, sincero y profundo.
Conocía al autor, José Antonio Garriga Vela, de un libro anterior, El anorak de Picasso, un libro de relatos que me encantó, y desde entonces le he seguido la pista. Por eso, quería leer su última novela, El cuarto de las estrellas, cuyo título, claro, es también un pequeño homenaje al cine, presente en muchas páginas del libro.
La novela se lee de un tirón. Yo he querido tomarla en dos o tres golpes para saborearla más, pero era difícil dejarla. Y es que tiene una fuerza que nos lleva al interior del relato y allí nos deja, expuestos ya a oír y sentir la historia que se va apareciendo.
Cuenta la historia de un escritor que acaba de sufrir un accidente que le ha provocado un cierto desorden en su memoria. Decide, entonces, refugiarse en la casa de su infancia en La Araña, un pueblo perdido en ningún sitio junto a una cementera (algo así, lo pienso ahora, como el Valle de las Cenizas de El gran Gatsby o la fábrica de cemento junto a la playa de los Muertos en Carboneras), a organizar sus recuerdos y la historia de su familia.
Su padre es –era– un empleado de esa empresa local a quien el sorteo de navidad de 1973 cambiará la vida. El décimo premiado permite a la familia cumplir su viejo sueño de viajar a Nueva York, pero allí mismo comienza su infortunio. Casi no debería decir nada más porque parte de su atractivo está en ir desempolvando la historia, que se nos va dando poco a poco, con una gran sencillez y con el mismo orden de la memoria, es decir, azarosa y poética.
En su pasado familiar, y muy especialmente en la historia de su padre (llamado así en todo momento: «mi padre»), el narrador realiza una especie de «ascensión a lo hondo» de su propia existencia. Y ahí, sin remedio, el relato nos reclama. Es una historia también de amistad, la de Javier Cisneros con el padre y también con el hijo; y de lealtad, la del Polaco con Beatriz, la madre. Y definitivamente, una historia de amor.
Al leerlo me acordaba de Comala y de Pedro Páramo, de Quevedo («vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos»), de Valente; por supuesto, de Kafka, por esta especie de carta abierta al padre que todos llevamos dentro; y también a La isla, un relato de Giani Stuparich con el que comparte una misma tesitura.
Mientras escribo estas notas sobre este Cuarto de las estrellas me entero de la muerte de García Márquez. He buscado entre mis libros el discurso pronunciado en la ceremonia de entrega del Nobel, en 1982. De él tomo prestada la frase que abre esta invitación. Misteriosamente, por esos caminos invisibles que traza la literatura, El cuarto de las estrellas estaba hablando de eso, del nudo de nuestra soledad. ¡Gracias, Gabo!

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