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Una inteligente crónica viajeraEl turista desnudo

El escritor británico Lawrence Osborne busca un destino en el que jamás hayan visto a un turista

¡Ah, aquellos tiempos en que el mundo aún tenía lugares por descubrir! Hoy turistas somos todos, salvo los turismofóbicos, que, suponemos, nunca salen de casa. Es tal la afición por viajar que en cualquier destino encontraremos a gente haciendo fotos, ¡incluso con un iPad!

Esta democratización del viaje ha llevado al autor de El turista desnudo a afirmar que, por muy lejos que uno vaya, siempre habrá un tour operator esperándolo. Lawrence Osborne profundiza en el turismo como filosofía y como agobiante realidad. Y para ello se marca un recorrido por Dubái, Calcuta, islas Andamán, Bangkok, Bali… y, finalmente, Papúa porque «nadie, salvo el desdichado escritor de libros de viajes, tiene tiempo para tomarse ocho meses libres».

Viajar es encontrarse con numerosos sinsentidos. Y Osborne no solo se topa con ellos sino que los busca. «Cuando un puritano de Lonely Planet define un sitio como “sórdido”, lo primero que hago es visitarlo». Se agradece su visión crítica sobre el mundo disparatado que hemos construido en torno al turismo y sus comentarios acerca del «odioso National Geographic».

Empieza el recorrido

El objetivo en El turista desnudo es encontrar ese destino donde jamás hayan visto un turista. Pero antes de llegar a Papúa, el autor aterriza en la delirante Dubái y se entrevista con individuos que tienen tanta pasta que no saben en qué gastarla, razón por la que se ven abocados al despropósito; uno de los mayores: el archipiélago artificial Palm Jumeirah,  donde brotan complejos hoteleros carísimos, parques temáticos de estética (por llamarla de algún modo) Disney, una inversión brutal que hace oídos sordos a los gritos de socorro del medioambiente, el paraíso de los turistas a lo Trump.

Osborne se siente mejor en Calcuta porque se confiesa turista urbano, aunque pronto pasa al siguiente destino; según él, el viajero es como una bola de billar: «Su inmovilidad es solo temporal, siempre piensa en el próximo movimiento».

En las Andamán le sale el colonialista que todo inglés lleva dentro. Queda mucho por desbrozar en estas islas (más en sentido figurado que real), pero podrían convertirse en las futuras Maldivas o Seychelles, lugares que Lawrence Osborne aborrece por ser esas típicas «cualquier parte».

El turista desnudo sigue narrando el recorrido para descubrirnos que lo mejor que se puede hacer en Bangkok es practicarse una puesta a punto de carrocería y chasis. Los arreglos quirúrgicos, sean del tipo que sean, incluida la reasignación de sexo, resultan aquí una ganga. El escritor planea arreglarse la boca a precio de saldo antes de viajar a la salvaje Papúa, por si acaso en la prehistoria le da un dolor de muelas. Tras someterse a un tratamiento híbrido entre sexo y dentadura, valora otras ofertas: adelgazar, depurar el bazo… Finalmente se decide por una irrigación de colon con café. La experiencia resulta tan abominable como era previsible.

El turismo, la mayor industria mundial

El turismo genera unos beneficios anuales de 500 000 millones de dólares y determina la economía de innumerables naciones. Laurence Osborne cree que la pasión universal por turistear se debe a que estamos aburridos y necesitamos vivir lo que sea fuera de nuestras casas.

El escritor británico ha residido en Francia, Italia, Marruecos, Turquía, Estados Unidos, México… y por el momento se ha quedado en Tailandia.

Hay en El turista desnudo reflexiones muy interesantes, y no cae en las manidas tontunas de distinguir a viajeros de turistas. Sí establece otra categoría: el turismo antropológico, esos viajes que prometen destinos primitivos, culturas exóticas…; algo que él define como una variante sofisticada del ecoturista. Lawrence Osborne recurre a citas de antropólogos como Claude Lévi-Strauss, con el que evidentemente no puede estar de acuerdo, y Margaret Mead para apoyar sus teorías.

El turista de hoy, en su opinión, tiene demasiado dinero, poca educación, reducidos conocimientos y carece por completo de la curiosidad intelectual que hace que los viajes sean plenamente gratificantes. Y apunta: «El problema del viajero actual es que no le quedan destinos»… Salvo Papúa.

La parte que más se disfruta del libro es la búsqueda de tribus que no sepan lo que es un turista. Hay una escena memorable en la que el escritor intenta obsequiar a un indígena con una bolsa de tabaco. El hombrecillo negro no se atreve a acercarse al blanco crudo disfrazado de turista porque no está seguro de sí será o no un ser humano.

Tras la hilarante situación, viene el acercamiento. Con la ayuda de un intérprete, el escritor se propone contarle al indígena que los blancos han construido los aviones y que esa es su forma de desplazarse. «Estaba en la mitad de mi explicación cuando comprendí que no tenía ni idea de cómo volaban los aviones…».

El viaje, todos los viajes, tienen mucho de ridículo.


Título: El turista desnudo
Autor: Lawrence Osborne
Editorial: Gatopardo
Páginas: 320
PVP: 20,95 €

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