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Etgar Keret: “Si no disfrutara escribiendo, lo dejaría”

Entrevistamos al autor de Los siete años de abundancia (Siruela).

Cuéntame un cuento -me ordena el hombre que está sentado en el sofá del salón”. Así comenzaba De repente llaman a la puerta, el libro que abrió todas las puertas –una treintena de lenguas, el reconocimiento internacional- a Etgar Keret (Raman Gat, Israel, 1967), el autor que acaba de publicar en España, de nuevo con Siruela, Los siete años de abundancia.

Original autor de relatos (aunque hace también cine, escribe guiones y experimenta con el cómic), Keret se ha convertido en un autor admirado y, también, en una figura pública por su opinión libre y su apuesta continua por el diálogo como herramienta política; una actitud que le hace ser doblemente criticado: primero, por el sector más conservador de su país, y segundo, por quienes fuera de él se dejan cegar por prejuicios antisemitas, sin siquiera haber leído sus opiniones.

Hijo de supervivientes del holocausto, dice que aprendió de su padre que no se puede callar cuando nos obliguen a hacerlo y esa misma enseñanza trata de transmitírsela a su hijo. Entre el nacimiento de este hijo y la muerte de aquel padre, Keret llevó un registro de pequeñas crónicas cotidianas y las iluminó a su estilo –hecho en gran medida de sensibilidad y absurdo. Esas piezas fugaces conforman el volumen que ahora ve la luz en nuestro país e iluminan la mirada de quienes quieran conocer la creación del autor y a la actual sociedad israelí.

Sonriente, comunicativo, cercano –se sienta muy próximo y sobrepasa esa distancia que los anglosajones consideran el límite del espacio personal- y basta una palabra para que comience a hablar, a contar, a ofrecer sus pensamientos y opiniones.

Leo sus libros y pienso: este tipo disfruta escribiendo. ¿Es eso cierto?
Sí, es verdad. Es curioso porque a veces me invitan a reuniones de escritores, a convenciones y simposios, y todos los autores hablan y se quejan de cuánto sufren, de la tortura del proceso creativo, de la dificultad y el dolor de la escritura, y yo tengo que esconderme porque a mí me sucede todo lo contrario: soy feliz escribiendo; y en mi caso, es así como debe ser, si no fuera así no sé si escribiría.

De repente llaman a la puerta supuso un éxito, un reconocimiento internacional. ¿Cómo cambió ese libro su vida y su escritura?
La escritura no la ha cambiado, he seguido escribiendo lo que quería; lo que ha supuesto un cambio es la forma en que se fijan en mí, en que me prestan atención, como escritor y como persona.

Cada libro suyo es más maduro que el anterior.
Sí, creo que sí, los primeros eran más salvajes, más extremos, los últimos son más maduros y puede que más sencillos.

¿La madurez le viene por la escritura, por la edad o por ser padre?
Ser padre, en vez de ser hijo, es el cambio fundamental, para la vida y para la escritura. En vez de depender de alguien, alguien dependen de ti, alguien al que quieres darle consejos, hablarle, explicarle el mundo, enseñarle, velar por él, hacer que sea capaz de entender lo que sucede alrededor.

Su hijo le preguntó una vez que, si tan difícil era explicarle a él- y al mundo- todo lo que sucedía en su país, Israel, por qué no se iban a otro país.
Es cierto. Y es cierto que es difícil de explicar, yo lo hago, y me critican los que no están de acuerdo, constantemente. Es cierto que alguna vez he pensado que por qué no ir a vivir a otro país, pero también, ¿por qué ir y empezar en un lugar nuevo, extraño, donde no hay raíces ni amigos ni lo que has hecho hasta ahora? Soy descendiente de supervivientes del holocausto, la vida de mis padres, con tantos muertos próximos, con tantos hechos trágicos en su familia, fue mucho más dura que la mía; si ellos vivieron en Israel por qué no iba yo a vivir en él. Por otro lado, mi país tiene mala prensa, la gente lo critica y me critica a mí, por el solo hecho de ser de allí, por vivir allí. Claro que preferiría que no fuera así. Así que esos se suman a los que me critican dentro de mi país, sobre todo porque pido diálogo. Soy partidario del diálogo siempre y así lo digo y lo escribo, eso no lo puedo callar.

Hay muchos que quiere hacerle culpable.
Sí, por muchas cosas, por utilizar un lenguaje de la Biblia para contar cosas profanas, por usarlo y utilizar slang, por pedir diálogo, por qué me quede en mi país, porque haya dicho que me planteé ir fuera….

Qué cansancio esa imposibilidad de responder, de compatibilizar. Creo que hasta los entrevistadores y quienes hablamos con usted le pedimos que se manifieste, que hable de política, de palestinos, de conflictos. ¿No preferiría hablar solo de literatura?
Bueno, es parte de mi vida, de lo cotidiano, de la realidad, así que cuando me encuentro con algún periodista lo que espero es que me hable de todo eso.

¿Si le digo que cuando leo sus historias me viene a la cabeza un mago?
Sí, es cierto, hay mucho de eso, cuando era pequeño quería ser mago, y a los seis años empecé a practicar, pero no era suficientemente bueno, suficientemente hábil. Hay una similitud, para mí, entre hacer magia y crear personajes, situaciones, historias, que son algo mágico.

Ese mundo no le exige pronunciarse más allá de la creación.
Lo bueno de escribir es que puedes hacer cualquier locura, atropellar a alguien, emborrachar a un personaje, robar, hacer cosas terribles y no pasa nada, no tiene consecuencias. Y eso me parece fantástico.

Hay mucha mentira en sus historias, muchos personajes mentirosos.
Sí, la mentira es un tema fundamental, es importante en mis relatos y en los personajes que los protagonizan, en cómo influye en lo que sucede.

Hace unos meses declaró en ‘Granta’: “Desde que empezó este conflicto no he escrito nada, aparte de un par de artículos de opinión”. ¿Sigue siendo válida esa afirmación?
Totalmente. Estoy exactamente donde estaba. No soy capaz de ponerme a escribir y ver las cosas con el ojo de la ficción, del contador de historias, de ese mago que comenta. Escribir no ficción no me gusta tanto, pero lo escribo, escribo artículos porque no se puede callar, eso me lo enseñó mi padre y yo se lo enseño a mi hijo.

Dice que desde que es padre, y ha dejado de ser hijo, se enfrenta a asuntos diferentes y retos diferentes y, por tanto, cuenta cosas diferentes. ¿Su nuevo libro es producto de esto?
Sí. El libro transcurre entre el nacimiento de mi hijo y la muerte de mi padre. Cuando eres padre tienes que lidiar con asuntos distintos, explicar todo lo que sucede, el mundo, eso de que mi hijo preguntaba por qué no íbamos a otro país. Antes mi padre me lo explicaba a mí y ahora soy yo quien lo hace. Por tanto yo soy distinto, y lo que he escrito en este tiempo es el resultado de eso, de estos años.

¿Por qué escribe historias cortas?
Se me ocurren constantemente cosas, ideas, historias, y no sé qué extensión o que desarrollo y que forma van a tener, pero las cuento y, casi siempre, son historias cortas, más directas, que responden al presente, al mundo de hoy, a la sociedad en la que vivo. Mi agente me dice: “ahora escribe una novela” pero yo no puedo responder a eso, escribo un libro de relatos, y luego hago una película, luego algo que no es ficción, luego un cómic… no puedo programarme lo que escribo.

Incluso cuando escribe artículos para los medios estos suenan, formalmente, como historias. ¿No confía en la no ficción?
No es que no confíe en ella, es que me interesa menos. Aunque ahora la situación me impida hacerla.

¿Es más feliz como profesor, como escritor, como autor de películas?
Con todo. Cada vez que hago lo que quiero, disfruto.

¿Hay algún escritor que haya tenido una mayor influencia en su escritura?
Sí lo hay: Kafka.

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