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Para Tanizaki el placer sensual es inseparable de la evocación de las palabrasJunichiro Tanizaki, el lado oscuro de la belleza

Semblanza de uno de los novelistas japoneses en quien con más intensidad se entrecruzan la tradición y las influencias occidentales.

Acurrucado en las sombras, un niño contempla a una muchacha desconocida peinando la cabeza de uno de los guerreros decapitados en la batalla del día anterior. Y, fascinado, guarda para siempre en su memoria la sonrisa sutil que ella esboza, sumida en no sabe qué pensamientos. Esta escena, extraída de La vida enmascarada del señor Musashi (1932), expresa como pocas la conjunción entre crueldad y belleza, entre fabulación y autobiografía, que caracteriza el erotismo de Junichiro Tanizaki (1886-1965), uno de los novelistas japoneses en quien con más intensidad y complejidad se entrecruzaron en el siglo XX la tradición antigua y las influencias occidentales.

Los críticos literarios gustan de atribuir a Tanizaki diversas etapas de mayor o menor apertura a lo extranjero, pero ello supone desconocer el grado de mixtura que se dio en la sociedad japonesa, a lo largo de los dos primeros tercios del pasado siglo, entre los códigos estéticos y eróticos de la cultura tradicional japonesa y la libertad individual —más que los nuevos gustos— aportada por la cultura occidental, y cómo ambos impulsos fueron evolucionando de manera inextricable. El gesto de arreglarse el cabello de las geishas ensimismadas de Eiho Hirezaki en la década de 1900 se repite en las portadas de actrices a la occidental dibujadas en las revistas japonesas de los años 20 y 30.

En Un amor insensato (1924) el protagonista de la novela de Tanizaki se enamora de una muchacha al sentirse atraído por su físico, similar al de las actrices de cine mudo que se proyectaba entonces en Japón, pero sobre todo por su nombre de resonancias occidentales: Naomi. Al final de la novela, el narrador y otro amigo se deleitan pronunciando el nombre mágico:

“Lo saboreábamos con nuestra lengua, lo humedecíamos con nuestra saliva, propulsábamos hasta nuestros labios esas sílabas untuosas, como un manjar aún más sabroso que nuestra carne de buey”.

Placer sensual

Para Tanizaki el placer sensual es inseparable de la evocación de las palabras, como saben bien los lectores de El club de los gourmets, publicada aquí por Ediciones Literales.

Sin esa alianza de los nombres y la piel no puede entenderse correctamente, por ejemplo, La llave (1956), la novela erótica que Tanizaki escribió en su madurez y que escandalizó al público japonés. En ella dos cónyuges se espían mutuamente los diarios, cruzando oblicuamente sus miradas igual que los amantes del grabador japonés Harunobu, y apreciándose únicamente en los reflejos: en las anotaciones secretas dejadas a la vista y en las fotografías con las que el marido va empujando hacia su mujer al pretendiente de su propia hija.

En la raíz de la escritura de Tanizaki alienta una imposibilidad. Hay una distancia infranqueable que tira del cuerpo y de la voz. En Nostalgia de mi madre (1919) la figura de la madre desaparecida se va transfigurando en cuerpos sucesivos, más distintos cuanto más próximos, que el narrador va encontrando en una noche tan irreal e inmediata como un sueño. En La enredadera de Yoshino (1931), el protagonista evoca cómo su madre le señalaba desde el puente los mismos montes de Imoseyama que se habían mencionado en una obra de kabuki. Poco después, acompaña a un enigmático personaje a presenciar, agazapados tras los setos del jardín, la celebración del cumpleaños de su antigua mujer, casada con otro hombre y perdida hace muchos años.

Vértigo de destrucción

Son esas mediaciones, transparencias, límites encendidos, los que obsesionan a los personajes masculinos de Tanizaki, quienes flirtean constantemente con el vértigo de su propia destrucción en medio de la aparente normalidad familiar. Muchachas jóvenes y crueles, mujeres maduras y desaforadas, siguen el juego de ese hombre solitario, trasunto del propio Tanizaki, que anhela la humillación sexual y se complace en ser el cronista implacable de su propia degradación.

Al final de su Elogio de la penumbra (como habría que traducir su pequeño tratado sobre la estética japonesa, de 1933), Tanizaki señala que “me gustaría resucitar, al menos en el ámbito de la literatura, esa atmósfera de penumbra que estamos disipando. Me gustaría prolongar el alero de esa casa llamada ‘literatura’, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo”. Y verdaderamente, a esa luz incierta, las páginas de Tanizaki nos permiten atisbar una desnudez profunda, capaz de alojar el cuerpo perdido e inminente, hermoso y despiadado.

*Alfredo Mateos Paramio, editor de arte y director de la galería photosai, es experto en arte y literatura japoneses

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