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Un libro políticamente incorrectoLa India que sorprendió a Blasco Ibáñez

La editorial Gadir publica el trayecto hindú de «La vuelta al mundo de un novelista»

Hace casi cien años de la vuelta al mundo de este novelista, pero la India no ha cambiado demasiado. Todo lo que maravilló al escritor sigue dejando boquiabiertos a los viajeros de hoy. 

En 1923, Blasco Ibáñez era un novelista de fama mundial que vivía acomodadamente pero que se aburría la comodidad. El aventurero que había viajado por toda Europa hasta Turquía, por América hacia Argentina, México, Cuba, Chile, Estados Unidos… y que iba y venía entre París y Madrid con la frecuencia enloquecida que le imponía su enamorado corazón decidió dar la vuelta al mundo.

En esta ocasión no le urgía la animadversión que el rey, los políticos y la iglesia sentían hacia él. Ya no tenía que salir por piernas hacia Italia, porque vivía estupendamente en Fontana Rosa, su villa de la Costa Azul. Esta vez, simplemente, sacó a pasear al hombre de acción que llevaba dentro.

El  nacimiento de los cruceros

El mundo quería olvidar su primera guerra mundial y no era consciente de que se le venía encima la segunda. Así que en ese intervalo inventó los cruceros. Y Blasco decidió embarcarse en el Franconia, un barco pensado para demostrar cómo viajaba la élite cuando se lo proponía. Zarpaba de Nueva York con unos cuantos elegidos y recorría treinta o cuarenta mil kilómetros deteniéndose en los países más exóticos durante el tiempo que hiciera falta, una semana, diez días… Nada que ver con lo que ocurre hoy en día. Lujo y maderas de las llamadas nobles por todas partes, camarotes para que los viajeros gozaran a sus anchas y a sus largas, más proporción de baños que Villa Meona, varias bibliotecas bien surtidas y una sala de fumadores que era una reproducción exacta de la casa del Greco en Toledo.

Para entonces Blasco era un señor de 57 años con sobrepeso. Hay una foto de él que puede hacer sonreír a cualquiera que conozca la India: vestido de radiante blanco mientras saluda desde la escalerilla del Franconia agitando un inmaculado salacot.
Los hindúes debieron de flipar al ver la comitiva. Pero también Blasco alucinó con lo que iba encontrando. Y, muy propio de él, nos lo contó en los tres extensos tomos de La vuelta al mundo de un novelista.

La India, el libro de la editorial Gadir es una parte de ese recorrido: India y Sri Lanka, entonces Ceilán.

Blasco impresionado

Los colores de la vida y la presencia de la muerte impactan en el viajero experimentado que era Blasco Ibáñez. El escritor no se cansa de hablar del Ganges, ese río sagrado lleno de inmundicias que mataría a cualquiera que se metiera en sus aguas, a menos que se trate de un indio; o de las serpientes, una especie que continúa en el top ten del atractivo turístico hindú.

Por supuesto, sus descripciones no tienen nada que ver con el estilo National Geographic. Un ejemplo: Blasco observa las cremaciones de cadáveres y compara la piernas del finado con «morcillas chorreantes de grasa». ¡Es lo que tiene ser un escritor representante del naturalismo!

El libro no ha perdido interés, al contrario; no solo por lo poco que ha cambiado la India en casi un siglo, sino por las apreciaciones de un escritor que ni le tocó vivir en la época de lo políticamente correcto ni lo habría aceptado. Así se queja de que el «funcionario británico Everest» haya dado nombre a la montaña, llama a Mark Twain «el famoso humorista» o describe a Gandhi como «un agitador casi desnudo».

Es cierto que no podemos leer el pasado con los ojos del presente, pero el lector no dará crédito a los párrafos que el autor dedica a los musulmanes de la India, «con su individualidad violenta y sus costumbres depravadas»; ni a lo que opina sobre sus mujeres tapadas que «parecen fardos de ropa marchando solos».

El anticlerical Blasco aprovecha para ironizar sobre las creencias religiosas de los hindúes y se burla de la venerada reliquia del diente de Buda: a juzgar por su tamaño, este «debió de ser un hombre de cuatro o cinco metros de estatura…».

También se pone poético, porque en la India no faltan ocasiones para ello; una es ante el Taj Mahal, con esa «blancura de la leche recién ordeñada».

Trocear la obra de Vicente Blasco Ibáñez no está mal. La vuelve accesible (y asequible) a todo tipo de lectores. Nos permite acercarnos a este autor curioso, ingenioso, periodístico, ameno, irreverente. Y comprobar también que la fascinación que causaba la India hace un siglo es la misma que provoca hoy.

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