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La novela de Kazuo Ishiguro brilla por encima de la conocida películaLos restos del día, no basta con verla

La historia de un mayordomo casi perfecto a quien todo el mundo pone cara se disfruta mucho más con la lectura

Hay gente que nace para ser un número dos. Su vida consiste en trabajar como fieles escuderos del número uno a quien sirven. Jamás buscarían debilitarlo, ni subir un peldaño para quedar a la misma altura, porque la traición no cabe ni siquiera en su pensamiento. Desde su papel de secundarios, solo procuran no hacer sombra al brillo del protagonista. Puede que sean más eficientes, más honestos, más trabajadores, más lúcidos, incluso más inteligentes…, pero nunca aparecerán en el mismo plano. No es que carezcan de ambición: la tienen, y mucha, aunque solo para ser el perfecto número dos.

Mister Stevens, el personaje principal de Los restos del día, es un tipo capaz de atender una cena sin pestañear mientras su padre pasa a mejor vida en el piso de arriba.

Un buen mayordomo es así. Hace un trabajo tan excelso que su señor ni siquiera nota su existencia. No hay nada que corregir, la superación resulta imposible.

El gran mayordomo es aquel que logra «ese equilibrio esencial a la hora de servir que consiste en mostrarse atento y ausente al mismo tiempo»; solo si se le requiere, puede hablar sobre «temas tan variados como la cetrería o el apareamiento de las salamandras». Y debe ser inglés, imprescindible, porque «en otros países no hay más que criados, sea cual sea el título que les pongan»; y es que «el resto del mundo es incapaz de controlarse en los momentos de tensión», no como mister Stevens, implacable por más que a su padre le hubiera gustado que le diera la mano durante el tránsito.

Se lo merece

Los restos del día es una más de las magníficas novelas de Kazuo Ishiguro, el justo premio Nobel de Literatura de 2017, uno de esos pocos casos en los que nadie ha protestado, suponemos que porque era imposible. En sus historias no ocurren grandes cosas, aparentemente, pero los personajes despiertan sentimientos tan intensos que el lector puede cerrar el libro cada día con deseos de abrazar a uno de ellos o de abofetear a otro.

Ishiguro es un escritor magnífico y Los restos del día, una de sus mejores novelas. Pero ocurre que cuando alguien es tan bueno como él le salen las películas en cuanto se descuida. Los lectores que no hayan visto Lo que queda del día juegan con ventaja en este libro: la de poner la cara que les dé la gana a mister Stevens y a miss Kenton.

No será difícil para quienes vieron la película de James Ivory, buena también, disfrutar con los protagonistas del libro publicado por Anagrama, porque, con independencia de las imágenes asociadas, la narración suma infinitos matices.

Este mister Stevens es un tipo obsesivo, como corresponde, que recorre la casa varias veces «comprobando, siempre por última vez», que todo esté como él y su señor desean; que llega a definir la dignidad como la capacidad de ser fiel a la profesión que representa; que desprecia a «esa clase de personas que deshonran su trabajo y perjudican a la casa en la que sirven» casándose entre ellos; que critica al mayordomo mediocre que, «ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión». A él nunca le veremos temblar por acontecimientos externos. Conforme pasan las páginas, el mayordomo se desvela sutilmente como un hombre rígido, puntilloso, absolutamente solo, sin vida personal.

Hay algo que se le da mal a mister Stevens, y es encontrar un chiste o algo gracioso que decir cuando las circunstancias lo requieren. Él es consciente de que debe trabajar más esa faceta en su camino de perfección. Pero no resulta sencillo cuando uno tiene un cubito de hielo por corazón.


Título: Los restos del día
Autor: Kazuo Ishiguro
Editorial: Anagrama; 9.ª edición, 2017
Páginas: 252
PVP: 19,90 €

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