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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Luis Landero, el escritor con alma de poeta

En 'El balcón en invierno' el autor rinde homenaje a la gente humilde que sueña, trabaja, muere y no deja huella.

Hay un atril sobre una mesa de cristal en la que un hombre escribe. Bajo el cristal, una cajonera inmensa acumula manuscritos -millares de hojas, en un caos tal vez perfecto-, trazados a pluma y corregidos primero a lápiz, luego con tinta verde, luego con color rojo, una y otra vez.
Ese atril aparece en una novela, El balcón en invierno, y el hombre que escribe en él –ahora no, ahora está en días de holganza, de promoción, de suave espera de ideas- es Luis Landero (Alburquerque, 1948), aquel escritor que, hace ya veinticinco años, enamoró a los lectores con Juegos de la edad tardía (juegos literarios que le valieron el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura) y un alma de poeta. Entre sus títulos destacan El mágico aprendiz, El guitarrista o Absolución.

Su nueva obra, El balcón en invierno ‘una novela hecha con materiales autobiográficos’, es un homenaje hermoso a sus padres, a su familia, a la gente del campo ‘que desaparece’. Y es, también, un recorrido por la vocación de aquel Landero casi niño, el adolescente que solo tenía un libro en su casa y a los dieciséis años compró otro, una antología poética, porque en sus venas corría la pulsión del artista.

¿Cansa la ficción y empuja la propia vida?
Siempre ha existido la creación biográfica, siempre se han usado elementos de la vida. Puede que ahora haya una saturación con tanta ficción, novelas, series, y la gente agradezca algo diferente.

¿Qué es este libro?
Un reconocimiento al padre y a la madre, a la cigarra y a la hormiga; un homenaje a la gente humilde que sueña, labora y muere y no deja huella. Y una invitación a vivir.

¿Usted es cigarra, como su padre?
Cigarra, sí. Una cigarra laboriosa.

Su padre lo llevaba de oficio en oficio, para que fuera alguien respetable. ¿Lo consiguió?
Mi padre se sentiría orgulloso, por él y por mí.

Dice en el libro que sorprende que usted se hiciera escritor, pero en su casa todos fueron poetas de la vida.
Por parte de padre, sí. Soñadores, fantasiosos, con vena artística, músicos. Sí, había algo de artista en todos ellos.

Eran gente del campo. Desaparece el campo, ¿no?
Desaparece. Era un mundo sin medios de comunicación, sin viajes, se iba en caballería al pueblo, que era otro mundo independiente, se vivía aislado durante siglos… Con la televisión y la uniformización, los bailes y los consumos son como los de la ciudad; la forma individual se acabó.

¿Qué se pierde?
Una forma de vida peculiar, un caudal de conocimientos. Decía John Berger que esta extinción era la mayor tragedia cultural del siglo; es como el incendio de una gran biblioteca. Y junto a eso, desaparece la miseria, una miseria. Aunque prefiero la miseria del campo que la urbana.

Paco -un familiar con quien se hizo guitarrista profesional-, ‘hacía planes, es decir, tenía sueños’. ¿Confundir los planes con los sueños no es de locos?
Tener sueños es más autónomo; los proyectos, los planes, son más tarea de hormiga. Cuando empiezas algo esperas llegar lejos, como los que hicieron la torre de Babel –¡que le quiten la gloria del intento!-, esperas tocar el cielo, el infinito. Con la edad cambia esta similitud entre sueños y planes, lo que no se pierde es la ambición, el proyecto de vida. Mi proyecto de vida es escribir, seguir escribiendo con la misma ambición. Eso es lo bueno de esta profesión, que te mantiene igual de vivo.

¿Nunca se llega a escribir la novela que se sueña?
La novela que uno tiene en la cabeza es la novela maravillosa, algo así como la amada –Landero cuenta en su libro que, antes de tener novia a quien dirigírselos, escribía poemas de amor a la amada –; cuando uno se pone a hacer esa novela realidad, lo que sale resulta alejado de lo soñado, por eso escribir siempre tiene algo de fracaso.

De fracaso y de gloria, como sus personajes.
De fracaso y de gloria. Sí, mis personajes son así, soñadores, a veces vagos soñadores que no se conforman, que viven como héroes románticos, con aspiraciones sublimes, y en ocasiones encuentran un cauce que puede ser ridículo; son como quijotes.

Cuando era joven escribió Juegos de la edad tardía; ahora nos lleva a la juventud.
Este libro estaba en mí, si tuviera un ideal de libros que escribir, éste estaría entre mis ideales. Al escribirlo me he regalado seis meses de felicidad, he sentido que late, que tiene vida, que lo quería contar.

¿Quiso ser Landero, de verdad, ese hombre de acción que dice?
Sí, me hubiera gustado ser naturalista, esa es mi gran vocación, Darwin es mi modelo. Aunque de joven pensaba más en ser jefe de safari, los jefes de safari siempre se iban con las chicas más guapas.

En vez de safaris, sus personajes se mueven por pensiones con microbios y lejía, con persianas cerradas.
Madrid era una ciudad moderna, pero algo decimonónica, galdosiana y llena de aquellas pensiones de las que tanto hablo sin haberlas conocido, aunque sí conocí esas academias nocturnas, ese Madrid intemporal, esas casas cerradas con señoras… un mundo algo onírico. Recuerdo aquello, aquellas señoras con sus vidas y sus ropas.

En estos 25 años, ¿qué ha sucedido?
Diez libros, los que he escrito. Yo no he cambiado mucho, soy el mismo escritor apasionado y torturado. La literatura sí, y el papel del escritor también: ahora es un personaje descatalogado, secundario, que ya no opina, opinan otros, los tertulianos. En cuanto a mí, en los libros encuentras lo que somos, nuestro retrato, yo subrayo y ahora veo libros de entonces y pienso en por qué subrayé aquello, qué me interesó. Un viaje a la biblioteca es una lección de cómo has evolucionado.

Con el tiempo cambia la forma de escribir. Usted planea sus libros pero este no lo planeó.
No, porque me lo encontré. La materia narrativa estaba muy clara, se trataba de seleccionar, no de entrar en detalles, de escribir mil páginas. Lo esencial, lo que cuento, era cómo fue mi adolescencia para hacerme escritor.

Pero usted es poeta.
Los poetas fueron quienes me hicieron escritor, me metieron el demonio. Sí, soy poeta, tengo un alma de poeta, pero no soy un buen poeta.

Hay melancolía en sus palabras.
Alguna nostalgia, nostalgia de la ilusión que había en la Transición, la idea de que la ciencia y la cultura iban a cambiar, de que por fin nos íbamos a convertir en un país moderno e ilustrado. Sobre esto sí siento nostalgia, el dolor de que haya acabado en nada, cuando tanto prometía.

Los libreros son sus amigos, lo recomiendan, le tienen cariño.
He tenido mis libreros de cabecera, leían, tenían la antena lista, me informaban. Antes te informabas con los suplementos, los amigos y los libreros. La primera pata se ha caído. Muchos libreros cercanos se han jubilado. Ahora mis amigos jóvenes se informan por los libreros independientes y ellos me lo dicen a mí. Estoy cerca de los libreros, nos gustan las librerías de fondo, las librerías como lugares de encuentro, nos gusta que las librerías nos hablen.
Y nos gustan los libros, el trato sensorial con ellos: yo los olía, los tocaba, hasta los probaba al gusto: masticaba un trocito de papel mientras leía; me encantaba la personalidad de aquellos libros de Gredos, de Austral…, libros artesanales, con el hilo, que había que cortar. Para mí son objetos queridos.

Como su guitarra.
Sí. Tendría que empezar otra vez. Desde que murió Paco no he vuelto a tocarla.

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3 respuestas a Luis Landero, el escritor con alma de poeta

  1. Ignacio dijo:

    Maravillosa entrevista al maestro Landero. Enhorabuena por toda la magia contenida en esos diez libros magníficos que ahora se renueva en esta nueva y sorprendente narración.

  2. Maribel Vives dijo:

    Enhorabuena a Luís Landero por esta joya literaria y gracias a Elhedonista por esta entrevista.

  3. Concha D'Olhaberriague dijo:

    Estupenda entrevista y hermoso, muy hermoso El balcón en invierno. Luis Landero es un escritor cálido, imaginativo, con ángel. Su prosa fluye como lo hace la de Cervantes o la de Ortega y Gasset. A ratos, sin parecerse técnicamente, me recuerda a Ramón Gómez de la Serna. He leído todos sus libros y este es, con Entre líneas, el más lírico. La escritura de Landero es siempre exigente. El balcón tiene tanta calidad como Los juegos, El mágico aprendiz, El guitarrista, Absolución y los otros. Espero que vuelva a deleitarnos con una novela, quizá sobre el Pequeño Nicolás, que tanto recuerda a Bernardo o a Gregorio, y con la mano magistral de Landero puede devenir un auténtico personaje literario.

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