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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Es conocido en Occidente sobre todo como el poeta del haiku.Matsuo Basho, el poeta andante de Japón

Literatura y vida, haiku y viaje, en el gran creador errante, poeta andariego y filósofo, Matsuo Bashō.

Empiezo un viaje de mi leguas, sin envolver comida para el camino. Apoyándome en el bastón de un hombre de otros tiempos, de quien se dijo que ‘entró en la inexistencia noche cerrada bajo la luna’, salgo de los límites de mi choza junto al río en otoño, en el octavo mes de la era Jōkyō, mientras la voz del viento vaga en el aire frío.

Así describe Matsuo Basho la salida de su cabaña en plena noche, junto al río Sumida, en el actual barrio de Fukugawa de Tokio, a comienzos de septiembre de 1684. Es el párrafo inicial de su Diario de un Viaje a la Intemperie, el primero de una serie de largos periplos que le llevarían a los meisho o ‘lugares famosos’ de la poesía japonesa.

Tenía 41 años y, como le sucediera a Alonso Quijano, había llegado un momento en que ya no le bastaba con descifrar las palabras de otros entre cuatro paredes, y necesitaba encontrar los lugares donde vivir aquellas emociones.

Matsuo Basho (1644-1694) es conocido en Occidente sobre todo como el poeta del haiku, esa levísima estrofa japonesa de 17 sílabas que expresa un instante de contemplación y asombro:

El viejo estanque.

Una rana salta.

El ruido del agua.

No hay metáfora. No hay ningún sentido escondido. Sólo esa salpicadura de sonido que nos deja un extraño anhelo, el antiguo mono no aware, la melancolía japonesa que atisba a la vez el esplendor del mundo y el temblor de su desaparición.

Son numerosas las características que distinguen los haikus de Basho y explican su perduración y frescura, pero quizás la gran aportación que hizo aquel escritor errante fue rodear los versos, como pozas de agua, de un relato en prosa, y conseguir sostener así, en la conciencia cotidiana, los momentos de plenitud o de vacío.

“No aísles momentos de gracia”, decía Guillén. Hay que sacar a los haikus de Basho de sus antologías de concentración, y devolverlos a los diarios que los envuelven y dan sentido. Por ejemplo, sólo tras leer el pasaje en el que Basho regresa a su pueblo natal y abre la caja que guarda los cabellos blancos de su madre puede entenderse el haiku: “Arco de hilar algodón. / Consuela como un laúd / oculto entre los bambúes.”

De los diarios de viaje de Basho se ha publicado recientemente una recopilación en Olañeta editor, que hace bien en denominar “versión” la traducción de Jesús Aguado, así como diversas ediciones de “Sendas de Oku”, o “Viaje a las tierras hondas”, como se ha traducido también el título de su último diario. Entre ellas, prefiero la que realizaron a dúo Eikichi Hayashiya y Octavio Paz, a pesar de la afición del poeta mejicano a subir el brillo de las palabras. En este diario, el más extenso que escribió, Basho proporciona la clave tanto de su peregrinaje como de su escritura:

En relación con las expresiones puestas en los poemas de tiempos lejanos, de las que tantas historias se nos han transmitido, las montañas se derrumban, los ríos se derraman y los caminos se reforman, las piedras se esconden hundiéndose en la tierra y los árboles son sustituidos seguramente por retoños. El tiempo cambia, las edades mutan y aquellos restos devienen inciertos, pero aquí me alcanza sin duda una memoria de mil años y ahora, ante los ojos, examino el corazón de los hombres antiguos. Virtud de la peregrinación, alegría de estar vivo, me olvido del esfuerzo de andar vagando y, ¡ay! nada más que lágrimas cayendo.”

Literatura y vida tejen entre sí, para ciertas personas, una trama inextricable. Las palabras ajenas y el propio pensamiento se enzarzan y, sobre todo, dotan a lo visible de una intensidad sin la que, después de gustada, no se sabe atravesar los días. Esa gente está enferma de lo que los japoneses llaman 見立て, mitate, “mirar como”: la superposición de la presencia y el recuerdo, de la máscara y el rostro, de tiempos separados.

Es el poema de Ki no Tsurayuki confundiendo la nieve con los pétalos de los cerezos, o la recreación del mar en la grava del jardín seco del Ryōan-ji. Pero sólo unas ciertas condiciones propician la aparición de lo perdido. Basho y don Quijote hacen sus respectivas salidas en busca de una nueva experiencia, un lugar distinto y fuerte, que hagan latir de nuevo a las palabras. Anota Basho en uno de sus diarios que “más allá de Imasu y Yamanaka descansa la tumba de la dama Tokiwa. Moritake de Ise dijo que ‘el viento de otoño se parecía al señor Yoshitomo’, y yo me había preguntado cuál sería el parecido. Ahora yo también digo: el viento de otoño / se parece al corazón / de Yoshitomo”.

La ruta del Tokaido, la “Carretera del Mar del Este” que recorrió Basho, está pespunteada actualmente de monumentos discretos que recuerdan el paso del poeta: haikus grabados sobre piedra que aluden al paisaje que los inspiró y que hoy los sigue rodeando. Comparten sitio a veces con los pequeños budas que se enterraron durante la persecución religiosa del Japón bélico y sintoísta y que hoy también vuelven a bordear el antiguo camino. Esas letras de Basho esperan otro cuerpo para temblar en él y, como le ocurriera al poeta japonés, hacernos sentir allí más vivos, más verdaderos.

 El artista japonés Tsuchiya expuso en la galería Photosai durante la Feria Estampa (24 a 27 de septiembre) una serie de obras de tinta sobre papel basadas en haikus del primer viaje de Basho

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*Alfredo Mateos Paramio es editor de arte y experto en literatura y cultura japonesas. Es autor del blog de viajes senderosdeitaca.com

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