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Salvador Pániker: “el mundo ha cambiado menos de lo que se dice”

El fundador de Kairós habla sobre los sentimientos y la búsqueda de lo universal, de lo inalcanzable y lo pequeño.

Autor de una amplia obra memorialística, con piezas tan sugestivas como Segunda memoria, Cuaderno amarillo o Diario de Otoño, Salvador Pániker (Barcelona, 1927) es hombre de compleja clasificación o, como él afirma, de identidades múltiple; de él se dice en las biografías que es filósofo además de otras cosas como ingeniero, pero ese intento de definir siempre suena a incompleto o falso.

El fundador de la editorial Kairós nos muestra en sus dietarios textos en los que conviven el pensamiento y la actualidad, el mundo cultural y lo cotidiano, los sentimientos y la búsqueda de lo universal, lo inalcanzable y lo pequeño.

 – Dice el Tao: ‘El sabio no es erudito, el erudito no es sabio’. ¿Qué es más usted?
Soy un aprendiz en ambas direcciones.

– Hace cincuenta años fundó Kairós. ¿Qué le movió a hacerlo y que significó y qué recuerda de aquel momento?
Yo había sobrepasado ya los treinta años de edad y quería ser escritor, pero no sabía muy bien en qué género. Traía dentro mis dos genealogías, occidente y oriente; mis dos títulos universitarios, filósofo e ingeniero. Estaba casado con una gran mujer, la que luego se daría a conocer como Nuria Pompeia, y fue ella la que me aconsejó crear la editorial con un aliento digamos ecuménico, combinando mis genealogías y mis inquietudes intelectuales.

– ¿Cómo ha cambiado el mundo desde entonces?
Salvo en lo de la revolución informática, el mundo ha cambiado menos de lo que se dice.

– Kairós ha sido un modelo imitado por otras editoriales. ¿Es posible unir hoy ciencia y mística?
Es posible en la medida en que se conserve el sentido del misterio. Mi filosofía de lo retroprogresivo va por este camino.

– La primera vez que le leí sorprenderse por el pudor a contar la vida sentimental o sexual, a lo que la gente llama vida íntima, fue en el Cuaderno amarillo. Decía que eso no es la vida íntima. Entonces, ¿qué es?
En un libro anterior –Segunda memoria –ya escribí que uno ha desplazado el pudor hacia el lugar que le corresponde, hacia lo realmente abscóndito. Ya McLuhan había señalado que con el advenimiento de la era electrónica acabarían las gazmoñerías de la era literaria. Hoy es otra la intimidad que surge y debe respetarse. Esa nueva intimidad no se relaciona tanto con lo que no se debe decir como con lo que no se puede decir. De ahí que, en cierto modo, se me antoje más impudoroso un obispo hablando de Dios que un escritor hablando de sexo.

– ¿Es cierto que la mayoría de la gente carece de vida íntima?
La mayoría de la gente se las apaña bien con una cierta saludable robotización.

– ¿Por qué se tiene ese pudor a contar lo relativo al sexo?
No sé. Yo no lo tengo. O lo tengo dentro de los límites de la buena educación.

– Pero tiene aún pudor de contar su vida íntima, ¿lo va a tener siempre?
¿Quién soy yo, más allá del lenguaje con que me cuento quién soy yo? Este es mi secreto. Mi vida íntima es mi secreto. Un secreto que yo mismo desconozco cuál pueda ser. No se trata, pues, tanto de pudor como de respeto.

– En sus diarios cuenta sucesivas relaciones sentimentales. ¿No puede haber un amor duradero o no quiere que lo haya?
Un día me entretuve en contar el número de figuras femeninas que atravesaron mi camino. El número era elevado. Ahora bien, las realmente relevantes –las que eran hierofanías, las que te hacían olvidar la muerte– no eran muchas. Usted pregunta si hubo algo más que momentos, usted me lleva al terreno de mi supuesta superficialidad sentimental. Pues bien, yo estimo que no hay, ni hubo, tal superficialidad. Lo que ocurre es que el mundo –y uno mismo– discurre a ráfagas. Y también pienso que nada hay tan hermoso como una pareja envejeciendo juntos.

– Salvador Pániker es un hombre afortunado: más o menos ha hecho lo que ha querido, con buenos resultados, y ha experimentado la vida; ¿o, tal vez esa palabra –afortunado-, no sea la palabra idónea? ¿La vida es para experimentarla, es un valle de placeres?
Hablando un poco convencionalmente –lo cual no es malo– mi vida ha sido ciertamente afortunada. Tal vez haya influido mi filosofía, que es una mezcla de autoterapia, pragmatismo y sentido del misterio. Un tema largo. Mi viejo maestro Alan Watts solía decir que la vida no es un problema a resolver sino una realidad a experimentar. Lo que equivale a decir que alguien abierto a la experiencia no pregunta demasiado por las razones de existir. La preocupación por el sentido de la vida, que tantos totalitarismos doctrinarios ha generado, no es tanto una cuestión filosófica como el síntoma de que el flujo dinámico del vivir ha sido obstruido. Mi postura es ahí muy taoísta.

– La muerte no le da miedo pero, ¿le da pereza o curiosidad o alguna otra cosa?
No existe necesidad alguna de temer a la muerte. Se la puede temer y se la puede no temer: dependerá de diversos factores, algunos de índole endocrina. Decía Montaigne que los campesinos contemplan la muerte con indiferencia. Personalmente entiendo que la brutalidad de la muerte es de tal calibre que, en contra de lo que pensaba Heidegger, ni siquiera genera angustia. (A Alan Watts le generaba, a veces, una gran carcajada). La respuesta más sana, ya se sabe, es la de vivir aquí y ahora, donde nunca hay muerte.

– ¿En qué le cambió la muerte de su hija?
Me volví más agnóstico de lo que ya era. Más relativista y distanciado.

– ¿Está satisfecho con el cambio de opinión que ha contribuido a generar en la sociedad sobre la eutanasia, o cree que aún es insuficiente?
La sociedad española está ya madura para la eutanasia. Las últimas encuestan lo confirman: más de un 70 por ciento de la población acepta la eutanasia activa voluntaria. Quienes no están todavía maduros son los políticos.

– Cuándo alguien le pregunta ‘usted qué es’, ¿qué le responde?
A veces digo que soy un hombre de identidades múltiples, a veces respondo con alguna broma.

– Si le llamo místico, ¿me confundo, acierto, habría que explicarlo?
Yo suelo autodefinirme como “agnóstico místico”, es decir, alguien que conoce los límites de la razón y, al mismo tiempo, tiene oído para la trascendencia.

– ¿Desconfía de la espiritualidad? ¿Y de la religiosidad? ¿Y de todas las religiones o solo de algunas?
Espiritualidad es una palabra que me produce cierta alergia. Me ponen un poco nervioso todos esos gurús y maestros de espiritualidad que hablan de “vida interior”. Hay sólo una vida, que es a la vez interior y exterior. Mientras se distinga entre interior y exterior se permanece en la dualidad. En sus mismos orígenes lingüísticos, el espíritu (griego: pneuma, hebreo: ruah, sánscrito: atman) es algo material que significa aliento, soplo, vida. La disociación viene más tarde con las elucubraciones abstractas del ascetismo.
Con todo, reconozco que la palabra espiritualidad es bastante insubstituible. Nuestra época asiste a un renacimiento de la espiritualidad en detrimento de la religiosidad institucional.

– Ha dicho que en la primera parte de la vida hay que hacerse un ego, por supervivencia, y en la segunda, deshacerse de él, trascenderlo. ¿Es posible hacerlo?, ¿Lo ha conseguido?
La consigna es de Carl Jung y yo la suscribo. Construir un ego fuerte es indispensable para la autoestima y la supervivencia. Arrastrar luego este ego inflado hace imposible la liberación y la superación de la angustia por la muerte. No sé si lo he conseguido, pero me muevo en esta dirección.

– Recomienda que todos escribamos un diario, ¿es la mejor terapia? ¿Para qué sirve?
La mayoría de la gente no sabe verbalizar sus emociones, y las emociones no expresadas, o mal expresadas, son una fuente de patología. De ahí el diario como terapia cognitiva. El diario organiza el cuadro emocional y le da un cierto sentido. El diario es un buen instrumento para ser fiel a lo que Ortega llamaba “vocación”, y que yo denomino diseño de la “música propia”. Las personas que no alcanzan a diseñar esa música propia están como “desenfocadas”. No son como deberían ser. Pues bien, la ventaja de escribir un diario es que uno se acostumbra a verbalizar sus estados de ánimo y a corregir sus propios desenfoques.
Regla para el escritor de diario: no adaptarse uno al tema, sino adaptar el tema a uno.

– Cuando escribe su diario, ¿incluye las reflexiones que luego recogen sus libros, o estas son posteriores, muy reelaboradas en comparación con lo primero que anota?
Muchas de las reflexiones de mis libros arrancan de mis diarios. Bien mirado, esta es una manera de no disociar la filosofía de la vida. Recordemos la frase de Nietzsche: “Siempre he puesto en mis escritos toda mi vida; ignoro lo que puedan ser los problemas puramente intelectuales”.

– ¿Qué cuenta en sus nuevos diarios?
En mis nuevos diarios me voy adentrando en la senectud. La vejez es una devastación, pero la senectud puede ser sabia. En mis últimos diarios se refleja un empeño por conseguir un buen finale musical. Una cierta recapitulación de la poca sabiduría que he venido acumulando –tocando madera.

– ¿Por qué cree que, en la actualidad, tantos novelistas utilizan su propia vida como material literario? ¿Piensa que es una decisión editorial o que refleja la necesidad de los escritores –del hombre- de entenderse o explicarse a sí mismo?
Pienso que el impulso de un novelista y el impulso de un escritor de diarios no son muy distintos. Al fin y al cabo “yo” es el personaje desconocido que uno tiene más a mano. “Yo” es, ante todo, un recurso narrativo.

– Los libreros le tienen cariño y recomiendan sus libros. ¿Por qué cree que sucede?
Quizá porque yo también les tengo cariño a los libreros, esos pilares de la cultura.

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Una respuesta a Salvador Pániker: “el mundo ha cambiado menos de lo que se dice”

  1. Carol dijo:

    Maravilloso Pániker. Que inspirador. Simplemente, me encanta.

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