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“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

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El autor reivindica al al novelista, al lectory al libreroLuis Mateo Díez y Los desayunos del café Borenes

Luis Mateo Díez es el autor de ‘Los desayunos del Café Borenes’.

Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), novelista y académico, es autor de un buen puñado de libros personales (entre otros, los premiados La fuente de la edad y La ruina del cielo) y demiurgo de un territorio áspero, Celama, localizable en el mismo mapa poético que Yoknapatawpha, Macondo, Comala o Región.

A medio camino entre el relato y la reflexión, el autor nos ofrece ahora Los desayunos del café Borenes (Galaxia Gutenberg), libro en dos partes, reivindicación de la ficción y viaje nostálgico, reflexivo e irónico sobre la literatura y su sentido, y sobre “escritores que no son escritores, que escriben novelas que no son novelas para lectores que no son lectores”.

– ¿Un libro para reivindicar la novela y la lectura?
Los desayunos… parten de mi experiencia de escritor, del intento de contar de forma sencilla por qué escribo, de qué, cómo y para qué. Se desarrolla en una reflexión personal que intenta componer una poética particular donde están mis convicciones literarias y mi bagaje de escritor, de profesional; es pensamiento literario nutrido por esa experiencia.

– Hay una cierta humildad en toda su obra, y la hay en esta reflexión.
Huyo de la imagen de literato sabio que da doctrina y puede sustituir a los estudiosos, a los profesores; evito la pedantería y procuro ser más confesional. Esa humildad que dice proviene de la naturalidad con la que afronto la literatura, aunque mi estilo a veces sea complejo. Lo más importante para mí de la ficción son los personajes, ese callejón, esa vía de conocimiento a otros seres.

– ¿Escribe y crea a esos personajes para conquistar algo?
Siempre intento una conquista de lo ajeno; ese camino, esa lejanía del yo, es un camino de búsqueda. Uno no recibe en casa a sus personajes sino que sale a buscarlos a la calle, hasta que les da identidad y se apodera de ellos y se convierte en un servidor de la causa. Me considero un autor que procura estar a la altura de los personajes que escribe.

– En tiempos de la novela del yo, de la abundancia de la memoria en la ficción, se desmarca con un protagonista que, aunque pueda recordarnos a un Luis Mateo, no ofrece ni una pizca de memorias.
En la posmodernidad se han abierto caminos que nada tienen que ver ya con la vanguardia; todos bebimos de las vanguardias pero creo que ya están consumadas y consumidas, y en estas nuevas búsquedas de retos y caminos se ha encontrado una cierta complacencia en la inclusión de uno mismo, se ha dado un alejamiento de la ficción poderosa, no hay construcción de grandes personajes; lo que acaso ha contribuido a la rebaja de la ficción.

– ¿Nunca le golpea la tentación de escribir sus memorias?
No. Siempre salgo de casa para buscar, no me miro en el espejo. Siempre he ido al callejón, porque una parte de los seres que uno ha conocido y más le han influido y nutrido son los imaginarios. No he tenido esa intención de escribir memorias, no las escribiré jamás, además conviene haber tenido una vida adecuada, destinos vitales especiales, fascinantes, y yo tengo poco que contar que no sea lo que invento.

– ¿A la vuelta de la esquina está todo, cómo se lee en su libro?
Prácticamente. Mis personajes son frágiles, de fuerte vida interior, no van a cazar leones a África; en sus vidas hay unas rutas rutinarias y esas vidas anodinas en algún momento se rompen al dar la vuelta a la esquina; entonces hay un salto a lo misterioso y a lo más secreto de uno mismo. Mis personajes son frágiles, extraviados, perdidos… los miro con una perspectiva de heroicidad sin poner los elementos degradatorios, son de una dignidad extrema.

– Ahora el perdedor está mal visto.
El perdedor era un personaje con una aureola romántica. Lo mitificó el cine, rodeado de un aura melancólica, y está mucho en la novela negra. Ahora vivimos más una sociedad del éxito que del fracaso, que intenta venderte productos que tienen un color atrayente y brillante. Es una gran contradicción en el mundo en que vivimos, un mundo de gente que sobrevive con destinos más orientados a pérdida que a ganancia.

– ¿Por qué urdió, o trazó, Celama?
Desde mi primera novela, Las estaciones provinciales, que era realista, con una ubicación en mi ciudad pero no explicita, empecé a sentir la necesidad de iluminar un mundo donde los referentes exteriores no me resultaran necesarios, donde hubiera unos personajes peculiares con una onomástica diferente y unos espacios determinados por las atmósferas; eso tenía que ver con una geografía, y así llegué a Celama, que era un mundo que necesitaba inventarme, y por ahí seguí. Hay una provincia genérica, donde hay muchas ciudades, y el suroeste es donde está Celama, que acabó siendo muy imaginario con algún referente de realidad, una dimensión muy fantasmal, porque se hablaba de los muertos. Una vez que cerré la trilogía quedó cerrada pero supura por esas ciudades de sombra.

– Ciudad de muertos, como la Comala de Rulfo.
Siempre me gustó mucho Rulfo. Siempre me fascinaron estos territorios poéticos, el escritor acaba conquistando una gran libertad. He hecho un mundo mítico a mi gusto, que funciona como me da la gana: hay un tiempo sin tiempo, una petrificación, un conducto de libertad. Prefiero tener mi provincia algo desorientada en mi cabeza porque sus personajes tienen algo de extravío y gran vida interior, vidas a veces grotescas.

– Dice que, para escribir, lo primero es el título. ¿Antes aún que los personajes?
La idea poética que empieza a irradiar, ese primer latido, deriva en un título; en seguida llegan esas primeras presencias desdibujadas, que empiezan a tener relieve en el nombre. Los títulos no los cambio, he tenido luchas previas pero, cuando ya están creados, no cambian.

– ¿Cuándo llega el conflicto, la lucha de los personajes?
Viene un poco a la vez; el personaje no es un ser del más allá, estático, al que me acerco; una vez que tiene el nombre ya le está pasando algo. Mis personajes están siempre en movimiento.

– ¿Al lector se le puede exigir, como exigen los desayunadores del Borenes?
Al escritor se le puede exigir que la novela sea un reto poderoso, que no engañes al lector. Hay un juego de exigencias que es el que nutre una literatura compleja, enriquecedora para quien la lee y para quien la escribe.

– Además de al novelista y al lector, reivindica al librero.
La figura del librero es fundamental. El librero clásico como lo conocemos no es un dependiente de cualquier otra cosa, sino alguien en el comercio de los libros en el buen sentido, en esa tradición del que se informa y sabe lo que vende, lo que lee y conoce, sabe orientar. Un libro dice algo en la contraportada pero un librero dice algo de propia voz. Si desapareciera el librero estaríamos desasistidos y seríamos compradores en situación de naufragio.

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