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2.0 TDCi 210 CV Powershift ST Line 4x4Probamos el Ford Edge: “Yes, we can”

Con la maleta recién hecha de Estados Unidos, lugar de nacimiento, el Ford Edge impone nada más verlo. Nosotros los hemos probado en profundidad.

Hay quien ama la cultura estadounidense. Una sociedad que hace todo ‘a lo grande’. Edificios, inversiones, comida, carreteras, parques. Todo está fabricado siguiendo la medida King Size. En este sentido, los coches tampoco son una excepción ya que por sus carreteras circulan auténticas bestias que, en Europa, no solo ocuparían un carril y medio, sino que lo más probable es que se quedaran atascados en las entradas de muchos aparcamientos subterráneos.

Sí, porque al conductor medio americano le gusta que su coche imponga. Sentirse poderoso, mirando al resto por encima del hombro, con respeto eso sí, pero con superioridad. Quizá por ello, cuando Ford se aventuró a sacar la primera generación del Edge, pensó única y exclusivamente en los yankees. Una primera generación que apareció en el mercado allá por el año 2006, cuando en Europa el fenómeno SUV comenzaba a gestarse –eso sí con modelos de gran porte como el Volvo XC90, el Audi Q7 o el Porsche Cayenne, entre otros-. Pero la llegada de la crisis provocó que el poder adquisitivo de los compradores fue menguándose al mismo ritmo que lo hacían las ventas de vehículos y, sobre todo, el tamaño de los mismos.

No obstante, una vez la recesión parece haberse superado por completo, el segmento de los crossover o SUV ha vuelto a subir como la espuma. Quizá por ello, Ford decidiera que este era un buen momento para que su todocamino más grande, el Edge, cogiera sus maletas y ‘saltara el charco’.

Tamaño king size

Así es como ha llegado por fin a nuestras manos. Sí, decimos por fin, porque este era uno de esos vehículos que, sin saber muy bien por qué, tienes en el punto de mira. Quizá fuera por el diseño o por su grandiosidad, pero un servidor tenía predilección por el Edge desde que Ford lo presentara. Un coche que, en persona, no decepciona en absoluto, justamente por esas dos cualidades: diseño y dimensiones.

Sin llegar a ofrecer unas líneas extrovertidas, lo cierto es que su aspecto llama la atención. El frontal es típicamente Ford, con una parrilla hexagonal de gran tamaño flanqueada por unos grupos ópticos sugerentes. En cambio, lo que de verdad nos enamora es su zaga, con esa tira de LED rojo que conecta ambos faros traseros y le otorga un carácter especial, muy a lo Nueveonce. Más abajo, y como parte exclusiva de nuestro acabado, aparece un difusor con dos salidas de escape cromadas que enfatizan el carácter deportivo del modelo. Y es que no hay que olvidar que estamos a los manos de la versión más picante de todas ST Line (nombre que acaba de adquiere para el mercado español pero que aún estaba pendiente de homologación cuando lo cogimos, de ahí que en el portón veas el emblema Sport).

Un conjunto que se completa con unas enormes llantas de 20 pulgadas montadas sobre neumáticos en medida 255/45 R20. Porque como hemos dicho, todo en el Edge está pensado a lo grande, incluso sus dimensiones, dado que el SUV norteamericano presenta una longitud de 4,81 metros, una anchura de 1,93 y una altura de 1,69 metros, es decir, que es 28,4 cm más largo y 7,2 cm más ancho que el Kuga Vignale que probamos hace tiempo, el hasta ahora todocamino más grande de Ford.

Cabe de todo

Proporciones que le permiten ofrecer un habitáculo digno del segmento en el que pretende dar guerra. Una habitabilidad que, en esencia, es la misma que ofrece el Mondeo, pues ambos comparten la misma plataforma. Con una distancia entre ejes de 2,85 metros, en su zona trasera se podrán acomodar personas que rocen los 1,85 metros de estatura sin ningún problema. Pero además, gracias a la excelente anchura interna y a la ausencia de un túnel central voluminoso, el que ocupe la plaza central lo hará igual de cómodo. Eso sí, nos hubiera gustado que los respaldos fueran algo más anchos o, al menos, que ofrecieran algún tipo de inclinación para mejorar el confort.

Un poco más atrás, en el maletero, la sensación de amplitud se mantiene. A través de un portón eléctrico con función manos libres (el botón de cerrado resulta algo pobretón) se accede a los 602 litros de capacidad. No es un mal dato, pero por ejemplo se sitúa por debajo del de rivales directos como el Skoda Kodiaq, el Peugeot 5008 o el KIA Sorento. También echamos en falta que la segunda fila se pueda desplazar longitudinalmente, para así mejorar el dato con cinco asientos, aunque si buscamos más espacio solo tenemos que abatirla y gozar de los 1.847 litros que nos brinda. Por último, la boca de carga se queda algo más elevada que en el Kuga, aunque no es demasiado incómoda para cargar objetos.

Sorprende que la firma del óvalo no haya optado por incluir una tercera fila de asientos, hecho que quizá se justifica, primero, porque quien quiera un siete plazas puede optar por el  S-Max y, segundo, porque lo más probable es que esa tercera fila de asientos, además de añadir peso y restar capacidad de carga, solo sería útil para niños de corta estatura, tal y como ya le ocurre a otros rivales como el Nissan X-Trail.

Sinergias

Si nos movemos a la zona delantera, tendremos la sensación de estar viviendo un déjà vu, puesto que la consola central del Edge es casi un calco de la que ya ofrecen el Mondeo y el S-Max. Si bien vamos situados bastante más arriba que en sus hermanos, en lo que a diseño se refiere, se mantiene la ausencia de estridencias. La consola central y sencilla, con una hilera de comandos que lejos de parecer pobretones, le dan ese aire funcional que tanto gusta a los clientes norteamericanos. En la parte alta, se mantiene la pantalla táctil de 8 pulgadas con un funcionamiento rápido e intuitivo en la que se monta el sistema multimedia SYNC2 totalmente compatible con Apple CarPlay.

Monitor que se complementa con los ubicados en el cuadro de mandos. En concreto hay tres en la que se pueden visualizar tanto los principales datos de nuestra conducción, como los asistentes (que son muchos y muy variados), la actuación del sistema de tracción total, etc.

En marcha

De los dos motores diésel disponibles para este acabado, de 180 y 210 CV ambos a partir del bloque 2.0 TDCi, nosotros optamos por el más potente, el cual añade un turbocompresor más para llegar a dicha cifra de caballos.  Un propulsor que se combina, obligatoriamente, con la caja de cambios automática de doble embrague, Powershift, de seis relaciones, ya que la tracción total también está disponible en el de 180 CV (que se asocia con la caja manual).

Una combinación agradable tanto a la hora de circular por vías rápidas, como por carreteras secundarias, aunque en determinadas circunstancias, la transmisión nos pareció demasiado conservadora, incluso en la posición “S”, ya que no arriesga a la hora de revolucionar el motor. Los 400 Nm de par (un buen dato) aparecen a las 2.000 vueltas, aunque su régimen de actuación solo llega hasta las 2.500 rpm, lo que evita que optemos por ejercer una circulación dinámica. No obstante, aunque su chasis ofrezca una excelente puesta a punto, el Edge no es un todocamino con ADN deportivo. Es un rutero como dios manda, muy al estilo de ‘carretera y manta’ aderezada con una buena ‘panzada’ de kilómetros, tal y como les gusta a los norteamericanos…

Ahora bien, en caso de que te muevas más por vías reviradas, sabrá compensarte con una suspensión firme, que evita cualquier balanceo de la carrocería, así como con una dirección precisa y bastante informativa (con desmultiplicación variable en opción) que logra colocar los 4,81 metros de carrocería y los casi 1.949 kilos de peso en la trazada. Un dato, este último, que quizá sea su gran lastre, nunca mejor dicho, ya que repercute directamente en el consumo. Y es que durante la prueba, el gasto medio que ciframos no bajó de los 8,7 l/100 km (homologa 5,9), pudiendo incluso superar los 10 litros si decidimos dar alegría a nuestro pie derecho mientras afrontamos un tramo con curvas.

¿Y el campo, qué pasa con él? Muy sencillo, mejor verlo de lejos. La tracción integral y la altura libre al suelo (de 20,3 cm) serían los únicos elementos que nos permitiría hacer alguna escapadita por caminos no asfaltados de baja dificultad, ya que ni los comentados neumáticos ni los ángulos de ataque o salida (18,8 y 22,4, respectivamente), son para conducir en estas condiciones. Si quieres salir al campo con un Ford, será mejor que poses tu mirada sobre el pick-up Ranger, otro modelo nacido y criado para el público yankee.

No es barato

Una de las grandes bazas de este acabado es que, de serie, incorpora un sinfín de elementos tanto de confort como de seguridad. Sin embargo, pese a que la tarifa ya asciende a los 53.500 €, si quieres optar por el Edge más completo de todos, el mismo que nosotros condujimos, deberás preparar otros 6.325 €, dejando así el precio en los 59.875 € de la unidad que ilustra estas líneas. Eso sí, como decimos no te faltará de nada… salvo quizá las barras de techo en negro, para dotarle de ese aire más familiar.

Un aspecto en el que el Edge destaca es en el de la seguridad. De serie, el SUV americano equipa faros LED con asistente de luces de carretera, detector de fatiga, lector de señales o frenada de emergencia en ciudad. Opcionalmente puede sumar el control del ángulo muerto (450 €), el control de velocidad de crucero adaptativo (500 €) o los cinturones de seguridad traseros inflables (250 €).

Resulta evidente que Ford no pretende entrar en el juego de la competencia entre precios, ya que las pretensiones de este Edge van más allá de eso (no obstante, la gama parte de los €). Lo que ha querido demostrar la marca americana es, precisamente, que los coches norteamericanos no sigan viéndose como grandes hierros que ocupan todo el ancho del asfalto, sino como imponentes máquinas con un nivel de refinamiento alto, digno de Europa, pero con sello made in USA.

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