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“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

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Relojes

195 AÑOSVisita al castillo de Môtiers, el orgullo de Bovet

Pascal Raffy, dueño de la firma relojera, nos abre las puertas de su exclusivo e histórico feudo suizo

Este año, Bovet celebra su 195 aniversario. A un lustro de llegar a los dos siglos, pueden presumir de un saber hacer ancestral, unido a una tecnología avanzada, que da como resultado una marca para la mayoría confidencial, aunque una de las fetiche para los coleccionistas internacionales. Con boutiques frente al lago Leman de Ginebra (rue Pierre Fatio, 5), Nueva York, Moscú y Bakú, es entre Tramelan –aquí la manufactura Dimier 1738 de alta relojería artesanal–, y lo alto de Môtiers –sede del castillo y los worshops– donde estas maravillas relojeras se hacen realidad.

Dicen que lo mejor siempre hay que dejarlo para el final. En este caso, es difícil decir qué es bueno y qué es mejor. Quizá el término excelencia lo inundaría todo, aunque la sorpresa más impactante, en un plano positivo, obviamente, es cuando uno llegar al castillo de Môtiers. Y si uno tiene el placer de ser recibido en el lugar por su propietario, Pascal Raffy, al mismo tiempo dueño de Bovet, el hecho queda grabado por siempre. “Un placer saludarlo”, me dice en un perfecto español cuando conoce mi origen. Es un hombre que estrecha la mano con seguridad y calidez. Nos hallamos en una construcción que data de principios del siglo XIV, y que tuvo como primer propietario a Rodolphe IV, conde de Neuchâtel. Habría que esperar hasta 1835 para que pasara a manos de un Bovet, Henri-François Dubois-Bovet, descendiente de la familia relojera. Hace ahora justo seis décadas sería donado al cantón.

“Mi sueño era hacer que Bovet volviese a su origen, traer la marca a su lugar de nacimiento”, explica Raffy. Propietario ya de la firma relojera, decide en 2006 adquirirlo. Tras dos años de obras, el resultado es extraordinario, trasladando aquí el montaje de las piezas, así como su decoración. “Soy coleccionista, no creador de relojes”, nos deja claro el propietario, un hombre paciente. “Tenemos capacidad para crear cinco mil unidades al año, pero preferimos realizar dos mil. Es una casa que está hecha, además, para la medida”, dice orgulloso, porque no hay que olvidar que las creaciones únicas es otro de los puntos fuertes de Bovet, con lo que tiene total coherencia esta frase suya, “el lujo es una cosa, servicio”, y que pronuncia tras dar una serena calada a su purito Davidoff.

Monumento histórico, donde la piedra es la reina, y que ocupa una superficie de 3.000 metros cuadrados, protegido por una frondosa vegetación, y por supuesto por cámaras de seguridad; el castillo de Môtiers, donde nos encontramos, es una fortaleza de saber hacer ancestral. Bajo los techos de vigas, una quincena de maestros artesanos se encargan de ensamblar las diferentes piezas de cada creación Bovet, así como de los grabados y decoración final. Otra estancia, el comedor en el que charlamos con el señor Raffy, está presidido por una colección privada de relojes de bolsillo, de los siglos XIX y XX, con impresionantes grabados, motivos, oro, perlas…

Al salir, llama mi atención una placa en el exterior que dice Rue Bovet de Chine y la matrícula del Rolls-Royce coupé del anfitrión, que muestra el número 1822, año de creación de la marca; un hombre, Mister Raffy, que mantiene el mismo discurso en el terreno familiar como en el profesional. La mayoría de sus creaciones, las de Bovet, aparte de por su perfección mecánica y acabados estéticos, destacan por ser versátiles, para la muñeca, para posar sobre la mesa… y llevar en el bolsillo.

Un final, el que dejaba entrever al principio, excelente, para una marca sinónimo de excelencia.

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