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“Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.”. Montesquieu

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Cherchez la femme

… vestido de naranja Hermès

"¡Cuánto me gustan los tarjetones que recibo por correo y qué poco las invitaciones por mail!" Y sobre H.

Me llega vía mail una invitación con dos torres Eiffel. Una naranja, la otra amarilla. ¡Cuánto me gustan los tarjetones que recibo por correo y qué poco las invitaciones por mail! Reconozco que es práctico, aunque reconozco más que estas últimas carecen del encanto de las primeras. La cosa es que figura un dress code: touche de jaune et/ ou orange (toque de naranja y/o amarillo). Como el amarillo no es precisamente el color de la buena suerte, según las gentes de teatro –y mi abuelo formaba parte de esas gentes– y además no creo tener nada de ese color, apuesto de cabeza por el naranja. Miro en el armario y rescato un polo que adquirí hace pocos años en Hermès (mi H favorita) y unas alpargatas del mismo color y de otra marca.

Nada de total look orange, a lo butanero (respetable profesión, por cierto; aunque hace ya mucho no vea a uno de ellos). Recordemos que en la invitación figura touche. Llevaré tres touches: el polo y el par de alpargatas. Llega el día y salgo de casa así. Me miro en el espejo del portal y me gusta el look. Eso sí, T. seguro que “me sacaría cantares”, repitiendo aquello de que voy vestido de lo más pédé. Lo importante es que voy acorde al evento. Nada más llegar, la señorita de la puerta me agradece haberme metido en el papel. Sí, porque me parece una descortesía no hacerlo, así como no me agrada esa gente tan seria, tan aburrida que no se ciñe a lo que figura en la invitación que le enviaron. Nos debemos a nuestros anfitriones.

Rémy Le Liepvre llega acompañado de su adorable (y curranta) mujer, Sophie. Es él precisamente quien me presenta a Alain Borgers, director del Shangri-La Paris. “Merci d’être venu … et en plus habillé comme ça !”, me dice sonriente Borgers. A la entrada, un fotógrafo nos inmortaliza. Me topo con Y. También vuelvo a encontrarme con su amiga H., a quien vi el martes en el George V. Fui tan estúpido que no la reconocí. En realidad, era la segunda vez que veía a H. (aquí no se trata de Hermès, sino de otra H… que me gusta más). La primera fue hace años, cuando se ocupaba de la comunicación de una famosa firma de macarons. Hija de francés y japonesa. Divina. Nos hacen una foto juntos en el photocall. Nos la dan por duplicado. Fantástica. Sonriente. A su lado no me veo tan mal. Será por la luz y la positividad que parece desprender. Antes, he charlado un buen rato con A. Vino sola. Yo también, y eso que la invitación era para dos….

Pensé en invitar a M., para celebrar que acaba de firmar en Chanel. Hay un grupo que actúa live en el hotel. Hoy, según el calendario, llega el verano. Según la realidad meteorológica, parece que lo estamos despidiendo. En muchos rincones de París tocan grupos. Es la Fête de la musique. Parece como que la música y la juerga esta noche lo tienen todo permitido. Bebo champán con jugo de naranja. No porque me entusiasme, sino porque va a juego con mi polo y las alpargatas! Al salir, no llevo a H. de la mano, sino una torre Eiffel de colores naranja y amarillo, en edición especial. Original obsequio de despedida, aunque, pensándolo bien, ¿dónde demonios lo voy a poner? ¡Ah! Ya sé. Se la regalaré a H. Con eso de que es medio japonesa, y los japoneses adoran cualquier icono relevante, seguro que le gusta… y tendré un buen pretexto para volverla a ver!

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