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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Cromosoma L

DE NOTAS, IONES Y OTRAS ORQUESTAS

Desde el reproductor musical hasta nuestro oído, la música experimenta una auténtica travesía fisiológica.

Baje la aguja del tocadiscos, encienda la radio o pulse el play de su Ipod. Elija. Al margen del fetichismo por uno u otro aparato, el sonido que se sucede a continuación sigue un mismo camino. Primero una nota. Luego otra, otra, otra, una más. Un acorde. Varios. Y así hasta una melodía, una canción, una sonata o una ópera. Acompáñeme a una travesía fisiológica junto a esa primera nota musical.

Las ondas que emiten los dispositivos a través de los cuales escuchamos música se
denominan ondas de presión. Las moléculas que están presentes en el aire se comprimen y descomprimen de modo que permiten que esta clase de ondas se propague y lleguen hasta nuestros oídos. Si entre la fuente emisora y nosotros interpusiéramos un espacio vacío -pero vacío, absolutamente vacío- el resultado sería… ninguno. Ningún sonido llegaría a nuestro oído porque no habría materia que sirviera de vehículo a las ondas.

Ondas, materia, moléculas… ¿qué es exactamente el sonido? Nada más que la palabra que
empleamos para designar lo que nuestro cerebro entiende cuando percibe esas ondas. De ellas, el cerebro interpreta la frecuencia -los agudos y los graves-, la amplitud -el volumen- y la duración. Nosotros percibimos de 20 a 20.000 hertzios. Sin embargo, los elefantes son capaces de oír por encima de los 50.000 Hz y los pájaros por debajo de los 20. Como en tantas otras cosas, los humanos estamos bastante limitados. Por suerte, My way de Sinatra , la Pasión según San Mateo de Bach, o Sinnerman de Nina Simone están dentro del espectro audible y podemos disfrutar de ellos como sigue.

La onda se propaga en todas direcciones y en una de ellas se topa con el pabellón auditivo. La oreja u oído externo en sí tiene una estructura extraordinaria para captar sonidos y es capaz de recibir, localizar y concentrar la onda hacia el interior del conducto auditivo. Algunos animales son capaces de orientar el pabellón auditivo -sí, de mover la oreja- para captar mejor el sonido. La onda llega entonces al tímpano, una finísima membrana de unos pocos milímetros de diámetro que se mueve según las vibraciones que recibe. Constituye el umbral del oído medio y está conectada a la cadena de huesecillos. El diminutivo de huesecillos no podría estar mejor empleado: son tres, martillo, yunque y estribo, y en conjunto no pesan más de 0,05 gramos. El tímpano está conectado al martillo al cual transmite las vibraciones y este golpea al yunque y estribo. Así se transforma la vibración en un movimiento mecánico.

En el estribo, una membrana ovalada transmite el movimiento a otra membrana, ya en el
oído interno. Los agudos los notamos al comienzo de esta última membrana llamada basilar y los graves prácticamente al final. En una u otra región, unos cilios de unas células sensoras oscilan con la frecuencia que se les ha transmitido. Eso desencadena un complejo baile de iones de potasio, cloro y calcio que entran y salen de la célula lo cual culmina con la liberación de un neurotransmisor -el glutamato- que excitará a las neuronas. En este punto percibimos el volumen: dependerá de la frecuencia con que este glutamato se libere y del número de neuronas que hayan sido excitadas. Unas neuronas se comunican con otras hasta llegar al tálamo y de ahí a la corteza auditiva donde se determina el parámetro que quedaba, el tono. Así, sonidos de tono similar se perciben en regiones próximas en el cerebro.

La guitarra de Eric Clapton en Layla, el piano del Trio de Schubert, o la batería de
Superstition de Stevie Wonder deben muchísimo a un puñado de iones, algunas membranas y unos minúsculos huesos: al fin y al cabo nuestra auténtica orquesta.

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