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El nombre y el logotipo reivindican el pasado de un pueblo de pastoresMajariega, vuelta a los orígenes

La cerveza artesana que solo se bebe en Majadahonda

Una cerveza artesana, producida en la localidad madrileña de Majadahonda, reivindica con su nombre y logotipo el origen del lugar que no hace tanto era una pequeña aldea de pastores. Hoy todavía conserva el nombre de la majada que fue e incluso algún que otro rebaño.

La Majariega es la cerveza de moda en este pueblo de más de setenta mil habitantes. En los años 60 aquí vivían menos de dos mil, agrupados en poco más de una calle con casas típicas de regiones devastadas a ambos lados. Alrededor solo había rebaños, pastores y labriegos. Todavía queda algo de eso cercando la ciudad, pero hay más ladrillo que campo. Y también más bares. En unos cuantos sirven Majariega, la cerveza local que compite con las grandes marcas.

El creador de esta cerveza artesana es un tipo de 27 años que compagina el reparto en Telepizza con la producción cervecera. Sergio Martínez empezó en casa, con tres ollas y ocupando los dos únicos fuegos de la cocina de su madre, que es una señora de natural comprensiva. Un año y medio después no da abasto para cubrir la demanda.

Cereal, lúpulo, levadura y agua

Esto va así: el grano de malta o de lo que sea se cuece en agua, el almidón fermenta con levadura y se convierte en azúcares, se añade el lúpulo y se esperan unos 25 días antes de beberla. Pero no es tan fácil, porque el agua no debe tener cloro, porque la temperatura es importante, porque el enfriamiento también cuenta, la levadura hay que mimarla porque es la que hace la cerveza, hay 130 variedades de lúpulo, los granos pueden ser de un solo cereal o distintos, el proceso de fermentación es delicado… Influyen todos esos factores que son los que luego hacen que, por ejemplo, nos guste una Mahou y no soportemos una Cruzcampo.

Aunque la cerveza artesana tiene muy poco que ver con las comerciales. El aroma y el sabor son completamente diferentes; también el color. Mientras que la cerveza industrial es toda igual, esta es más rica y variada, con muchos matices. Aquí no hay químicos. Tampoco se le echa maíz ni arroz, que abarata el proceso y endulza. No hay CO2 añadido; la gasificación es natural, por lo que esta cerveza no produce dolor de cabeza. Se percibe el sabor de los ingredientes. Y no está pasteurizada.

Nos falta una cultura de la cerveza, opina Sergio. «Yo veo esos chavales que beben a lo bruto y creo que en vez de prohibir, deberíamos enseñarles a beber. Igual que hacemos con el vino, tenemos que aprender a degustar cervezas, reconocer sus ingredientes, saber maridarlas… La cerveza industrial es toda igual, en las artesanas hay más de 1500 tipos. Y cada una va bien con un plato. Por ejemplo, un asado de cordero es perfecto con una cerveza negra».

Sergio llevaba sus experimentos a los compañeros de trabajo. Probaban la cerveza (siempre al terminar la jornada de idas y venidas con la moto, por supuesto) y aquello empezaba a gustar. Cada día tenía mejores críticas. Así que pasó a venderles botellas para el fin de semana, para una fiesta…

Majariega, fácil de recordar

Vencido el escepticismo inicial que había generado a su alrededor, su hermano, Adrián, diseñador gráfico, se puso a crear la imagen corporativa. «Yo he probado muchas cervezas artesanas y luego nunca me acordaba del nombre. Así que tenía muy claro que esta debía identificarse con el pueblo, con el lugar donde se produce, con la comunidad de pastores que fuimos en origen; tenía que ser una cerveza de aquí, como nosotros: Majariega».

Además, debía tener una oveja en el logotipo, como tiene el escudo del pueblo. Las etiquetas son diferentes para cada uno de los tres tipos de cerveza que, de momento, comercializan: Golden Ale, una rubia más tradicional, pero con sabor, de 5,5º; Pale Ale, más amarga, con cuerpo y aroma; y la Ipa, aromática, con más sabor a lúpulo, pero de solo 4º. Cada una tiene su color y una historia en la parte posterior: «Esta tiene el dibujo del taxi del padre de una amiga que nos ha ayudado mucho al principio, con su número de licencia y todo, es un homenaje —cuenta Sergio—. En esta otra dibujé un pajarito que encontré muerto en el sótano, se metió en el local y, probablemente, no supo salir. Me dio tanta pena, que le hice este tributo…».

Porque los hermanos Martínez ya tienen un local donde fabrican la cerveza, con sus tanques de fermentación bien brillantes y su grifo de gres que arroja Majariega, más elegante que la Estrella de Galicia. En este caso, claro, no es de Sargadelos, sino de Majadahonda. Elena Pujol, una escultora del pueblo, les hizo la cerámica y el molde de una oveja, como procedía. Todavía no ha reunido un rebaño, pero ya tiene varios grifos balando por ahí.

Como atravesar Mordor

Nos gustan estos chicos porque, como diría Rajoy, hacen cosas; pero sobre todo porque las hacen bien. No hay más que probar su magnífica cerveza. En un año y medio se han convertido en profesionales con todos los permisos de producción en regla y abastecen a los bares locales. El camino no ha sido nada fácil, muy parecido a atravesar Mordor, dicen. En el ayuntamiento desconocían el proceso y pensaban que producir cerveza podía resultar ruidoso, emitir olores… Nada más lejos de la realidad. «Es lo más parecido a hacer una infusión —dice Sergio—. Esto es como quien tiene un obrador, un proceso de calentar, enfriar y esperar la fermentación; nada más».

Fabricar cerveza artesanal es una actividad respetuosa con el medioambiente. Y más en este caso. Después de la producción queda un residuo. El bagazo de la cerveza es un producto de sabor agradable, rico en proteínas, sin alcohol, que los hermanos Martínez se encargan de llevar a las ovejas de Majadahonda, en el Monte del Pilar. A ellas les encanta. Es otro tributo a las inspiradoras de la marca Majariega. La vuelta a los orígenes.

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