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Incubadora de ideas y proyectos medioambientalesDarwin, un proyecto alternativo y de futuro en Burdeos

Con motivo de la Cumbre del Clima apostamos por las ciudades inteligentes con futuro.

Las ciudades son como los seres vivos: evolucionan y se transforman. Las que no se renuevan, acaban muriendo.

Hay mentes brillantes y clarividentes que huelen el peligro. También son capaces de ver venir a lo lejos una gran oportunidad, intuyen que se va a producir un cambio drástico y se anticipan a él. Aunque lo que suele ocurrir casi siempre es que las nuevas circunstancias se instalan y nos obliguen a adaptarnos a posteriori, a veces con dolor y a regañadientes. Quien no lo hace, pierde o queda al margen. Con las ciudades, que al fin y al cabo están gestionadas por mentes brillantes con las ideas claras o por torpes inoperantes, ocurre lo mismo.

La transformación que se ha producido desde finales del siglo XX en grandes ciudades portuarias europeas nos fascina especialmente. Ciudades tradicionalmente prósperas, trabajadoras y abiertas al comercio y al intercambio que han visto como su industria pesada y contaminante, la siderurgia, los astilleros, la industria textil, se han mudado a Oriente; cuyos puertos han pasado a segunda división porque las principales vías comerciales se han trasladado de las dos orillas del Atlántico a Asia y el Pacífico; ciudades en las que a pesar de la crisis económica sigue vivo el espíritu emprendedor y el ímpetu creador que les han llevado a reinventarse. Y no nos referimos a convertirse en un parque temático urbano.

No faltan ejemplos de grandes urbes situadas en estuarios, atravesadas por ríos navegables, próximas al mar, cuyo paisaje industrial, arquitectónico, urbanístico y humano se ha transformado radicalmente en las últimas décadas: el East End londinense ha dejado atrás la marginación y hoy es el barrio más cool; Amberes y Rotterdam mantienen su supremacía de principales puertos europeos y junto a las terminales de contenedores, las viejas instalaciones decadentes reviven con nuevos contenidos culturales y empresariales; el puerto de Hamburgo mira al futuro con el gigantesco proyecto HafenCity y con la Filarmónica del Elba, cuya apertura está prevista para 2017, como el nuevo faro de la cultura y el arte; en el vecino Portugal, Lisboa y Oporto ofrecen espacios industriales y fabriles y antiguos almacenes portuarios a nuevos proyectos empresariales, culturales y de ocio. De nuevo: renovarse o morir.

La pregunta ahora es: si no queremos que estos espacios urbanos se conviertan en parques temáticos idénticos entre sí y con contenidos banales, si lo que buscamos es un motor de actividad económica (además del turismo donde somos líderes mundiales), en la que los europeos podamos despuntar ahora que parece que estamos perdiendo la batalla de la globalización, ¿qué sectores pueden ser los que reemplacen a nuestra vieja industria pesada y contaminante y ocupen los espacios que ésta ha abandonado? Seguramente la respuesta está en sus antípodas: en la economía verde.

Una de las claves nos la acaba de dar una ciudad de tamaño medio, pujante e innovadora, situada a orillas de un gran río y con una larga tradición comercial ultramarina: Burdeos. Ya hablamos de sus nuevos proyectos urbanísticos y de viviendas sostenibles, de su sistema de transporte no contaminante. Hoy nos centramos en un pequeño proyecto dirigido a investigar y aplicar soluciones medioambientales. Algo que precisamente estos días, cuando se celebra en Paris la Cumbre del Clima y vemos imágenes de ciudadanos chinos (y a menor escala, madrileños) cubiertos con máscaras y envueltos en una espesa capa de contaminación, es un tema en boca de todos.

El proyecto Darwin en Burdeos acoge asociaciones y empresas de la llamada “economía verde”. Ocupa una hectárea en la margen derecha del río Garona donde antes estaban las dependencias de una caserna del ejército. Es a la vez lugar de trabajo, de creación e investigación que pretende impulsar a las start-ups dedicadas a la transición hacia una economía respetuosa con el medio ambiente y al desarrollo sostenible. Aunque ahora se encuentra rodeada de un descampado, en el futuro formará parte de un nuevo espacio urbano poblado de viviendas sociales. El lugar aparenta un cierto abandono, con sus muros decorados con grafitis, el suelo cubierto de charcos y su skatepark construido con materiales reciclados. Pero aquí trabajan más de 70 empresas que comparten oficinas, todas ellas provenientes de la economía verde y creativa, requisito esencial para poder instalarse aquí. El alma de este proyecto son también la veintena de asociaciones volcadas en la cultura urbana y la ecología que también han instalado su centro de operaciones en este lugar. En Darwin encontramos pequeños proyectos aparentemente tan modestos y nimios como la protección de las abejas, la cría de gallinas libres o la construcción de huertos biológicos. Darwin alberga también un centro de reciclado, que suministra materiales de equipamiento a los espacios de co-working. Los fines de semana, la macrotienda de productos ecológicos y el restaurante bio están a tope. Todo el “ecosistema Darwin” está gestionado por el grupo Évolution, una incubadora de empresas dedicadas al desarrollo sostenible. Se financia gracias al alquiler de oficinas y espacios de co-working, con la organización de eventos y también con apoyo de mecenas y en menor medida de subvenciones públicas.

El futuro será verde o no será. Para vivir bien, no sólo sobrevivir, es necesario reciclar las mentes. La economía verde será el gran valor añadido del futuro. Cuando desaparezcan las abejas, los salmones transgénicos hayan sustituido a los de verdad, el agua potable sea un bien todavía más escaso (lo que es un hecho hoy en gran parte del mundo, incluidas China e India) y el aire no se pueda respirar, quien haya invertido en soluciones sostenibles tendrá la gallina de los huevos de oro en sus manos. Tiempo al tiempo.

Imágenes de Ana Cañizal.

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